Monica Villar

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Relatos que sanan

Mónica Villar, empresaria gallega en Dubái, sobre su lucha contra la bulimia: "Pedir ayuda no es una debilidad"

La viguesa, que trabaja en el sector inmobiliario, habla de la etapa más complicada de su vida, de cómo logró salir adelante y de lo que ha aprendido por el camino.

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Mónica Villar dejó Vigo por Dubái, donde trabaja en el sector inmobiliario y dirige una consultoría que conecta negocios entre Europa y Oriente Medio. Empresaria, inversora y acostumbrada a moverse entre proyectos internacionales, desde fuera podría parecer que ha alcanzado el éxito que siempre buscó. Pero durante años, mientras su vida avanzaba de puertas para fuera, ella libraba una batalla que apenas nadie conocía.

La autoexigencia, la ansiedad y la necesidad de aparentar que todo estaba bien terminaron derivando en una bulimia que llegó a poner en riesgo su salud. “Durante mucho tiempo confundí fortaleza con aguantar”, reconoce. Su cuerpo terminó diciéndole que no podía seguir así y aquel momento marcó un antes y un después.

Hoy, Mónica habla abiertamente de aquella etapa y de un proceso en el que la terapia, la meditación, el deporte y el trabajo personal fueron fundamentales.

¿Quién eres y a qué te dedicas?

Soy Mónica Villar, empresaria gallega afincada en Dubái. Me dedico a la gestión patrimonial dentro del sector inmobiliario de Emiratos Árabes Unidos y dirijo una consultoría de negocios que conecta oportunidades entre Europa y Oriente Medio. Mi trabajo consiste en ayudar a empresarios, inversores y familias a desarrollar proyectos internacionales, invertir de forma estratégica y crear puentes entre distintos mercados.

Además de mi faceta empresarial, soy una persona muy orientada al crecimiento personal. Creo profundamente en la capacidad que tenemos los seres humanos para reinventarnos, superar momentos difíciles y construir una vida alineada con nuestros valores y propósito.

¿Cómo te describirías hoy, en este momento de tu vida?

Como una mujer resiliente, valiente y mucho más consciente de sí misma. He aprendido que el verdadero éxito no consiste únicamente en alcanzar objetivos profesionales, sino en poder disfrutar del camino con paz interior.

Si hoy tuvieras que decir “estoy en un punto…” ¿qué dirías?

Estoy en un punto de crecimiento, expansión y coherencia conmigo misma. He aprendido a escucharme más y a priorizar aquello que realmente importa.

Ahora mismo, ¿cómo estás por dentro?

Estoy en paz. No porque la vida sea perfecta, sino porque he aprendido a gestionar mejor las dificultades, las emociones y la incertidumbre. Hoy me siento más fuerte, más libre y más conectada conmigo misma.

Si miramos atrás… ¿cuándo dirías que empezó esa etapa difícil?

Creo que empezó mucho antes de que fuera consciente. Durante años fui acumulando presión, emociones no expresadas, autoexigencia y situaciones que no estaba gestionando de una manera saludable. Desde fuera parecía que todo iba bien, pero por dentro me estaba desgastando.

¿Recuerdas en qué momento pensaste: “esto no es normal, algo me está pasando”?

Sí. Hubo una etapa en la que desarrollé bulimia. Seguía trabajando, sonriendo y aparentando normalidad, pero por dentro estaba sufriendo muchísimo. Ahí fue cuando entendí que no estaba bien y que necesitaba ayuda.

¿Cómo era tu día a día entonces?

Era agotador. Vivía con mucha ansiedad, mucha presión interna y una exigencia constante hacia mí misma. Intentaba seguir adelante como si nada ocurriera, pero emocionalmente estaba cada vez más desconectada de mí.

¿Qué era lo que más te pesaba en silencio?

La sensación de tener que poder con todo sola. Sentir que tenía que demostrar constantemente mi valor y que no podía permitirme fallar.

¿Había algo que te daba miedo reconocer?

Sí. Reconocer que necesitaba ayuda. Durante mucho tiempo confundí fortaleza con aguantar.

" Sentía que tenía que ser perfecta, que tenía que hacerlo todo bien y que no podía mostrar debilidad"

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¿En ese momento eras consciente de que estabas mal o lo fuiste entendiendo con el tiempo?

Lo fui entendiendo con el tiempo. Cuando estás dentro de una situación así, muchas veces normalizas el sufrimiento. Piensas que puedes controlarlo o que se va a pasar solo.

¿Qué tipo de pensamientos se te repetían más?

La autoexigencia extrema. Sentía que tenía que ser perfecta, que tenía que hacerlo todo bien y que no podía mostrar debilidad.

¿Lo ocultabas o la gente de tu alrededor lo notaba?

Lo ocultaba bastante bien. Mucha gente se sorprendió después al conocer lo que estaba viviendo porque aprendí a sonreír por fuera mientras sufría por dentro.

¿Te costó pedir ayuda?

Muchísimo.

¿En algún momento intentaste aparentar que estabas bien?

Sí. Durante bastante tiempo.

¿Qué fue lo que más te frenaba: vergüenza, miedo, orgullo o no saber qué hacer?

Pensar que pedir ayuda era una señal de debilidad. Hoy sé que es exactamente lo contrario. La verdadera fortaleza está en reconocer que necesitas apoyo y permitir que te ayuden.

¿Recuerdas quién fue la primera persona con la que hablaste de verdad?

Personas muy cercanas que me escucharon sin juzgarme y me hicieron sentir comprendida.

¿Hubo un día concreto en el que dijiste: “hasta aquí”?

No fue un único día, sino una acumulación de situaciones que me hicieron entender que algo tenía que cambiar.

¿Qué pasó para que algo cambiara?

