Blasco Ibáñez.
Cuando uno tiene el placer de haber observado diversos pueblos y ciudades de la Comunidad Valenciana, resulta casi bochornoso observar cómo una tierra tan rica en cultura y en talentos se ve reducida "al arroz y la horchata", al provincianismo que expuso Ibáñez o a ser "la playa de Madrid".
Hace poco se publicó un reportaje en un periódico de importancia en Valencia, redactado con brillantez irreflexiva y lleno de ocurrencias que, por momentos, me hizo creer que no estaba ante un artículo periodístico, sino ante una buena comedia "de figurón".
Su autor, Licenciado Levante, demostró que era un versado en la sátira. Debo darle mi felicitación por, entre todos los literatos valencianos que no mencionó, dignarse a nombrar a Chirbes; y debo lamentar que, en un nuevo ejemplo de que en Valencia escribir una obra decente en nuestra lengua tiene mayor poder que una trayectoria completa en castellano, se nombrara a don Noruego Lahuerta. También debo invitarle a leer La Valencia literaria desde el espacio narrativo, de Francisco López Porcal (UNED, 2018). Quizá esta tesis le pueda ampliar sus horizontes sobre nuestra tierra y su literatura, y ayudarle a entender, como así indica el autor de la obra, que: "Valencia como ciudad literaria se construye fundamentalmente en torno a dos grandes ejes: El histórico, que agrupa momentos claves de la ciudad y el social, basado en las diferentes formas de vida a lo largo del tiempo".
Lo que antes era la tintorería de Esperanza, hoy es un bajo minimalista con una valoración de cuatro y medio en Booking. Los agentes del Seprona están agotados tratando de controlar lo que ya califican como una invasión de ebrias especies no autóctonas, procedentes de Alemania y Gran Bretaña. Por cierto, se busca a un holandés errante. La última vez fue visto con un mojito en el Johnny Maracas. Si alguien lo encuentra, que lo ponga a disposición de su puerta de embarque de Ryanair. Imágenes que ya aceptamos con normalidad, creyendo que el crecimiento como ciudad pasa por la masificación y un modelo insostenible de ciudad basada en el servicio para el turista y los desaires para con nuestros vecinos. No es una cuestión únicamente económica, también es ética. Por ello, no me extraña que se prefiera hacer una ruta literaria sobre Hemingway y se olvide hacer una sobre las novelas de Blasco Ibáñez o una simulación de la ruta que realiza el protagonista de la novela de Manuel Vicent, Tranvía a la Malvarrosa.
Reivindico Valencia no como refugio, sino como reino literario, y lo hago apoyándome en grandes nombres que parece olvidar don Licenciado Levante. ¿Acaso no representó a la Comunitat Guillem de Castro? Hay que recordar que su obra El Narciso, en su opinión, es precedente y precursora de las comedias "de figurón". ¿No lo hizo María Beneyto, a la cual reivindicamos y redescubrimos este año que celebramos los cien años de su nacimiento? ¿No lo hacen Carlos Arniches, María García Zambrano o Francisco Brines? Y lo más maravilloso y esperanzador de todo es el hecho de que dejo muchos nombres en el tintero. Valencia es un Parnaso formado por grandes autores pasados que redescubrir, por nombres presentes que escriben buscando la esencia de la tierra y del carácter de su gente, tratando de llevar lo particular a lo universal, y por una generación de jóvenes que van a hacer de Valencia una escena cultural poderosa, con una voz que, de una vez por todas, supere el "Mesetacentrismo".
Por ello, quizá relacionar autores que poco tienen que ver con Valencia, más que por sus veraneos, no es un hecho notable ni que defina la ciudad como un refugio literario. Lo es por sus lectores, librerías, autores y editoriales que, día a día, se esfuerzan en recordar la voz propia de nuestra preciosa y diversa literatura.