Pepe Verón.
Hay una escena que se repite desde en los campos de fútbol.
Un jugador siente el contacto mínimo de un rival, cae como si hubiera sido atropellado por un camión y mira de reojo al árbitro antes incluso de tocar el suelo. Si la jugada termina en penalti, muchos aficionados celebran la picardía. Si termina en gol, algunos la llaman inteligencia competitiva. Y ahí empieza el problema.
Un reciente artículo de Javier Rodríguez Ten en IUSPORT, titulado 'Castigar la simulación y el engaño al árbitro, una asignatura pendiente', plantea una cuestión que debería ser sencilla: la simulación es un fraude y debería recibir sanciones proporcionales al daño que provoca.
Rodríguez Ten recuerda que un gol marcado con la mano, un penalti inexistente o una expulsión provocada mediante engaño pueden alterar un partido entero y, sin embargo, terminar con consecuencias mínimas para quien cometió la trampa.
La reflexión es pertinente porque el fútbol, como ocurre con todos los fenómenos de masas, funciona como un espejo. No refleja la realidad de manera perfecta, pero devuelve una imagen reconocible de nuestra sociedad.
Y quizá la pregunta incómoda sea esta: ¿de verdad nos molesta tanto el engaño?
Si observamos con atención, la sociedad suele mostrar una curiosa indulgencia hacia el fraude. El que presume de pagar menos impuestos mediante trucos de dudosa legalidad recibe admiración.
El estudiante que copia en un examen y obtiene buena sin estudiar es presentado como alguien espabilado. El conductor que se salta las normas y evita la multa cuenta la anécdota entre risas. Incluso proliferan figuras públicas que exhiben una riqueza supuestamente alcanzada mediante cursos milagrosos, sistemas de inversión opacos o negocios piramidales disfrazados de emprendimiento.
Lo más preocupante es que buena parte de estos mensajes encuentran eco entre adolescentes y jóvenes, algunos de los cuales llegan a contemplar el abandono de los estudios seducidos por la promesa de un enriquecimiento rápido y sin esfuerzo.
La vieja idea de trabajar, aprender y progresar va perdiendo atractivo frente al espejismo de hacerse rico en pocos meses, aunque el camino esté construido sobre el engaño o la explotación de otros.
No siempre admiramos al que actúa correctamente.
Con demasiada frecuencia admiramos al listillo: al que encuentra un atajo, al que burla las normas y al que consigue ventaja, aunque sea a costa de los demás.
Los investigadores en comunicación conocemos bien un concepto relacionado con esta cuestión: la normalización social. La idea es simple.
Algo se normaliza cuando deja de parecernos excepcional y comienza a formar parte del paisaje cotidiano. No hace falta que lo consideremos bueno. Basta con que dejemos de verlo como un problema.
Eso ocurre con muchas pequeñas transgresiones. Cuando se repiten una y otra vez, terminan pareciendo inevitables. Y cuando algo parece inevitable, empieza a ser tolerado.
El fútbol ofrece un laboratorio extraordinario para observar este fenómeno. Millones de personas lo siguen a diario. Los jugadores son referentes para niños y adultos. Los clubes movilizan emociones colectivas como pocas instituciones contemporáneas.
Por eso resulta tan interesante la propuesta de Rodríguez Ten de endurecer las sanciones contra quienes engañan deliberadamente al árbitro.
No se trata solo de proteger la limpieza de una competición. Se trata también de reforzar una idea cultural mucho más amplia: que el éxito obtenido mediante el engaño no merece recompensa.
A menudo se afirma que el deporte transmite valores. Es una frase tan tópica como cierta.
Por supuesto, sería ingenuo pensar que una reforma disciplinaria en el fútbol resolverá los problemas éticos de una sociedad.
Pero el debate tiene más importancia de la que parece. No habla únicamente de fútbol. Habla de la relación que mantenemos con la honestidad y de los modelos de éxito que ofrecemos a las nuevas generaciones.
Porque cuando el tramposo recibe aplausos y el honrado parece ingenuo, el problema ya no está en el terreno de juego. Está en la grada, en las pantallas y en toda la sociedad. La decencia hace menos ruido que la trampa, pero sigue siendo la mejor estrategia colectiva para construir comunidades en las que merezca la pena vivir.