VERÓNICA CRESPO
Ha habido un momento, breve e intenso, en el que el ‘no a la guerra’ ha vuelto a ocupar portadas, tertulias, redes y pancartas emocionales en prime time. Un clásico reeditado con estética de 2026 que, en los últimos días, ha visto reducido su fervor.
La explicación no está en la geopolítica, está en la comunicación política. Porque este lema no iba solo de Oriente Medio, de Ucrania o de Gaza. Iba de marcos, de relato, de agenda y de poder simbólico. En política, quien define el marco gana medio partido. Moncloa lo sabe y, además, lo ejecuta con precisión quirúrgica.
Resucitar el ‘no a la guerra’ fue pura estrategia. Una oportunidad para ocupar la superioridad moral, proyectar liderazgo internacional y, de paso, mover el foco, cambiar la conversación y reordenar prioridades. Agenda setting en estado puro.
Los medios hablan de lo que alguien decide que es importante. Y durante unos días, lo importante ha sido la paz o, mejor dicho, el relato de la paz. El problema es que los marcos, por muy bien diseñados que estén, tienen a la realidad como enemigo imbatible.
La realidad, en este marco concreto, fueron bases militares estadounidenses en territorio español con un incremento de actividad en los primeros días del conflicto y una fragata española navegando hacia un escenario de tensión. Nada fuera de lo esperable en el contexto actual; más bien, una participación perfectamente coherente con la política internacional de España como miembro de la UE y la OTAN.
Pero, sin embargo, es una realidad disonante con un eslogan simplificado. Y ahí es donde el relato empieza a hacer aguas. El resultado ha sido que el mensaje se desinfla y se guarda a la espera de mejor ocasión.
Mientras tanto, la oposición vuelve a llegar tarde. El Partido Popular, una vez más, reacciona en lugar de anticiparse, sin marco propio y sin un relato alternativo sólido. Y VOX…, fiel a su estilo: mucho ruido, poca estrategia, demasiada sobreactuación. Porque, en comunicación política, no gana quien más grita; gana quien mejor encuadra. Y aquí está la clave.
Los asuntos internacionales generan titulares, posicionan y dan estatura, pero rara vez movilizan voto. Lo que mueve a la gente es otra cosa, mucho más simple, más terrenal, aquello que afecta a su metro cuadrado más próximo. El precio de la cesta de la compra, la vivienda, el transporte, la sanidad…
La política exterior construye imagen, mientras que la política doméstica decide elecciones. Por eso el ‘no a la guerra’ tenía fecha de caducidad. No porque fuera falso, sino porque era insuficiente.
Moncloa lo sabía y por eso ha optado por bajar el volumen y adoptar un perfil bajo. Espera estratégica, a la caza del siguiente marco. Porque esto no va de convicciones permanentes, sino de ventanas de oportunidad.
Y en este tablero solo hay dos tipos de actores, los que reaccionan y los que construyen relato. Los segundos siempre van por delante. Los primeros… comentan el marco ajeno.