Mujer musulmana con un burka. IStock
España abierta, pero sin imposiciones
La discusión sobre la posible regulación del uso del burka, el niqab o el hiyab en espacios públicos no es un debate superficial ni coyuntural.
Toca cuestiones profundas: la identidad cultural, la libertad individual, la igualdad entre hombres y mujeres y el modelo de integración que España desea consolidar en las próximas décadas.
Reducirlo a consignas simplistas sería un error; ignorarlo, también.
España ha sido históricamente una sociedad abierta, plural y hospitalaria.
Millones de personas han llegado en las últimas décadas buscando oportunidades, seguridad y futuro.
Esa apertura es motivo de orgullo.
Pero la convivencia no se sostiene únicamente sobre la buena voluntad; requiere un marco común claro, basado en valores constitucionales como la igualdad, la dignidad y la libertad.
El espacio público tiene un significado especial en las democracias europeas.
Es el lugar donde todos somos iguales ante la ley, donde la identidad individual convive con normas compartidas.
Cuando determinadas prácticas culturales generan controversia, el debate no debe plantearse en términos de confrontación religiosa, sino en términos de cohesión social y derechos fundamentales.
La cuestión de fondo no es la fe, sino cómo se articula la visibilidad de ciertas tradiciones en una sociedad que defiende la igualdad plena entre hombres y mujeres.
Quien decide iniciar una nueva vida en España merece respeto y oportunidades.
Pero también debe comprender que la integración implica adaptarse a un marco normativo y cultural ya existente.
No se trata de exigir renuncias identitarias absolutas, sino de asumir que las reglas comunes no son negociables cuando están vinculadas a derechos básicos.
La hospitalidad no significa neutralidad ante cualquier práctica, sino compromiso con el equilibrio social.
Estoy a favor de una ley que regule o prohíba el uso del burka o el niqab en espacios públicos porque considero que el espacio común debe basarse en principios de igualdad y visibilidad recíproca.
En una democracia como la española, el rostro descubierto forma parte de la interacción social básica, de la seguridad y del reconocimiento mutuo entre ciudadanos.
No se trata de señalar creencias religiosas, sino de preservar una norma de convivencia que garantice transparencia y cohesión en el ámbito público.
Además, entiendo esta medida como una defensa firme de la igualdad entre hombres y mujeres.
Por último, apoyo esta regulación porque la integración implica reciprocidad y no pretender cambiar o sustituir la tradición y las costumbres de un país.
Quien decide establecerse debe respetar el marco legal y cultural que garantiza la convivencia.
Defender estas reglas no es un acto de rechazo, sino de coherencia con el modelo de sociedad que se ha construido y que se debe preservar.
Por último: en la literatura Argentina, la obra más representativa para muchos es El gaucho Martín Fierro (1872) y tiene una segunda parte que es La Vuelta de Martín Fierro (1879) .
El autor de ambas publicaciones fue José Hernández.
Un párrafo de los más conocidos dice así:
"Los hermanos sean unidos,
porque esa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea,
porque si entre ellos pelean
los devoran los de afuera"
¿Lo han entendido, señor Feijóo y señor Abascal?