Una madre con su bebé.

Una madre con su bebé. Archivo

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Un experta en maternidad alerta sobre la falta de comunidad entre madres jóvenes: "Criar en soledad no es natural"

El 78% de las madres españolas asegura sentirse mentalmente sobrecargada, frente al 67% de media en la Unión Europea, y el 42% afirma haber sufrido ansiedad durante el último año.

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Alicante
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Tener un hijo puede ser un verdadero cóctel emocional para los padres. Cambios en la relación de pareja, dudas existenciales, miedo a no ser suficiente... Son muchas las inseguridades que pueden surgir a raíz de traer a un ser humano al mundo.

Si bien la sociedad ha avanzado y la carga ya no recae solo sobre la madre, estas siguen siendo las más afectadas. En concreto, las madres españolas están entre las más sobrecargadas de Europa. El 78% asegura sentirse mentalmente sobrecargada, frente al 67% de media en la Unión Europea, y el 42% afirma haber sufrido ansiedad durante el último año, frente al 32% de la media europea.

Son algunos de los datos de la encuesta europea de Make Mothers Matter, elaborada en colaboración con Kantar a partir de las experiencias de 9.600 madres de 12 países.

El estudio también señala que el 57% de las madres españolas manifiesta problemas de salud mental, frente al 50% de media en Europa, mientras que el 21% refiere agotamiento mental o burnout, tres puntos por encima de la media europea.

La falta de medidas de conciliación, la carga doméstica y la dificultad para compatibilizar empleo y cuidados explican una parte de este malestar. Pero no son los únicos factores. ¿Qué ocurre cuando, además, una mujer llega a la maternidad con heridas emocionales que nunca ha podido revisar? ¿Hasta qué punto la infancia vivida condiciona la forma de criar, de relacionarse con la pareja y de afrontar el agotamiento?

Laura Gutman, terapeuta e investigadora con más de 30 años de trayectoria.

Laura Gutman, terapeuta e investigadora con más de 30 años de trayectoria. Cedida

Laura Gutman, terapeuta e investigadora con más de 30 años de trayectoria, creadora de la metodología Biografía Humana y autora de 14 libros, aborda estas cuestiones con EL ESPAÑOL desde una mirada centrada en la historia emocional de cada persona.

Para Gutman, el agotamiento materno no puede analizarse únicamente desde la organización social o las políticas públicas. También es necesario observar qué recursos emocionales tiene cada adulta cuando empieza a cuidar de un bebé.

Sin recursos

"Es lógico que las madres estemos sobrecargadas", sostiene Gutman. La razón, explica, está relacionada con la propia naturaleza de la infancia humana: "Las criaturas humanas nacemos muy prematuras y, por lo tanto, completamente dependientes de los cuidados maternos".

A diferencia de otras especies de mamíferos, la infancia humana se prolonga durante muchos años. Criar y velar por la supervivencia de un bebé o de un niño pequeño exige, en consecuencia, una gran disponibilidad y recursos afectivos. El problema, según la terapeuta, es que muchas mujeres llegan a la maternidad sin haber desarrollado esas herramientas.

"Llegamos a la adultez sin esos recursos, como consecuencia de las infancias que nosotras hemos vivido", afirma.

La especialista no niega la importancia de las políticas de conciliación, pero considera que las relaciones familiares también dependen de procesos personales. "Depende de decisiones muy personales y, sobre todo, de la conciencia que cada mujer que deviene madre tenga respecto a su propia realidad emocional", señala.

Esa realidad, añade, se construye a partir de la infancia vivida, que en muchos casos estuvo marcada por "la violencia, el desamparo, el abandono, las exigencias o los abusos emocionales". Cuando esas experiencias no se revisan, pueden dejar a la persona adulta en una situación de carencia emocional justo cuando debe atender de forma prioritaria las necesidades de un niño.

La buena intención no basta

Una de las frases más repetidas por quienes quieren criar de otra manera es: "Yo no le gritaré como me gritaron a mí". Sin embargo, la voluntad de hacerlo mejor no siempre basta cuando aparecen el cansancio, el estrés o la falta de apoyo.

"Las buenas intenciones son bienvenidas, pero no alcanzan", advierte Gutman. A su juicio, es necesario iniciar un proceso de indagación personal que permita comprender la propia historia y las adaptaciones que fueron necesarias durante la infancia.

"Tenemos que arribar a una mirada global y realista de nuestra historia. En especial, sobre cómo hemos tenido que adaptarnos durante nuestra niñez y los precios que hemos pagado por ello", explica.

