Los jugadores españoles celebran con la afición el primer gol del partido.
Ante los ojos de los feligreses del fútbol, lo que vemos se antoja un festival de fantasía que nos enseña cosas importantes. Nuestros triunfos deportivos no son casuales ni producto del azar sino de que la sociedad civil deportiva nos enseña que los éxitos maduran cuando participan los mejores y cuando los mejores rinden su tributo al colectivo. Entre otras razones nuestros triunfos, no solo en fútbol, sino en otras disciplinas deportivas, llegan porque aquí no hay trampa ni cartón. Los jugadores de la selección de fútbol tienen que ser elegidos entre los más destacados, los que demuestran en el campo su rendimiento. Frente a otro equipo, jugando delante de todo el mundo un partido concreto, hay luz y taquígrafos, y las reglas del juego las administra un tercero normalmente imparcial. Si no tienes la calidad de Dani Olmo, o de Lamine Yamal, o de Rodri, no puedes estar ahí porque el seleccionador no te convocará. La realidad impera sobre la trampa y los mecanismos de control son directos y están a la vista de todo el mundo.
A modo de presidente del Gobierno, Luis de la Fuente elige un Poder Ejecutivo que fiscalizamos todos. La calidad profesional y ética del entrenador salta a la vista, como saltan a la vista las cualidades humildes y técnicamente irreprochables de los componentes del equipo. Luis de la Fuente es un tipo sencillo e inteligente, lleno de una alegría y optimismo que nos contagia a todos, y es muy eficiente en su trabajo, manteniéndose en un discreto segundo plano. Es posible que, en pocos días, seamos campeones del mundo, si bien, los deportistas nos han enseñado a todos que, si no se gana, el triunfo viene por haberlo dado todo en el empeño. Hace unos cuantos siglos, en 1539, perdimos contra los franceses una batalla (la defensa de Castelnuovo) en la que los enemigos, viendo lo aguerridos de nuestros soldados, nos ofrecieron la paz antes de exterminarnos. Nuestros compatriotas del pasado eligieron la muerte. A las órdenes de Francisco De Sarmiento respondimos que los españoles sabemos morir, pero no rendirnos.
Quiero decir con esto que la Selección Española representa el gobierno de los mejores frente a un gobierno político, nacido del Parlamento, que representa la elección de los peores al frente de un país necesitado de que gobiernen los mejores. La política no muestra resultados buenos de balance a sus ciudadanos, ni en el gobierno, pero tampoco en la oposición parlamentaria, la cual, por mucha frescura de filas que muestre, no deja de arrastrar una tradición electiva impuesta, donde las bases del partido no votan directamente a su presidente. Frente al Sánchez ya derrotado en la calle, del que propios extraños ya se espantan amenazando los peores resultados de la historia socialdemócrata del partido (tal cosa si la ley de nietos no lo remedia), Feijóo es hijo de su propia elección rechazando el duelo de Isabel Díaz Ayuso cuando esta, para elegir al presidente del partido, le planteó renunciar al voto de compromisarios (los cuales obedecen a lo que obedecen). Feijóo, y el aparato del partido, rechazaron el duelo porque lo perdían, pero aquella derrota hubiera sido más honrosa que liderar ahora una oposición sin el respaldo completo los afiliados. Nuestros viejos soldados del pasado no aprobarían tal cosa.
Dembélé, Mbappé y Olise tampoco son soldados elegidos de malas maneras. Los franceses los eligen por ser los mejores y juntos componen un tridente impecable frente a una extraordinaria defensa española que luego desborda velocidad desde el medio campo. Siglos después volvemos a enfrentarnos, bien es verdad que en un campo de batalla más dulce que aquellos otros escenarios del pasado, pero la batalla huele bien porque chocan dos grandísimas selecciones de fútbol capaces de dar lo mejor para sus compatriotas, todo ello servido en el escenario de un Mundial, preparado por los Estados Unidos, con tintes donde el nacionalismo y su simbología son respetados. Con tal anfitrión no cabía esperar otra. Basta ver el tamaño de las banderas de cada país sobre el terreno de juego como aderezo ofrecido para rendir tributo simbólico a los himnos nacionales. España podrá ofrecer un gran once, y ello con otro equipo en el banquillo que también podría ganar un mundial. Sin embargo, desde el destello de estas estrellas, cuando pase el Mundial y el festival universal del fútbol desaparezca, nos quedará una nación desolada al gobierno alterno de partidos políticos que no son democráticos y, porque no lo son, no eligen a los mejores para gobernar. En esto, seguiremos siendo decimonónicos.