Óscar Puente.

Óscar Puente.

Quevedo entre los raíles de la misma España de siempre

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Dos trenes descarrilados podrían arrollar al Gobierno si las vías hablasen y contaran el porqué de la rotura de una vía o por qué vibraban los trenes a su paso, trémulos ante el anuncio del seísmo que vino después con su estertor de muerte y sangre, con su instantáneo vómito de dolor. Los ciudadanos indefensos y expuesta su inocencia de viajeros a la prueba de un momento hecho instante, muchos meses después de que Mazón se pasara cuatro horas comiendo a solas con una periodista fetén. Otra dana, esta vez entremetida entre las vías

¿Dónde estaba el Gobierno cuando Koldo amañaba contratos de seguridad ferroviarios en los que tenía comisión sin tener ni idea de ferrocarriles?

¿Dónde ha estado el Gobierno cuando las vías lloraban su desdicha de mantenimiento y los viajeros discurríamos ufanos por raíles que podrían llevarnos a la muerte a la llamativa velocidad de más de doscientos cincuenta kilómetros por hora?

¿Dónde estaba la oposición y dónde estaban los periodistas de investigación, que solo hablan a toro pasado?

¿Dónde estaba, por traer ecos de democracia parlamentaria británica, el ministro en la sombra que ocupará en su día el puesto de Puente, este vacío de vigilancia?

¿No debería ser acaso el ministro en la sombra un trabajador incansable que iluminara las oscuridades por donde transita el ministro en ejercicio?

¿Para qué está si no?

No hay ni oposición ni gobierno ni periodismo que vaya más allá de ser vocero de partidos, a salvo de contadas excepciones. Casi siempre, los mecanismos de control institucional y la opinión pública, comparecen a hechos consumados y todos entonces a lamentarnos. En el país donde todos sabemos todo después de pasar el toro –en el caso presente un tren de alta velocidad–, me pregunto de qué nos sirve ser un país adicto a la improvisación y carente de toda suerte de previsión.

¿De qué nos vale luego ser inclementes con los responsables si obviamos que todos lo somos y que todos andamos esta suerte de vida que solo atiende al peligro cuando aparece?

"No sería yo español si no acometiera las empresas prescindiendo de los peligros para enfrentarme a ellos luego, cuando vinieran" —escribía Don Francisco de Quevedo—. No seríamos españoles si no dejáramos las cosas pasar hasta que las cosas hacen pasar las cosas que nos pasan, escribo yo ahora, cuando los raíles calientes aún palpitan dolor por todas partes. Nos falta previsión y un poco menos de crueldad cuando llega el momento en que acontece una tragedia y todos denunciamos a los otros como padres de nuestras derrotas, que es una manera de procurarnos victorias sobre los árboles caídos.

La política ha absorbido una corrupción sistémica que anida estructuralmente todo de tal suerte que hemos dejado nuestras infraestructuras de honestidad al socaire de Ali Babá y los cuarenta ladrones. "Si no roba es tonto, todos lo hacen" ¿Hace cuánto tiempo que esa frase anida en nosotros como moneda de cambio? No sería Koldo español si no amañara partidas por todas partes, sería tonto si no lo hiciera, ¿Verdad?

El caso es que la empresa pública encargada de la vigilancia y seguridad de los trenes vino a ser sustituida por una empresa donde un ex portero de discoteca decidía contratos por seis mil euros al mes y percepción de comisiones ¿Por qué razones, si los trenes funcionaban tan bien como dice el ministro cuando asevera que vivimos la mejor época histórica de los trenes en España?

Una niña de seis años crecerá habiendo perdido a todos sus familiares por causa de la falta de escrúpulos y falta de previsión de una sociedad civil que hace aguas por todas partes, todo así mientras todas las partes involucradas en la tragedia le pasan los muertos a otro después de haber arrimado el ascua a su sardina. Es mejor borrar las huellas de nuestra sardina ahora, cuando la plancha quema y nos ha pillado el carrito de los helados. En unas horas trágicas, esto somos. No seríamos españoles si no rehuyéramos ocuparnos de los peligros antes de que las tragedias llegaran.

Hasta hace unos días, nadie ha elevado la voz contra esta suerte de política barata basada en progresos aparentes tras los cuales aparecen tramas que aumentan costes e inflan presupuestos y encima ponen materiales más baratos que los presupuestados o reducen las garantías de la previsión, todo en favor de la mejor mordida. Nadie ha dicho nada a salvo de los maquinistas. Y a estos, como siempre, nadie los ha escuchado. Hoy están en huelga. Oídos sordos para una crónica de muerte anunciada, todos somos responsables de esta dana, como lo fuimos de la otra, porque lo que pasa, este destino trágico de España ante lo que pasa, es culpa nuestra y es nuestra responsabilidad vertebrar una sociedad más transparente e involucrada en el bien general que en el apetito personal o partidista.