Guerra en Siria

Rusia sacrifica vidas en Siria para recuperar su papel de superpotencia

Este viernes se cumple un año de la polémica intervención de Moscú en el encarnizado conflicto.

Las relaciones entre Moscú y Washington se han complicado.

Las relaciones entre Moscú y Washington se han complicado. Reuters

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La intervención sorpresa rusa en Siria el 30 de septiembre de 2015, cuya importancia es comparable con la anexión de Crimea, ha marcado un antes y un después en el escenario internacional. Bajo las narices de la coalición militar, liderada por Estados Unidos, el presidente ruso, Vladímir Putin, no solo cambió de la noche a la mañana el equilibrio de fuerzas en Siria, sino también recuperó la presencia rusa en el Oriente Medio perdida a principios de los 90.

Los militares rusos levantaron a escondidas una fortaleza en Siria, la base aérea en Latakia, lo que permitió a Putin controlar tanto los cielos sirios como el futuro de su presidente, Bashar al Asad. Pero todos estos logros del Kremlin se han pagado con vidas de civiles sirios, así como con una crisis humanitaria sin precedentes. 

El Centro para la Documentación de Violaciones en Siria, un grupo activista dedicado a monitorear la violencia en el país, culpa a las tropas rusas directamente de la muerte de más de 1.000 personas desde su irrupción en el conflicto.

“¿Para qué inició Putin la operación en Siria? Para salvar a Asad y de esta manera garantizar la presencia rusa en Siria, que a su vez significa presencia en Oriente Medio”, sostiene el analista político ruso Alexei Malashenko. “Sin Asad Rusia no estaría en la región”.

El presidente sirio, a quien la comunidad internacional acusa de genocidio y numerosos crímenes de guerra, se ha convertido en una figura clave para Moscú. La Unión Soviética perdió sus posiciones no sólo en Oriente Medio, sino también en el escenario internacional cuando no quiso intervenir en la guerra del Golfo en 1990. Con su operación en Siria, Putin pretende recuperar el papel de una superpotencia cuya influencia llega más allá de las antiguas fronteras del imperio soviético.

UN "CAMPO DE PRUEBAS"

“Desde el inicio de la operación militar en Siria, Rusia considera el Oriente Medio un campo de pruebas para ensayar su regreso al escenario internacional como uno de los actores clave”, dice Dmitri Trenin, director del Centro Carnegie de Moscú.

Desde esta perspectiva parece inevitable que los ataques aéreos rusos tuvieran como objetivos no tanto a los terroristas del autodenominado Estado Islámico y otros grupos, sino también a las fuerzas de la oposición a Asad. Según la versión de Moscú, en muchas ocasiones es difícil distinguir entre unos y otros porque están luchando codo con codo contra las tropas gubernamentales. Este enfoque coincide totalmente con la mentalidad de Asad, que considera terroristas a todos los grupos opositores.

Convencer al presidente sirio de distinguir entre los terroristas y la oposición ha sido uno de los compromisos clave por parte de Rusia en las últimas negociaciones en Ginebra entre el canciller ruso, Serguéi Lavrov, y su homólogo estadounidense, John Kerry.

“Considero que dependerá de los rusos si esto funciona o no. Dependerá de si Putin decide hacer lo que los rusos pueden hacer para llevar este conflicto a una etapa de diálogo político. Para dar esperanza de crear una zona protegida para la gente que sufre ataques aéreos incesantes”, dijo la candidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, en referencia a la última tregua en Siria conseguida a mediados de septiembre en Ginebra.

Sin embargo, estas esperanzas nunca llegaron a ser verdad. El ataque contra un convoy humanitario que se dirigía a la ciudad de Alepo, atribuido por EEUU a Rusia, frustró los intentos de ambos países de dividir las zonas de responsabilidad en Siria e iniciar un ataque coordinado contra los grupos terroristas.

“El fracaso de la tregua en Siria ha puesto de manifiesto el punto flojo de los acuerdos entre Estados Unidos y Rusia. Las dos potencias dependen demasiado de sus aliados en la región que aprovechan las discrepancias entre Moscú y Washington para minar el proceso de paz. Y siempre seguirán haciéndolo, porque un acuerdo ruso-estadounidense amenazaría a sus intereses”, considera el analista político Leonid Isaiev.     

Rusia nunca consideró una intervención militar en Irak no porque quisiera o no combatir el terrorismo islamista, sino porque técnicamente no había manera. A diferencia de Siria, Irak queda bajo el control de EEUU que desde el principio descartaba participación rusa en la coalición internacional que ofrece apoyo aéreo, entrenamiento y asesoramiento al Ejército iraquí.

Washington, que tiene al menos 4.400 efectivos en Irak, enviará más tropas a la vez que Francia ha reactivado sus cazas desde el portaaviones Charles de Gaulle situado en el Mediterráneo para ayudar a las fuerzas iraquíes en la batalla para recuperar Mosul de manos del Estado Islámico. Tampoco las autoridades iraquíes pidieron ayuda militar al Kremlin tal y como lo hizo el Gobierno de Asad.