Consumo de drogas

Así se gana la batalla a las adicciones: “Pregúntate por qué y para qué”

Lucía y Federico son dos de las 17.000 personas que superan su adicción en Proyecto Hombre.

Ambos superaron sus adicciones gracias al apoyo de su familia

Ambos superaron sus adicciones gracias al apoyo de su familia

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Lucía recurría al alcohol y Federico a la cocaína. Ella, desde que a los 16 años comenzó a beber y lo buscaba para “evadirme y olvidar”. Él, a los 29, cuando salía de fiesta por Madrid. Hoy los dos son pacientes de Proyecto Hombre y ven su adicción como un bache superado. “Venir aquí es lo mejor que me ha podido pasar”, asegura Lucía.

Según los datos del informe anual del Observatorio Proyecto Hombre, en 2015 la cocaína es, después del alcohol, la sustancia que más adicción genera entre los españoles. La asociación atiende 27 centros repartidos por 15 comunidades autónomas.

En estos centros, el 47,7% de las mujeres que, como Lucía, recurren a tratamiento por adicción al alcohol; mientras que los hombres que acuden por esta sustancia son un 37,4% de ellos. En cuanto a la cocaína, un 32,5% de los hombres demandan tratamiento por esta droga, al igual que Federico, frente a un 22,1% de mujeres.

La adicción que controla tu vida

Federico empezó a esnifar cocaína hace ocho años. Sobre todo cuando salía de fiesta por Madrid. Desde pequeño, la había visto muy de cerca y eso le había causado rechazo. Pasaron los años, los estudios, los puestos de trabajo, las copas por la noche. La primera vez que la probó era una noche como otra cualquiera. Se la ofrecieron y aceptó. “Siempre entra por alguna tontería: alguien te ofrece un poco por la noche, de fiesta. Y entras”.

Los seis primeros años consumiendo fueron una espiral de copas, noches y rayas. En sus peores, que para él serían mejores en aquel momento, Federico llegó a meterse 20 tiros en una sola noche. “No se suele contar a nadie lo que haces. El alcohol me afectaba menos cuando tomaba coca. Consecuencia, empecé a beber más”. Todo influía: el ambiente, la noche, los amigos, el bar.

Lucía, por su parte, tiene "problemas" con el alcohol desde que empezó a beber, sobre los 16 años. Por aquel entonces todavía vivía en Polonia. "Mi padre también era alcohólico, y yo lo viví desde pequeña. Pero no podía beber sin emborracharme", explica. Comenzó a consumir alcohol todos los días, a cualquier hora. 

Ya en España, Lucía se casó pero su marido nunca comentó nada sobre su problema: "Yo consumía demasiado pero no se decía nada en casa, era algo que no salía a la luz".

Tampoco la vida de Federico cambió demasiado cuando empezó a consumir. Tenía trabajo, estaba bien con su chica, ganaba dinero y en general "las cosas me iban bien". "No tenía unas exigencias muy importantes en mi trabajo. Empecé a gastar mucho dinero por las noches”, apunta. Su pareja era la misma de siempre. "Para qué se lo iba a decir, repasa Federico".

Pero, poco a poco, la vida da un vuelco. El humor de Federico comenzó a cambiar. Se convirtió en una persona irascible, y, además, le despidieron del trabajo. "La cocaína me iba consumiendo", cuenta.

Con más tiempo libre, empezó a consumir hasta cuando no salía de fiesta. Por la mañana, antes de ir a trabajar... El dinero se le terminó y empezó a pedirle a sus amigos más cercanos. Todo era para la cocaína. “Te quedas en la sombra de lo que eras. Te das cuenta que todo eso lo has ido perdiendo. Ya no te creen en casa, te pillan en alguna mentira, empiezas a perder un poco el norte”. Se le acabaron los recursos: “Te empiezas a plantear hacer cosas que antes no harías. A robar un bolso, a atracar un banco… Se te pasa por la cabeza".

Lucía se divorció. Y fueron sus dos hijos los testigos de que su madre dependía del alcohol. "Mi hija, que es la mayor de los dos, lo pasó muy mal, tenía 6 años en la peor época de mi consumo", recuerda. "Yo he visto cómo me controlaba el aliento, miraba que estuviera todo en orden", se lamenta. Su otro hijo, aún hoy, no ha podido hablar con ella del tema.

"Un ángel me ha salvado a mí y mis hijos en muchas ocasiones porque yo conducía el coche borracha", explica Lucía, que reconoce que, después de dejar a sus pequeños en el colegio, necesitaba ir a por cervezas y llevárselas a casa. "Veía que perdía el control y veía el miedo y la desesperación en sus ojos, eso es muy duro", rememora.

La decisión "más valiosa"

Después de pasar por otras terapias que no le sirvieron demasiado, Lucía acabó en Proyecto Hombre de la mano de su excuñada, después de que, tras un episodio de borrachera, su exmarido se enterara de su adicción.

"Venir aquí ha sido lo mejor que he hecho, aunque al principio pensaba que no servía para nada", cuenta entusiasmada. La pregunta que le rompió los esquemas fue la que le hizo la terapeuta el primer día: por qué y para qué recurres a esa sustancia. "Te das cuenta de tus problemas de autoestima, las obsesiones, la falta da de control... y lo más importante - añade- es que nos han enseñado a decir que no", apunta.

Proyecto Hombre se ha convertido para ella en una red de apoyo. "Me quedé muy sola, pero ahora estoy reorganizando mi vida y estoy muy ilusionada", cuenta Lucía, que asegura que ahora camina con la cabeza alta por su pueblo: "Todos conocían mi problema porque iba mucho al bar, pero ahora estoy orgullosa por haber superado ese bache".

Federico estalló un día y decidió contárselo a su mujer. “Fue un golpe para ella. Esto sucedió el año pasado. Empecé a darme cuenta de que necesitaba ayuda y contacté con Proyecto Hombre”, explica Federico. Desde entonces, acude dos horas dos veces a la semana al barrio madrileño de Argüelles, donde se encuentra la sede de la asociación. Después de la adicción, "acabas un poco solo”, dice. Pero su mujer y la ayuda de los expertos le han ayudado "a tirar para adelante".

Para Federico, la terapia le ha convertido en una persona "muy positiva". "Ahora estoy muy bien conmigo mismo", asegura.

Los hijos de Lucía tienen ahora 13 y 10 años. Los de Federico, 4 y 7 años. Ellos han crecido con sus padres inmersos en una adicción, pero la situación está cambiando. "Con mis hijos todo ha ido a mejor, están más tranquilos, mejor atendidos, hablo con ellos, nos reímos más, me buscan más", cuenta Lucía.

La terapia en grupo reúne a siete personas que van contando sus problemas y sus logros: "Verte identificado con otros es un regalo".