Laura, pese a que sólo tenía 12 años, la noche de su muerte ingirió grandes dosis de vodka y ron. Vivía en San Martín de la Vega, a 35 kilómetros de Madrid.

Laura, pese a que sólo tenía 12 años, la noche de su muerte ingirió grandes dosis de vodka y ron. Vivía en San Martín de la Vega, a 35 kilómetros de Madrid.

Grandes Historias Menores y alcoholismo

El drama de Laura, la niña de 12 años que se mató bebiendo

Desde la muerte súbita de una amiga, el carácter de la pequeña había cambiado. Bebió una gran cantidad de vodka y ron en muy poco tiempo, un fenómeno conocido como 'binge drinking' (empacho alcohólico). Baja la edad de iniciación en la bebida. 

12 noviembre, 2016 02:18

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Cinco horas antes de que sus amigos la subieran a un carrito de la compra para trasladarla inconsciente al ambulatorio de su pueblo, la pequeña Laura, forofa del Real Madrid, de Justin Bieber y de Gran Hermano, le dijo a su madre, Irena: “Voy a dar una vuelta, mamá. No sé a qué hora volveré”. Eran cerca de las seis de la tarde. Pero la niña de 12 años que se despidió de la mujer que la trajo al mundo nunca más volvió a casa.

Laura era una niña extrovertida de tez blanca y cabello oscuro que vivía en San Martín de la Vega (Madrid), una localidad a 35 kilómetros al sur de la capital y en la que residen 19.000 habitantes. Aquel fatídico día la pequeña salió de su vivienda en el humilde barrio de El Quiñón para pasar la tarde noche en la calle.

Era viernes -28 de octubre-, al día siguiente no tenía clase y quería disfrutar del inicio del fin de semana con cuatro amigos del Instituto Anselmo Lorenzo. En ese centro estudiaba desde el inicio de este curso tras haber dado el salto de la Educación Primaria a la Secundaria. Aunque no era una alumna brillante, el colegio no se le daba mal. Sin embargo, había bajado su rendimiento en los últimos meses.

En esta zona de San Martín de la Vega, conocida como Los Cerros, estuvieron bebiendo Laura y cuatro amigos durante la tarde noche del viernes 28 de octubre.

En esta zona de San Martín de la Vega, conocida como Los Cerros, estuvieron bebiendo Laura y cuatro amigos durante la tarde noche del viernes 28 de octubre. A. L.

Pero el alcohol la mató. Durante las cinco horas posteriores a salir de casa, la pequeña, de 12 años, se bebió gran parte de una botella de ron y otra de vodka que ella y cuatro amigos compraron gracias a la mediación de un mayor de edad.

Al parecer, contaron con la colaboración de un adulto, quien las habría adquirido en un supermercado del pueblo. Aunque varios menores de San Martín de la Vega aseguran que en las tiendas regentadas por vecinos de origen chino se les vende alcohol sin impedimento alguno y sin que se les pida el DNI para comprobar su edad.

“Pudo hacerse con las botellas fácilmente, sin que nadie le ayudara”, dice Kevin, de 16 años, ropa ancha, flequillo infinito. La Guardia Civil ha abierto una investigación para conocer lo sucedido. Por el momento ya ha solicitado la grabación de las cámaras de vigilancia del supermercado para tratar de identificar al adulto que les pudo facilitar las botellas de ron y vodka.

El drama de Laura ya no es una excepción. Los menores españoles prueban el alcohol a una edad cada vez más temprana. Un estudio de la Fundación Pfizer señala que los jóvenes del país se inician en el consumo de bebidas alcohólicas a los 13 años.

El estudio, realizado con chicos de entre 12 y 18 años, concluye que uno de cada diez jóvenes consume alcohol cada semana y que un 17,7% de los chicos se ha emborrachado en los últimos 12 meses. Además, el 55,2% opta por licores de alta graduación. El dato más sorprendente y negativo es que sólo uno de cada cuatro menores quiere dejar de consumir.

¿Quién le compró el alcohol a la niña de 12 años?

