Mbappé, durante el partido contra Paraguay en el Mundial.
Es fenomenal que la Selección Española pase a cuartos de final. Es fenomenal que las selecciones más humildes vayan poniendo en aprietos a las más grandes. Todo es fenomenal, pero no me gusta el fútbol moderno. Digo moderno, porque se contrapone a ese fútbol de los años que transcurren entre la muerte de Franco y la llegada del Internet. Vamos, de los setenta hasta el inicio del siglo.
Era un fútbol de fabricación por bandas, de centrales duros, que no pedían perdón por entradas fuertes. Delanteros que sólo esperaban a meter gol y árbitros que pegaban gritos a los jugadores que se ponían chulos. Los campos, embarrados o con bochorno, sin pausas de hidratación. Era un deporte de tíos hechos y derechos.
Pero llegó la ley Bosman, los derechos audiovisuales, la Liga de las estrellas y todo cambió: había que cuidar a los jugadores, que parecían más estrellas de cine que deportistas. Las ligas debían cuidar sus imágenes y el "fair play" se cambió por arrodillarse en medio del campo o sacar banderitas y brazaletes multicolores.
Cambiaron los jugadores y cambió la afición: de bancos de cemento a asientos con calefacción. De llevarte tu bocata de tortilla o chorizo al tupper de ensaladita vegana, porque soy alérgico a... lo que sea.
El fútbol ha dejado de ser un deporte para convertirse en un producto, donde los mandatarios son tan corruptos como los presidentes de ciertos países.
Odio el fútbol moderno y espero que colapse.