Francisco Pellicer, Dr. Geógrafo.

Francisco Pellicer, Dr. Geógrafo. E.E Zaragoza

Opinión

Aprender a mirar. Después del eclipse

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El 12 de agosto levantamos los ojos al cielo. Sabíamos que iba a ocurrir. Conocíamos la hora, habíamos buscado el lugar adecuado y preparado cuidadosamente la observación. Y, sin embargo, cuando la Luna fue ocultando el Sol y la luz comenzó a cambiar, el conocimiento previo no impidió la sorpresa.

Durante unos minutos vivimos algo extraordinario.

Nos conmovió la rareza del acontecimiento, su dimensión cósmica, la certeza de estar contemplando algo que difícilmente volveremos a vivir de la misma manera. Pero quizá el eclipse nos haya dejado una enseñanza todavía más sencilla:el espectáculo extraordinario que nos hizo mirar al cielo difiere muy poco de la maravilla que sucede cada día delante de nosotros.

Solo necesitamos mirar.

Cada mañana asistimos a un acontecimiento prodigioso. El cielo comienza a iluminarse, aparecen los primeros colores, las sombras retroceden, las fachadas reciben la luz, los árboles recuperan sus formas y los pájaros anuncian que comienza otro día. Horas después ocurre lo contrario: las sombras se alargan, cambia el color del paisaje y la luz se retira lentamente hasta dejar paso a la noche.

Sucede todos los días. Y precisamente por eso hemos dejado de verlo.

El eclipse rompió durante unas horas esa costumbre. Nos obligó a prestar atención. Miramos el cielo, pero también el paisaje. Vimos cómo disminuía la luz, cómo cambiaban los colores, cómo se alteraban las sombras. Sentimos variar la temperatura. Escuchamos de otra manera los sonidos. Observamos a los animales y nos observamos también unos a otros. Algo estaba sucediendo en el cielo, pero el verdadero espectáculo se extendía sobre todo lo que nos rodeaba.

Quizá eso sea lo más hermoso que nos ha dejado el eclipse: durante unos minutos recuperamos la capacidad de asombrarnos.

Vivimos rodeados de maravillas que la costumbre ha convertido en rutina. Uno de los problemas de nuestro tiempo no es que nos falten experiencias, sino que nos falta atención. Miramos mucho y contemplamos poco. Vemos centenares de imágenes en las pantallas, pero apenas levantamos los ojos para observar lo que sucede fuera de ellas. Fotografiamos paisajes que quizá no hemos llegado a mirar. Acumulamos imágenes y estímulos y, paradójicamente, podemos estar perdiendo nuestra capacidad de descubrir.

El eclipse nos recordó que mirar requiere tiempo.

También nos recordó que ciencia y emoción no son mundos separados. Sabíamos perfectamente lo que estaba ocurriendo. La Luna se interponía entre el Sol y la Tierra y su sombra recorría una estrecha franja de nuestro planeta. No había misterio en el mecanismo astronómico. Podíamos calcularlo con extraordinaria precisión.

Y, sin embargo, nos emocionamos.

Conocer la explicación científica no disminuye la belleza. Puede aumentarla.

Lo mismo sucede con un amanecer o un atardecer. La ciencia puede explicarnos por qué la luz cambia al atravesar la atmósfera, por qué aparecen determinados colores y por qué las nubes, la humedad, el polvo o los aerosoles hacen que ningún cielo sea exactamente igual a otro.

La ciencia puede explicar por qué el cielo se vuelve rojo.

Pero saberlo no explica por qué ese rojo nos conmueve.

Ahí comienza otra forma de conocimiento: la que nace de la sensibilidad y de la atención. Contemplar significa descubrir que un paisaje aparentemente idéntico nunca es exactamente el mismo. Cambia la estación, cambia la humedad, cambian las nubes, cambia la posición del Sol, cambia la vegetación. Y cambiamos nosotros.

El paisaje contemplado durante el eclipse era el mismo que vemos todos los días. Estaban las mismas montañas, los mismos campos, las mismas casas, los mismos árboles. Y, sin embargo, durante unos minutos parecía otro.

No había cambiado el paisaje.

Había cambiado la luz y había cambiado nuestra mirada.

Esa puede ser una magnífica lección.

No necesitamos esperar al próximo eclipse para volver a sentir algo semejante. Basta salir una mañana temprano y observar cómo la primera luz alcanza una montaña. Contemplar una tormenta acercándose, ver cómo una nube proyecta su sombra sobre los campos, escuchar los pájaros al comenzar el día o sentir el olor de la tierra después de la lluvia. Nuestro propio entorno puede parecernos diferente si un día decidimos recorrerlo sin prisa.

No necesitamos que el mundo sea extraordinario. Necesitamos aprender a mirarlo.

La atención es un recurso limitado y valioso. Allí donde ponemos nuestra atención ponemos, en buena medida, nuestra vida. Si toda nuestra capacidad de mirar está ocupada por la urgencia, las notificaciones, las pantallas, el ruido y la velocidad, podemos acabar atravesando nuestros propios días sin haberlos habitado realmente.

Contemplar no significa huir del mundo. Significa estar más presentes en él.

El eclipse tampoco resolvió ninguno de nuestros problemas. Y, sin embargo, durante unos minutos nos hizo sentir que formábamos parte de algo inmensamente mayor. Nos recordó que habitamos un planeta que gira alrededor de una estrella, acompañado por una Luna cuya sombra puede cruzar nuestros campos, nuestras ciudades y nuestras vidas.

Quizá necesitemos también recuperar algunos verbos sencillos: mirar, escuchar, interpretar, sentir, descubrir. Y un poco de humildad.

Mirar también es una forma de conocimiento. La curiosidad no pertenece solamente a los científicos. La emoción no está reñida con la razón. Podemos comprender el movimiento de la Tierra, la Luna y el Sol y emocionarnos ante un eclipse. Podemos conocer la física de la atmósfera y seguir maravillándonos ante una puesta de sol.

La ciencia nos ayuda a comprender el mundo.

La mirada nos ayuda a descubrirlo.

El Sol seguirá saliendo. La Tierra continuará girando. Las sombras volverán a desplazarse lentamente sobre el suelo. Las nubes seguirán cambiando. La luz recorrerá una vez más las fachadas, los campos y las montañas.

El próximo eclipse tardará en llegar. El próximo amanecer, no.

Abramos los ojos.

No para ver más, sino para ver mejor.

Porque quizá la gran enseñanza del extraordinario 12 de agosto sea precisamente esta: que no necesitamos esperar a que la Luna vuelva a ocultar el Sol para descubrir la maravilla.