Constancio Navarro, presidente de la Unión Vecinal. Zaragoza
Decíamos hace quince días que hay que pensar la ciudad siempre, en todo momento, pero que para hacerlo hay que contar con los futuros usuarios desde el principio, prometiendo que hablaríamos de eso, de la participación. Pues vamos allá.
Así como el Gobierno de Aragón dispone de una herramienta muy potente en internet (Aragón Participa) y desarrolla procesos participativos específicos (como para el anteproyecto de Ley de Vivienda) muy bien estructurados, el Ayuntamiento lo hace a través de Idea Zaragoza, plataforma en la que se puede participar en numerosos procedimientos y que recientemente ha recibido el Premio Gobierno Abierto 360º en el XVI Congreso Nacional de Innovación y Servicios Públicos.
Sin embargo, para determinados proyectos, como la integración del Huerva en la ciudad, por ejemplo, hacen falta otras herramientas más directas. Por ello, desde la Oficina de medio ambiente, acción climática y salud pública del Ayuntamiento, aprovechando este último proyecto, se decidió profundizar en los mecanismos participativos, organizando dos jornadas en las que se analizaron los problemas que presenta la participación ciudadana y cómo mejorarla.
Como resultado de ese análisis pudieron definirse puntos a mejorar.
El primero tendría que ver con la existencia de una oficina permanente de participación, encargada de organizar y controlar los procesos y lugar donde los ciudadanos puedan dirigirse. Una oficina física, con personal con el que poder interactuar.
El segundo estaría relacionado con las diferentes maneras de participar en función del tipo de proyecto. No todos los proyectos son igual de simples o de complejos, los hay más técnicos y los hay menos. Cambiar las tuberías de una calle exige mínima o nula participación, pero reformar una calle o un parque permite mayor nivel de acercamiento al ciudadano. Reformar una ordenanza también necesitaría otra manera de participar. Aquí hay que partir de un texto ya elaborado que sirve de base.
El tercero sería relativo a la claridad sobre el nivel de la participación. Es decir, al ciudadano debería señalársele desde el primer momento hasta donde se puede llegar con la participación. Cual es el recorrido que tiene.
El cuarto tiene que ver con el momento más adecuado para participar en función del tipo de proyecto. Para reformar una plaza, por ejemplo, es necesario conocer previamente las demandas de los futuros usuarios. Solo así, los técnicos podrán dar forma a las prioridades vecinales.
Normalmente, estos técnicos, perfectamente preparados, presentan sus proyectos ya concluidos para que los ciudadanos se pronuncien, sin que se acepten cambios o mejoras en la mayoría de los casos. Pero lo ideal sería que el proyectista fuera avanzando en su proyecto de la mano de los ciudadanos, que participarían de manera real. De esta manera los ciudadanos harían suyo el proyecto.
El quinto se referiría a la representatividad de los participantes. En estos procesos no suele involucrarse la población en general y se reduce a determinadas personas con alto grado de interés. Se trataría de buscar los procedimientos para que participara esa parte de la población que no suele hacerlo, mecanismos para involucrarla de manera activa, mediante explicaciones previas, paseos guiados por las zonas a reformar o cualquier otro que active esas personas que normalmente no se preocupan.
El sexto tiene que ver con las posibles dificultades técnicas de los proyectos, que deben ser explicadas a los ciudadanos y que condicionarán, en mayor o menor medida, las soluciones posibles y la participación, de manera que no existan conflictos posteriores a la ejecución de las obras.
El séptimo es muy importante, porque se trata de que el ciudadano reciba adecuada respuesta a su participación, la respuesta razonada a sus propuestas. Que perciba que ha sido actor y no espectador en el proceso de mejora de su barrio, de su calle, de su parque, que sus expectativas se ven, al menor en parte, recogidas en la obra a realizar, que han compartido con los proyectistas algo que luego van a usar.
Otras ciudades europeas trazan propuestas de participación similares pero con peculiaridades, como puede ser Berlín, donde se constituye un Consejo Asesor, Ámsterdam, donde la participación se formaliza por niveles y una ordenanza la regula con precisión, o Copenhague, donde la participación es escalonada, desde la planificación inicial hasta la fase de ejecución del proyecto.
Basten estas pinceladas para animar a los responsables municipales a mejorar sustancialmente la participación ciudadana en nuestra ciudad, a tomarse el mayor interés para favorecerla.