León XIV saluda a la bancada del Congreso de los Diputados.

León XIV saluda a la bancada del Congreso de los Diputados. Chema Moya Efe

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Del aplauso al compromiso hay mucho camino

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El pasado ocho de junio, fuimos muchos españoles los que estuvimos pegados a la televisión escuchando el discurso del Papa en el Congreso de los Diputados. A lo largo de su intervención, Su Santidad fue desgranando distintos temas que, al parecer, conquistaron al hemiciclo en su conjunto, logrando poner de acuerdo a izquierda y derecha en tiempos en que el consenso brilla por su ausencia. Siete largos minutos de aplausos con los que sus señorías rubricaban un discurso cuanto menos llamativo, aunque en realidad León XIV se limitó a repetir lo que la doctrina social de la Iglesia lleva proclamando toda la vida. Sin embargo, la efusividad de esos aplausos no casa con lo que luego votan y dicen esos mismos políticos.

Se aplaudió un discurso que condenaba la polarización en la sociedad, y al día siguiente los insultos a bancada cruzada siguieron siendo moneda corriente en la sesión de control al Gobierno. Nos hemos malacostumbrado a la hipocresía de los políticos, y ellos se han acostumbrado a que no haya consecuencias. Vivimos un momento en que la izquierda anticlerical de toda la vida y una derecha que olvida lo social luchan por apropiarse del mensaje evangélico, como si Cristo fuera un activo electoral. Convendría recordar que Jesucristo reservaba sus críticas más duras precisamente para los hipócritas fariseos: hombres de ley que se esforzaban en aparentar que cumplían la norma, pero miraban hacia otro lado ante el vulnerable. Pues bien, eso fue lo que ayer vio España entera en sus televisores: señores hipócritas aplaudiendo durante siete minutos.

El Papa León XIV nos recordó que el primer derecho humano es el derecho a la vida, y que ese derecho debe protegerse desde la concepción hasta la muerte natural. Ojalá ese discurso sirviera para que aquellos palmeros se sentaran, reflexionaran y decidieran estar a la altura de su vocación de servicio público. Me gustaría ver a izquierda y derecha unidas en un pacto nacional para proteger a la mujer sola y vulnerable que no encuentra otra salida que abortar, porque nadie le tiende la mano para ayudarla a levantarse. Concibo las instituciones públicas como aquel buen samaritano que auxilió a quien lo necesitaba sin pedir nada a cambio. El Estado dispone de una herramienta extraordinariamente poderosa para ayudar a quien lo necesita, y esa herramienta se llama sanidad pública. Pero poco vale un Estado que desprecia su propia sanidad e ignora el clamor de los médicos.

Habló también el Papa de uno de los temas que más ha repetido en su año de pontificado: la pobreza, y en particular esa forma de pobreza que es la exclusión del migrante. Reducir la pobreza únicamente a la carencia de recursos materiales es un error, como nos recordó Su Santidad en la exhortación Dilexit nos. El Papa condenó la exclusión del migrante y la falta de voluntad institucional para promover su integración y su inclusión. Sin embargo, la bancada de la derecha —la misma que nos deleitó con vítores casi futbolísticos entonando un efusivo ¡Viva el Papa!— tararea en todos sus discursos la idea más excluyente de nuestra democracia, la llamada "prioridad nacional". Esperemos que quienes hasta ayer menospreciaban a Francisco comprendan que ir a misa no te convierte en amigo de Jesús si luego excluyes a quien más necesita ser incluido.

En definitiva, aquellos aplausos de aparente unidad no se van a traducir en un compromiso real de cambio. Siempre he pensado que la política es la mejor herramienta de un católico para hacer presente el Reino de Cristo en la tierra. Pero me temo que eso es imposible mientras quienes nos gobiernan crucifican el derecho a la vida, abandonan a la mujer desesperada y flagelan el derecho a la integración. El Papa habló. El hemiciclo aplaudió. Y al día siguiente, todo siguió igual.