Noelia Castillo.

Noelia Castillo.

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Noelia no ha muerto

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La vida de Noelia Castillo fue extinguida. Noelia era una mujer de 25 años que sufría una profunda depresión. El Estado, en lugar de confiar en su futura recuperación, decidió ofrecerle la inyección letal. La aplicación se fundamentó en la ley promovida por el PSOE y apoyada parlamentariamente por grupos como Podemos o Bildu.

Múltiples noticias poco halagüeñas han sucedido a la inmolación de Noelia: en primer lugar, existen preocupaciones acerca de la naturaleza de la violación a la que la joven fue sometida, pues ha sido esgrimido por ubérrimas fuentes políticas que el abuso tuvo lugar en un centro de menores tutelados a manos de inmigrantes; no obstante, ningún periódico afín al Gobierno de España o al statu quo del bipartidismo ha realizado una indagación al respecto. Estos mismos diarios frecuentemente denominan jóvenes a los extranjeros que cometen delitos dentro de nuestras fronteras, mientras raudamente estigmatizan a los españoles que incurren en émulas actividades determinando su nacionalidad y su nombre completo.

Este comportamiento resulta extraño, al igual que lo es el silencio del propio Gobierno y de sus voceros ante las inquietantes inquisiciones realizadas por Abogados Cristianos, que determinan un conflicto de intereses existente en una médica involucrada en la tramitación de la eutanasia de Noelia, dado que la misma practicante que dio el visto bueno al procedimiento mortífero sería, a su vez, la coordinadora de trasplantes del hospital. Todo el que haya trabajado en un hospital conoce que el objetivo laboral de los coordinadores de trasplantes es, precisamente, la obtención del mayor número de órganos útiles, aunque para ello se deban llevar a cabo presiones hacia el donante.

Incluso un individuo asaz moralmente laxo como Patxi López escapó, en las horas antecedentes a la insuflación del líquido exterminador, rápidamente del lugar ante las preguntas de plúrimos periodistas sobre el caso Noelia. El PSOE no podía permitirse defender la ley que ellos mismos impulsaron, ya que contemplaban que el asunto concerniente a la desaparición de Noelia Castillo no resistía un análisis moral o político substancial y alejado del bochornoso ruido mediático que se encargaban de erigir las cadenas generalistas; televisiones las cuales, carentes de brújula ética, montaban un complejo dispositivo de cámaras y micrófonos para transmutar la tragedia de una chica trastornada y magullada en un macabro show.

En un flagrante ejercicio de enturbiar las aguas para que el fondo de la cuestión no pudiera apreciarse, los medios hicieron las delicias de un Gobierno que está acostumbrado a permanecer exento de cualquier repercusión que pudiere acontecer como efluvio de sus actos.

Han sido tantas y tan variadas las maneras en que el Gobierno ha logrado salir indemne de las actuaciones más aberrantes que, si no fuera completamente contraproducente, entendería que más de un individuo se abonara al cinismo. Recientemente hemos presenciado cómo Óscar Puente, ministro de Transportes en este infausto panorama institucional, ni siquiera contempló la dimisión después de la destrucción de 46 españoles en el accidente de trenes de Adamuz.

Ya antiguamente asistimos a la determinación del Gobierno de mantener el país abierto a todo tipo de aglomeraciones cuando Italia poseía un número perturbador de infectados por Covid-19. ¿El motivo? La celebración del 8-M y la fiesta particular de Irene Montero, socia importante del Gobierno en aquel entonces; ello conllevó que España adoleciera de una de las cifras más elevadas de infecciones y fallecimientos del mundo. Igualmente: nadie dimitió, a pesar de que ambos fueron eventos perfectamente evitables. Entre los dos actos que he listado, uno reciente y otro antiguo, nada ha cambiado y el Gobierno que ha impulsado la ley que ha matado a Noelia sigue vigente y eximido de repercusiones.

La mayoría de la prensa afín, una semana después del cese trágico, ocupa portadas con cánticos de aficionados (cómo no: españoles) en un partido amistoso de fútbol para desviar la atención.

Noelia no estaba perdida para siempre: andaba, aunque fuera con dificultad, y tenía presencia en diversos ambientes sociales; asimismo contaba con el apoyo de su padre, que siempre abogó por su permanencia, y de grupos encomiables como Abogados Cristianos. Los individuos gravemente deprimidos con frecuencia desean la muerte, mas, tras una cantidad indeterminada de tiempo, escapan de esa lúgubre dinámica y usualmente cambian de opinión. En lo concerniente al dolor físico, teniendo en cuenta el avance actual de la tecnología, nada impedía contemplar que dentro de unos años un tratamiento disruptivo no posibilitara una mejora notoria en la experiencia física de la joven Noelia.

Para escapar del bravo oleaje, Noelia necesitaba toda la ayuda que pudiera recabar, mas su Estado (legitimado por el Gobierno) prefirió ahogarla en el líquido antes que darle la mano.

Noelia no murió: fue ahogada.