Tareas de rescate en Adamuz (Córdoba)
Las vías viejas y las hipocresías políticas
El reciente accidente de tren ha vuelto a dejar al descubierto una verdad incómoda: nuestras infraestructuras se desmoronan al mismo ritmo que la confianza en quienes deberían cuidarlas. Los hierros oxidados, las vigas agrietadas y los raíles deformados no son simples desperfectos del tiempo, sino síntomas de un abandono prolongado. Lo que ocurrió no fue un imprevisto; fue la consecuencia lógica de años de desidia política y promesas pospuestas.
Tras cada tragedia, los discursos oficiales se repiten como una partitura ensayada: condolencias, investigación, compromiso de mejoras. Pero la memoria pública se diluye y los responsables políticos siguen posando ante las cámaras, hablando de "modernización" mientras las estaciones continúan oliendo a humedad y las estructuras tiemblan con cada paso.
La construcción de un país no se mide solo por sus rascacielos o sus inauguraciones televisadas, sino por la solidez de las vigas que nadie ve. En cada puente sin revisar, en cada señal oxidada, hay una advertencia ignorada. Y cuando finalmente la estructura cede, los titulares hablan de "fatalidad", como si las negligencias no tuvieran nombres propios ni firmas presupuestarias.
Es hora de que el debate político deje de ser una carrera de excusas y empiece a centrarse en lo esencial: la seguridad, la prevención y la dignidad de las vidas que dependen de cada tornillo y cada travesaño. Las vigas viejas no mienten; solo esperan, silenciosas, a que alguien las escuche antes de que sea demasiado tarde.