Ruta por la bahía de Altea, que ya forma parte de la red de Senderos Azules.

Ruta por la bahía de Altea, que ya forma parte de la red de Senderos Azules.

Vivir

El pueblo ideal para comer una paella de 10 y recorrer a pie el litoral mediterráneo en pleno entorno natural protegido

Entre muchas localidades de menor o mayor tamaño, resalta un enclave que no deja indiferente a nadie.

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Alicante
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La costa alicantina está repleta de lugares maravillosos cuyos encantos atraen a millones de visitantes tanto nacionales como internacionales cada año.

Entre muchas localidades de menor o mayor tamaño, resalta un enclave que no deja indiferente a nadie.

En concreto, Altea es el sitio en el que cualquiera quisiera vivir. Y no se trata solo de la postal de casas blancas que trepan por la colina ni la cúpula azul que asoma entre buganvillas. Es ese ritmo pausado que invita a quedarse un rato más, a sentarse sin prisa frente al mar y a entender que aquí el tiempo funciona de otra manera.

Un plan que es definitivamente perfecto para visitar la ciudad es llegar con hambre y con ganas de caminar. Porque Altea se disfruta así, paso a paso, combinando mesa y paisaje.

Y pocas experiencias superan a una buena paella frente al Mediterráneo, con el sonido de las olas como banda sonora y el aroma a arroz recién hecho marcando el momento.

En el paseo marítimo y en los restaurantes que se asoman al agua, la paella sigue siendo un ritual, típico de la Comunitat Valenciana. En concreto, el arroz alicantino en su punto, producto local y ese respeto por la receta que no necesita artificios.

En concreto, podrás disfrutar de una experiencia culinaria inolvidable en sitios como El Rall, l'Airet o El paso de Altea.

Paseo por el litoral

Después, toca moverse. El litoral de Altea es un regalo para quien prefiere caminar sin perder de vista el mar. Desde la playa de la Roda hasta el Cap Negret, el recorrido se convierte en una sucesión de calas, tramos de piedra y pequeñas pausas donde detenerse a mirar.

Y ese entorno no es cualquiera. Parte del litoral se integra en espacios naturales protegidos, lo que se nota en el paisaje y se traduce en menos ruido, más vegetación, más autenticidad. Aquí el Mediterráneo se muestra sin filtros, con su carácter cambiante y su luz inconfundible.

Al caer la tarde, el casco antiguo vuelve a llamar. Acto seguido, subir sus calles empedradas es el broche final que hará que este día sea inolvidable entre miradores abiertos, talleres de artistas y esa sensación de estar en un lugar que ha sabido mantener su esencia.