Ángel Turbi, profesor de Psicología de la Universidad Católica de Valencia y experto conocedor de las formas de consumo de alcohol en menores y adolescentes, explica que, a diferencia de décadas atrás, los chavales ya no se acercan a las bebidas con alta graduación de forma “progresiva”. En la actualidad lo hacen ingiriendo grandes cantidades de una sola vez en botellones. Es un fenómeno conocido como binge drinking (empacho alcohólico).

Esto provoca que a los hospitales lleguen con mayor frecuencia chicos y chicas de corta edad con “intoxicaciones etílicas”, el estado anterior al coma que sufrió Laura. Precisamente, el pasado fin de semana una niña de su misma edad y otra de 13 años acabaron hospitalizadas tras participar en un botellón en el que consumieron altas dosis de alcohol. Una era de Vigo y otra de Pontevedra. Los médicos lograron salvarles la vida. Hoy podrían ser otra Laura.

BEBÍAN EN UNA ZONA APARTADA Y OSCURA

Aquella tarde de finales de octubre, tras poner unos 12 euros por cabeza, Laura y cuatro amigos se marcharon a hacer botellón a una zona conocida como Los Cerros. Se trata de un descampado al noroeste del pueblo, a las afueras de San Martín de la Vega.

El lugar, rodeado por montículos de tierra repletos de matojos y arbustos, está en mitad del campo y no cuenta con iluminación viaria. Los menores suelen beber allí durante los fines de semana para pasar desapercibidos a ojos de la Policía Local.

Pese a que las autoridades lo saben, los vecinos se quejan de que los chicos tienen manga ancha para improvisar botellones. “Si los policías los echan de una plaza, se buscan otro sitio y punto -dice Dolores, una mujer de 60 años vecina de San Martín-. LLevan un par de años reuniéndose en ese descampado y nadie hace nada”.  

En Los Cerros, entre los escombros de una vivienda en ruinas cuyas paredes están plagadas de grafitis y a la que se conoce como La Roca, la niña empezó a beber con sus amigos, como había hecho otros viernes anteriores. Entre selfies, caladas a algún cigarro y risas, los chicos apuraban las últimas horas del día.

Pero en torno a las ocho y media de aquella fatídica tarde, Laura discutió con uno de sus amigos. Fue una riña tonta, de chiquillos, sin trascendencia. Pero la niña se enfadó y comenzó a beber sin control, sin ni siquiera mezclar el alcohol con ningún tipo de refresco, como lo había hecho hasta el momento.

La pequeña empezó a dar un trago tras otro a las botellas de ron y de vodka. Sin parar, la niña se emborrachó de golpe. Aunque el sabor no le resultaba agradable, no dejó de hacerlo. Los cerca de 40 grados que contienen esas bebidas la acabarían matando.

El matrimonio Filipczuk llegó a España hace 18 años. La hija mayor, Patricia, tiene ahora 15 años, tres más que su hermana fallecida.

El matrimonio Filipczuk llegó a España hace 18 años. La hija mayor, Patricia, tiene ahora 15 años, tres más que su hermana fallecida.

Pasadas las 10 de la noche, Laura se desplomó. Sus amigos, todos menores de edad, comenzaron a reírse a carcajadas y a chillarle “¡booorracha, boooorracha!”. Pensaban que simplemente estaba aturdida y que al cabo de un rato volvería en sí.

Sin embargo, su cuerpo no soportó aquel tremendo zumbido pese a ser alta -en torno a 1,70 m.- y a que estaba por encima del peso de cualquier niño de su edad -unos 60 kilos-. Su corazón y su cerebro habían entrado en shock. Sufría un coma etílico por la ingesta de una gran cantidad de alcohol en un período de tiempo muy corto (recuerde, binge drinking).

Unos 40 minutos después de caer al suelo, los amigos comenzaron a asustarse porque no se reponía. Varios de ellos empezaron a darle palmadas en el rostro. Pero Laura no reaccionaba. Uno de ellos fue corriendo hasta un supermercado cercano y cogió un carro de la compra abandonado en las proximidades. No llamaron a la Policía por temor a las represalias.

