La 'fontanera' Leire Díez, el 4 de junio de 2025 durante su comparecencia ante los medios en un hotel de Madrid. Europa Press
El trabajo que los medios de comunicación están haciendo para destruir su propia reputación resulta llamativo —a la par que preocupante— para un neófito en la materia periodística. Pensemos, por un momento, en los estudiantes del Grado en Periodismo, que están viendo cómo una profesión que debería servir de contrapeso al poder está haciendo justamente lo contrario: convertirse en el eslabón propagandístico del Gobierno de España.
Lo peor de todo son los periodistas que se prestan a ello, previo cobro o no por el encargo, para buscar cualquier tipo de justificación —por absurda que pueda ser— con la que intentar tapar los escándalos de corrupción a los que, desgraciadamente, nos tiene acostumbrados el Ejecutivo.
La buena noticia, empero, es que, si uno examina el historial profesional de esos periodistas, puede comprobar que muchos de ellos formaron parte, en el pasado, de la organización política para la que ahora trabajan blanqueando su corrupción. Me refiero al director de El Plural, José María Garrido, quien, en su intento de desprestigiar a los profesionales que investigaban los escándalos del Gobierno, llegó a publicar la existencia de un supuesto atentado contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que, según aquella información, iba a ser cometido por agentes de la Unidad Central Operativa (UCO).
A día de hoy, nadie sabe quién pudo proporcionarle semejante información calumniosa, porque se negó —y sigue negándose— a dar explicaciones. No sabemos si la fuente de esa noticia fue la cloaca de Leire Díez, pero resulta verosímil pensar que el origen de la información pudiera estar ahí.
Otro caso de corrupción periodística es el del medio de comunicación Crónica Libre, cuya presidenta era Rosa Villacastín. Este diario digital, según apuntan las investigaciones de la Audiencia Nacional, recibió información y dinero de la cloaca socialista para blanquear la información suministrada por la propia organización. Resulta llamativo comprobar cómo estos medios, y sus periodistas de cabecera, han dado —y siguen dando— lecciones de honorabilidad periodística a todos aquellos profesionales que se han dedicado a hacer su trabajo desde sus respectivos medios.
Mientras unos periodistas se dedicaban a investigar los casos de corrupción que se produjeron en el seno del Gobierno de España y su entorno, y cuyas informaciones sirvieron, a su vez, para sustentar resoluciones judiciales que ya se han traducido en dos condenas relacionadas con el sanchismo, otros "periodistas", profesionalizados en echar cal viva sobre la corrupción del poder socialista, se dedicaban a difamar a quienes sí hicieron el trabajo de buscar la verdad, por incómoda que fuera.
El periodismo nació para ejercer de contrapeso al poder político. Su trabajo es fiscalizar las políticas del gobierno de turno y mantener informados a los ciudadanos sobre las partidas del dinero público y el cumplimiento de la ley por parte del Ejecutivo y la clase política en general. Pero lo que estamos viendo es lo contrario: la ayuda que estos periodistas de "La Sincronizada", en sus respectivos medios de comunicación, están prestando al Gobierno de Sánchez para ocultar sus delitos.
A cambio de esa ayuda, el Gobierno premia su servilismo con puestos en la Televisión Española. Por ejemplo, Angélica Rubio, después de difamar y calumniar al juez Peinado con el bulo de los dos DNI, fue premiada con un puesto en el Consejo de Televisión Española el mismo día que ya se sabía que había muertos en Valencia por la dana.
Esperemos que la corrupción mediática se acabe con la finalización del apremio económico a los medios de comunicación que contribuyen a distorsionar la información que resulta molesta para la izquierda por su veracidad. Como sociedad, no podemos permitir tener una televisión pública embarrada por una colección de socialistas camuflados de periodistas "con rigor". El único futuro que tienen las televisiones públicas es su privatización porque, de lo contrario, cada vez que llegue un gobierno diferente —como se ha demostrado hasta ahora— tendremos una televisión de propaganda gubernamental. Aunque es cierto que, ahora, con Sánchez en el poder, el nivel de propaganda socialista ha llegado a su punto más alto.