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La verdadera Talavera de Puebla no puede ser ni blanca pura ni perfecta. Son dos formas de distinguir lo auténtico, lo artesanal, de los sucedáneos que se pueden encontrar en cualquier parte. Pero también es una forma de entender la belleza absorbente de una ciudad que siente esta cerámica mayólica como una conexión mística con España y el mundo entero.

Cuando se fundó Puebla en 1531, artesanos españoles de la zona de Talavera de la Reina (Toledo) se asentaron en el valle de este altiplano a mitad camino entre Ciudad de México y el puerto de Veracruz. Llegaron atraídos por la esperanza de un nuevo paraíso donde pudieran simplemente vivir pero con las maletas cargadas del peso de una tradición que hablaba a través de sus manos.

La herencia del azulejo y de la pintura que dejaron romanos y árabes en esta región de España encontró en Puebla una arcilla pura, perfecta para expresar su arte. Y que al unirla con la artesanía de los pueblos precolombinos dio en el torno con expresiones tan simbióticas como el Árbol de la Vida, tan cristiano como mixteca, de Izúcar de Matamoros.

Catedral de Puebla.

Catedral de Puebla. iStock

Esa mezcla barroca ha sido la receta perfecta para crear la magia sobre la que ha crecido la segunda ciudad más visitada de México, después de la capital, sin ser un destino de playa.

Hoy en día sólo nueve talleres en la zona están reconocidos oficialmente como Talavera porque siguen la receta tradicional: arcilla natural, la marca del alfarero en el lugar que no está pintado y sólo seis colores en sus diseños que surgen de pigmentos naturales: azul, amarillo, negro, verde, naranja y violeta pálido.

Recogiendo estas miguitas de historia y tradición podemos recorrer Puebla de la mano de la Talavera siendo la primera parada el corazón de la ciudad: la majestuosa Catedral. Construida por bloques en el siglo XVI es el símbolo de la importancia de Puebla en el Virreinato español que quiso marcar su poder con el segundo templo más alto de todo México.

Cúpula de la Catedral de Puebla con azulejos de Talavera.

Cúpula de la Catedral de Puebla con azulejos de Talavera. iStock

Tres reyes españoles —Felipe II, Felipe III y Felipe IV— vieron cómo sus dos torres de estilo herreriano iban dando forma a una iglesia que guarda en su interior un impresionante tesoro de arte sacro.

En ese sincretismo que se respira en Puebla, la conexión con la tierra y el barro lo elevaron a lo más alto de su Cúpula Mayor, de 43 metros, cubierta por azulejos de Talavera en tonos amarillos y verdes que, entrelazados, recrean estrellas de ocho puntas. Un cielo de interior perfecto para encontrar al Dios que buscamos, se llame como se llame.

Además, en los muros exteriores se crearon medallones con soles, el amuleto sonriente que los artistas poblanos han convertido en un símbolo y donde se aúnan las divinidades prehispánicas con el Imperio español.

'Horror vacui'

Fachada del Convento de San Francisco en Puebla.

Fachada del Convento de San Francisco en Puebla. iStock

No es la única cúpula tocada por la gracia de la Talavera. En el siglo XVIII, con la construcción de iglesias y casonas, este arte vive su siglo de oro con trabajos como los de la Iglesia de la Soledad, con una especie de tablero en blanco y negro, y el de la Concepción, con el mismo motivo pero en azul y blanco. Sin embargo, es una pared, al nivel de nuestros ojos, la que conecta religión y Talavera de la manera más frondosa en Puebla en la fachada del Convento de San Francisco.

Los franciscanos fueron los primeros religiosos cristianos que llegaron a la región y su influencia se ha dejado marcada en cada ciudad por la que pasaron. En esta fachada se aprecia un cuerpo central en roca, que recuerda a cualquier iglesia barroca española, con cuadros hechos en azulejos que representan jarrones llenos de flores.

Ahora, si buscamos el culmen de la conquista religiosa de la Talavera tenemos que desplazarnos 13 kilómetros hasta San Francisco Acatepec, donde el horror vacui se salda con azulejos de colorines con formas geométricas que atrapan al visitante desde mucho antes de plantarse en la puerta de esta iglesia.

Fachada de San Francisco Acatepec, a 13 kilómetros de Puebla.

Fachada de San Francisco Acatepec, a 13 kilómetros de Puebla. iStock

Una vez conquistado el terreno de lo divino, los poderosos de la Ciudad de los Ángeles, como se llamó Puebla al principio por su supuesto origen místico, no podían obviar a la Talavera en las casonas y palacios que fueron construyeron durante el Virreinato.

La más bella y misteriosa es, sin duda, la Casa de los Muñecos. En la fachada de este edificio de tres plantas hay 16 "muñecos" hechos en azulejos que imitan las figuras de Hércules y sus acompañantes en extraños movimientos.

Dicen que fue la vivienda del mismísimo Juan Ochoa de Elejalde, conquistador y escribano de armada de Hernán Cortés. Y también de Agustín de Ovando Cáceres de Ledesma Núñez de Villavicencio. Lo que está claro es que el dueño que encargó la fachada tenía mucho sentido del humor porque los muñecos son una burla a los gobernadores del momento en Puebla que no le dejaban construir las tres alturas de su casa.

Pero no es el único edificio barroco que muestra orgulloso su Talavera. La ruta nos lleva a la Casa de Alfeñique, hoy un museo, donde el azulejo se combina con un increíble trabajo de yesería; al Patio de los Azulejos, una casa de ejercicios espirituales convertida en una obra de arte del azulejo donde el naranja y el amarillo coquetean con cruces azules y blancas; y al Palacio Episcopal, el único edificio en toda Puebla que en la época podía utilizar ese título por ser la residencia de los obispos en el siglo XVII.

Talavera poblana.

Talavera poblana. Turismo de Puebla

Arte vivo

Pero la Talavera no es sólo un objeto decorativo que se vea en una fachada o en la cúpula de una iglesia. Es un arte vivo que sigue marcando las mesas, los hogares y el corazón de cada poblano.

Esa energía transformadora se siente en el tradicional mercado artesanal de El Parián, donde este arte aterriza con piezas más contemporáneas que siguen conservando el alma de la Talavera pero que se expresan en un lenguaje que entienden las nuevas generaciones.

Piezas únicas de joyería, esculturas o lozas que vuelven a estar de moda navegan entre el pasado y el presente como garantes de una historia vital que ha convertido a Puebla en un destino único.

El viaje experiencial puede completarse con las clases especiales que ofrece Talavera Uriarte: el taller más antiguo de Puebla que lleva más de 200 años haciendo piezas únicas, o en los tornos de las mujeres de las comunidades que rodean la ciudad y que han creado rutas donde respirar el espíritu creador que emana del barro y de sus manos.

Con 12 pueblos mágicos cerca de Puebla hablando entre la cerámica y el bordado, otra de las tradiciones milenarias típicas de la región, es fácil sentir el ansiado éxtasis del artista hasta para los menos dotados.