Desde esta perspectiva, cambiar una conducta no consiste únicamente en decidir no repetirla. También implica comprender qué hay detrás de esa reacción, qué necesidades quedaron desatendidas y qué mecanismos se activan cuando la persona se siente desbordada.

"El comportamiento humano es complejo. Cambiar es difícil. Necesitamos apoyos y una mirada ampliada sobre la totalidad de nuestro ser —pasado, presente y futuro— y sobre nuestro entorno afectivo", afirma.

La rabieta del niño

Cuando un niño de cuatro años tiene una rabieta, la reacción de su madre o de su padre no siempre puede explicarse como una conexión directa con una escena concreta de su propia infancia. Gutman rechaza una interpretación excesivamente lineal de este tipo de situaciones.

"No es una escena con un niño que nos lleva a alguna escena puntual propia", precisa. En su opinión, el problema también parte del desconocimiento general sobre las necesidades de la infancia y sobre la forma en que los niños expresan lo que les ocurre.

La terapeuta propone observar cada demanda infantil desde una pregunta más amplia: qué necesita un niño según su naturaleza y su etapa de desarrollo. "Los niños están alienados a su propia naturaleza. En cambio, los adultos ya estamos distanciados", señala.

La reacción desproporcionada de un adulto ante una rabieta, por tanto, no tiene por qué ser literalmente la voz de su propio yo infantil. Puede estar relacionada con la dificultad para tolerar la dependencia, el ruido, la frustración o la pérdida de control que implica acompañar a un niño pequeño.

Autocuidado

El autocuidado se ha convertido en una de las respuestas habituales al agotamiento materno. Una tarde de descanso, un tratamiento o unas horas sin responsabilidades pueden resultar beneficiosos, pero Gutman considera que no abordan por sí solos la raíz del problema.

"Ir a un spa no está mal", reconoce. El conflicto aparece cuando ese tipo de actividad se plantea como una compensación por no haberse sentido cuidada durante la infancia.

"No nos hemos sentido cuidadas cuando fuimos niñas y creemos que ahora tenemos que resarcirnos", sostiene. En una casa con niños, añade, la prioridad debería ser el bienestar infantil, aunque reconoce que asumir ese grado de entrega resulta difícil para los adultos.

"El mundo está al revés. Los niños deberían estar en el centro de la escena, las madres cobijándolos y el resto de la comunidad apoyando a las madres", afirma.

Su planteamiento no pasa por negar las necesidades de las madres, sino por situarlas dentro de una red de apoyo. Una mujer que cuida a un niño pequeño también necesita ser sostenida, aunque ese acompañamiento no debería basarse únicamente en momentos individuales de desconexión, sino en una comunidad capaz de compartir responsabilidades.

La pareja después de los hijos

La llegada de un hijo suele poner a prueba la relación de pareja. Para Gutman, no se trata únicamente de que aumenten las tareas o disminuya el tiempo disponible para la relación. La crianza puede hacer visibles carencias que ya estaban presentes.

"La aparición de los hijos casi siempre es una crisis existencial", afirma. La pareja afrontará mejor o peor esa transformación dependiendo de su madurez, su nivel de intimidad afectiva, la confianza y el compañerismo.

"A veces nos emparejamos solo por la atracción sexual o con niveles de superficialidad alarmantes. Luego, es lógico que no podamos atravesar juntos los desafíos en la crianza de los niños pequeños", sostiene.

La maternidad y la paternidad introducen la exigencia de cuidar de alguien completamente dependiente y tomar decisiones constantes en un contexto de cansancio. Si antes no existía una base sólida de comunicación y apoyo mutuo, las dificultades pueden intensificarse.

Recuperar la tribu

La crianza en solitario es otro de los grandes problemas que rodean a las familias actuales. La idea de que cada hogar debe resolver por sí mismo sus dificultades deja a muchas madres aisladas, especialmente durante los primeros meses de vida del bebé.

"Es verdad que hemos perdido la tribu", afirma Gutman. Esa ausencia se hace evidente cuando una madre se encuentra sola con un bebé al que no consigue calmar y no tiene a quién recurrir sin miedo a ser juzgada.

La familia de origen tampoco siempre funciona como una red segura. "Solemos acudir a nuestras madres, pero con frecuencia nos sentimos juzgadas o criticadas", explica.

Por eso, considera necesario construir nuevas redes entre mujeres que atraviesan experiencias similares. "Tenemos que generar nuevas tribus entre madres jóvenes. No es posible criar en soledad", defiende.