Donald Trump muestra una tarjeta roja en el Despacho Oval en presencia de Infantino.

Donald Trump muestra una tarjeta roja en el Despacho Oval en presencia de Infantino. Reuters

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Cuatro cuartos y un descanso

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No hace falta ser un gurú del fútbol para saber que el dinero, el poder y los intereses de diversas élites son lo que mueve el deporte más seguido del mundo, pero lo que estamos viviendo con este Mundial nos invita a reflexionar sobre hasta qué límites esto puede llegar. Está claro que el hecho de que un país organice un Mundial es una oportunidad para obtener unos ingresos extraordinarios fruto del turismo y de todas las actividades que rodean la competición. Sin embargo, el fútbol es fútbol, y me da la sensación de que en este Mundial el fútbol es totalmente secundario.

El título de este artículo se debe a las ya famosas y mal llamadas "pausas de hidratación", que sirven para muchas cosas, siendo la hidratación lo de menos. Tras esta cortina de humo se esconde publicidad, y con ella, beneficios económicos para una organización supuestamente dedicada al fútbol que se hace llamar FIFA. Puedo entender que se haga una pausa de hidratación en partidos que se juegan a 35ºC, pero espero que estén de acuerdo conmigo si digo que con 25ºC no es necesario detener el juego a los 23 minutos de cada parte. No entraré en los aspectos puramente futbolísticos de si una pausa perjudica a un equipo que está muy metido en el partido, y si un parón de cinco minutos puede echar por tierra esa ventaja sobre el rival. Pero este Mundial se asemeja cada vez más a uno de baloncesto, con cuatro cuartos y un descanso tras el segundo.

Esta humilde reflexión me lleva a una conclusión: el fútbol muere. Muere cuando se permite que el deporte esté al servicio del dinero, y muere cuando se permite que, tras una llamada del presidente de los Estados Unidos, se le retire una tarjeta roja a un jugador y los países participantes lo consideren normal. Dicen que el deporte no se debe mezclar con la política, pero sería más acertado afirmar que el deporte ya es política.

El hecho de que la política y los intereses económicos influyan en el deporte de una manera tan intensa provoca desafección hacia él, ya que no vemos una competición, sino una lucha de intereses. Mientras presenciamos partidos de cuatro cuartos y un descanso, el presidente Trump se jacta de su influencia sobre la FIFA, y el resto de mandatarios lo ven normal. Tras esas falsas pausas de hidratación, la selección de Irán tuvo que dormir en México porque nos pareció normal que no se le permitiera pernoctar en Estados Unidos.

El deporte, que debería ser un espacio de unión y de paz, es un espacio más de lucha por la influencia y el poder. Por mi parte, me quedo con la fuerza de los pequeños. Porque no hay dinero que explique lo que sintió la gente de Curazao tras el gol a Alemania, ni palabras de Trump que puedan contarnos lo que siente un caboverdiano al ver a su pequeño país plantarle cara a la campeona Argentina. Mientras las calles de nuestro país se inundan de esperanza por la posible segunda estrella, los poderosos seguirán en sus palcos, viendo partidos de cuatro cuartos y un descanso.