Luego, decidieron montar a la niña en el carro y la condujeron, descampado abajo, hasta un ambulatorio que hay en torno a 700 metros del lugar en el que habían estado haciendo botellón. Tardaron en torno a media hora en llegar. No por la distancia, que era escasa, sino porque sus amigos también iban borrachos y, en un principio, dudaron si llevarla al centro de salud o a su propia casa.

Laura llegó al ambulatorio con parada cardiorrespiratoria. Los médicos lograron reanimarla y estabilizarla. Luego, se le trasladó en ambulancia hasta el hospital 12 de Octubre de Madrid. Pero la niña tenía muy afectado el organismo y murió el martes 1 de noviembre, Día de Todos Los Santos.

LA MUERTE DE UNA AMIGA LA CAMBIÓ

El último día de vida de Laura ha supuesto el trago más amargo para su familia. Los Filipczuk viven en la segunda planta de un edificio cercano al colegio infantil del barrio de El Quiñón. Los padres de la niña fallecida, Irena y Slawomir, llegaron desde su país natal, Polonia, hace 18 años. Vinieron en busca de trabajo y se quedaron en San Martín de la Vega.

Al principio de su llegada a España, el padre empezó a trabajar para varias empresas de construcción. Pero hace unos años decidió crear la suya propia, dedicada a las reformas. Se llama Suawek. Por eso en su barriada todo el mundo lo conoce como suave.

Desde entonces, Slawomir hace de todo: albañil, pintor, fontanero… Este martes, seis días después de incinerar a su hija en el cementerio-tanatorio de Alcobendas, su furgoneta está aparcada en la calle trasera de su casa. La madre de la niña, Irena Ipczuk, siempre se ha encargado de las tareas domésticas, las cuales compagina con los trabajos esporádicos que le salen limpiando viviendas.

Slawomir, el padre de Laura, tiene una empresa de reformas y decoración. Su furgoneta de trabajo seguía aparcada este martes en la calle trasera de su casa. A.L.

Slawomir, el padre de Laura, tiene una empresa de reformas y decoración. Su furgoneta de trabajo seguía aparcada este martes en la calle trasera de su casa. A.L.

A los tres años de instalarse en este pueblo del sur de la provincia de Madrid, los Filipczuk  Ipczuk tuvieron a la primera de sus dos hijas, Patricia, que hoy tiene 15 años. Se trata de una niña alta, delgada y rubia, a la que Laura, pese a que tenían las disputas típicas entre hermanos,  idolatraba.

A su edad, la única preocupación de Patricia es aprobar el curso del instituto y disfrutar de la adolescencia. Desde que murió su hermana apenas sale a la calle, salvo para acudir a clases. El día que falleció Laura, ella estaba en Barcelona de viaje.

Tres años más tarde del nacimiento de Patricia, Laura vino al mundo. Nació en 2004. De las dos hermanas, ella es la que más se parece a la madre. Aunque Irena también es rubia, como la mayor de sus hijas, su rostro es idéntico al de la fallecida.

Una vecina del edificio en el que viven los Filipczuk cuenta que los padres están destrozados y que ahora tratan de asumir el “peor golpe de sus vidas”. La mujer, que prefiere mantener el anonimato, explica que cuando se los encontró en las escaleras, les dio el pésame e Irena, entre lágrimas, le dijo: ‘Ojalá la muerte de nuestra hija sirva para que nunca más muera otro niño por beber alcohol’.

Ellos, los Filipczuk, no pudieron o no supieron frenar a Laura. Durante este año la Policía Local de San Martín les había llevado borracha a casa a la niña en dos ocasiones. La habían encontrado caminando ebria por las calles de la población. Sus padres le regañaron, le dijeron que a su edad no debía tomar alcohol. Pero la niña hizo oídos sordos a aquellos consejos.

Otro vecino que conoce bien a la familia de origen polaco cuenta un episodio en la vida de la niña que pudo desencadenar un cambio drástico en su actitud. Fue un trance que, sin saber muy bien cómo, abocó a Laura al alcohol.

En febrero de 2014 una amiga de la niña falleció de muerte súbita mientras practicaba danza en un centro municipal de San Martín. La fallecida tenía sólo 11 años. Laura, dice el señor, lo pasó muy mal durante los meses posteriores. Desde entonces, la pequeña de los Filipczuk sufría repentinos cambios de humor y empezó a salir a la calle mucho más sin la compañía de sus padres. “No digirió bien aquel golpe”, cuenta el hombre.

“FUMABA MÁS QUE BEBÍA”

Zahira, de 14 años, era la mejor amiga de Laura. Hasta el fallecimiento de la niña, vivían en el mismo edificio de la barriada El Quiñón. La chica viste un uniforme azul de colegio y acaba de comprar una barra de pan en un supermercado cercano al portal de su casa.

Tras sus gafas, Zahira esconde una mirada que se ha vuelto triste desde que Laura falleció. La niña cuenta que su amiga no bebía con mucha frecuencia -“al menos no delante de mí”-, aunque cuando sí lo hacía, dice, “lo hacía sin control”. “En realidad, fumaba mucho más que bebía. Cachimbas, tabaco,.. Le daba igual. Pero beber, no tanto, de verdad”.

La Policía Local de San Martín de la Vega llevó a casa a Laura estando ebria hasta en dos ocasiones en el último año.

La Policía Local de San Martín de la Vega llevó a casa a Laura estando ebria hasta en dos ocasiones en el último año.

Zahira y Laura se conocieron jugueteando en las calles de su barriada. Ella tenía 5 años y la chica fallecida sólo tres. Zahira dice que desde que Laura dejó el colegio y accedió al instituto, empezó “a tener malas amistades y a entrar en un ambiente feo”. “Era entretenida, divertida, alegre”. Al recordarla, sus ojos se llenan de venas sonrojadas, la chiquilla decide abrir el portón de su edificio y marcharse.

Cae la noche en San Martín de la Vega y las calles del pueblo se llenan de pequeños grupos de chavales. A un kilómetro y medio de distancia de la casa de Laura está Los Cerros, donde la niña se mató bebiendo. Allí, este martes dos chicos se hacen fotos delante de una pared con grafitis. Uno de ellos es Kevin, el niño que dice que en los “chinos del pueblo siempre nos venden alcohol”, aunque asegura que él no bebe.

“Laura era una chica conocida en el pueblo. Se movía con gente de más edad que ella, pero no adultos. Aunque era alta y grande, tenía sólo 12 años y siempre quería aparentar ser mayor”, cuenta Kevin. “Mi novia la conocía bastante, ella es la que me lo ha contado todo, y dice que era una niña enrrollada. ¡Joder, vaya pena!”, añade justo antes de volver a posar para que su amigo le haga una foto que luego subirá a las redes sociales.

El problema de la venta de alcohol en establecimientos de chinos no sólo se produce en San Martín de la Vega. En noviembre de 2015, en Basauri (Vizcaya), dos negocios de ciudadanos del país asiático fueron denunciados por vender vodka y tabaco a dos niñas de 12 años.

Pero no es el único caso. En diciembre de 2012, el Ayuntamiento de Málaga sancionó con 15.000 euros de multa a dos bazares chinos por vender bebidas alcohólicas a niños.

“En este pueblo los niños hacen lo que les da la gana con el alcohol”, afirma Juan, padre de dos chavales de 7 y 12 años. “Y no sólo es culpa de los papás. Nuestros hijos tienen que poder salir a la calle sin riesgo de que les vendan bebidas en cualquier sitio. En el fondo, no son más que niños que no conocen el peligro de las cosas”.

La muerte de Laura ha consternado a San Martín de la Vega. Tras su fallecimiento, y ante las críticas de la población, el Ayuntamiento, gobernado por el PSOE, ha aprobado dotar de una patrulla más a la Policía Local, cuyo jefe dejó el cargo a los pocos días de conocerse la noticia. Desde el Consistorio aseguran que la decisión la tomó meses atrás y que no tiene nada que ver con este luctuoso hecho.

Pero nada de eso evitará ya la marcha de Laura. La niña de 12 años se ha convertido en el último ángel caído por culpa del alcohol.