Mi salud física empezó a deteriorarse. Llegué a estar encamada durante una etapa y tuve que ser intervenida por un quiste. Mi sistema inmunológico se vio afectado y comprendí algo muy importante: el cuerpo y la mente están profundamente conectados. Todo aquello que no estaba gestionando emocionalmente estaba teniendo consecuencias reales sobre mi salud.

¿Fue un golpe, una conversación o un momento contigo misma?

Fue una mezcla de todo. Pero sobre todo fue una conversación conmigo misma. Entendí que necesitaba empezar a cuidarme de verdad.

Una vez empezaste a actuar, ¿qué fue lo primero que hiciste?

Empecé a escucharme. Dejé de ignorar lo que sentía y empecé a prestar atención a mis emociones.

¿Empezaste terapia? ¿Cambiaste hábitos? ¿Te apoyaste en alguien?

Sí. Empecé terapia, trabajé mucho en mí misma y cambié hábitos. Aprendí a rodearme de personas que me aportaban tranquilidad, a poner límites y a respetar mis propios tiempos.

¿Qué fue lo más duro del proceso?

Aceptar que algunas personas, situaciones y dinámicas ya no tenían lugar en mi vida.

¿Y qué fue lo que más te sorprendió de ti misma?

La enorme capacidad de resiliencia que tenía y que ni siquiera sabía que existía.

¿Hubo recaídas o momentos de retroceso?

Sí. El crecimiento nunca es lineal. Hay avances, retrocesos y mucho aprendizaje en el camino.

¿Quién estuvo contigo de verdad en esa etapa?

Mi familia, algunas amistades muy concretas y personas que aparecieron en momentos clave de mi vida.

¿Y quién no supo estar, aunque quizá no fuera mala intención?

Personas que probablemente me querían, pero que no tenían las herramientas emocionales necesarias para acompañar determinados procesos.

¿Qué aprendiste sobre tu entorno?

Aprendí que hay dos momentos fundamentales en la vida: cuando alguien permanece a tu lado en los días difíciles y cuando también sabe alegrarse sinceramente por tus éxitos. Ambas cosas hablan mucho de la calidad humana de una persona.

Con el tiempo, ¿qué cosas aprendiste sobre tus emociones?

Aprendí que las emociones están para ser escuchadas. Cuando las ignoras o te las guardas durante demasiado tiempo, terminan pasando factura. Aprendí a comunicar mejor lo que siento, a no callarme, a poner límites y a expresar mis necesidades.

También aprendí a resignificar experiencias difíciles y a encontrar aprendizaje incluso en los momentos más complicados.

¿Aprendiste a escucharte más?

Muchísimo. Hoy escucho mis emociones, mi cuerpo y mis necesidades. Antes seguía adelante aunque estuviera agotada; ahora sé cuándo necesito parar.

¿Qué te ayudó más?

La terapia, la meditación, el deporte, el sentido del humor y el trabajo personal. Pero quiero mencionar especialmente a Alberto Pacheco, uno de los psicólogos que más me ha ayudado en este proceso. Le estaré siempre agradecida porque me ayudó a salir de uno de los momentos más difíciles de mi vida y me dio herramientas para reconstruirme.

¿Qué te funciona hoy cuando notas que algo empieza a removerse otra vez?

Caminar, hacer deporte, respirar conscientemente y reconectarme conmigo misma. A veces algo tan sencillo como una ducha caliente, un baño relajante o regalarme un rato de calma me ayuda a recuperar el equilibrio.

Si comparas tu vida antes y ahora, ¿qué ha cambiado más?

La forma de ver la vida y de gestionar las dificultades. Los problemas siguen existiendo, pero ahora tengo herramientas para afrontarlos de una manera mucho más sana.

¿Qué cosas valoras hoy que antes no valorabas?

La paz mental, la salud, el tiempo y, sobre todo, la calidad humana de las personas que me rodean.

¿Hay algo que hoy te hace sentir orgullosa, aunque sea pequeño?

Sí. Mirar atrás y ver todo lo que he superado. Saber que nunca me rendí y reconocer la capacidad de trabajo, resiliencia y perseverancia que me ha permitido seguir adelante incluso en los momentos más difíciles.

"Cuando noto señales de estrés o ansiedad, no espero a que el problema crezca: me escucho, me cuido y, si es necesario, pido ayuda profesional"

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¿Qué significa para ti hoy estar bien?

Estar en paz, tener salud y vivir alineada con mis valores. Hoy valoro muchísimo más las cosas sencillas.

Hoy en día, ¿qué haces para cuidarte?

Medito, hago deporte, cuido mi alimentación, descanso cuando lo necesito y mantengo espacios para mí. Cuando noto señales de estrés o ansiedad, no espero a que el problema crezca: me escucho, me cuido y, si es necesario, pido ayuda profesional.

¿Qué cosas ya no negocias contigo misma?

Mi bienestar, mi tiempo personal, mis límites y la capacidad de escuchar lo que me está diciendo mi cuerpo.

¿Qué señales detectas ahora rápido y antes no veías?

La ansiedad, el agotamiento emocional, la saturación y la autoexigencia excesiva. Antes seguía adelante ignorándolo; hoy paro, escucho y hago una pausa.

¿Cómo te hablas a ti misma hoy cuando tienes un mal día?

Con mucha más compasión. Siempre me repito una frase que me ayuda mucho: “El día siempre te da una segunda oportunidad, y se llama mañana”. A veces solo necesitamos descansar y permitirnos ver las cosas con otra perspectiva.

Si pudieras hablar con tu “yo” de esa etapa, ¿qué le dirías?

Le diría que todo va a pasar. Que vienen cosas bonitas. Que no está sola y que es mucho más fuerte de lo que cree.

¿Qué te habría gustado que alguien te dijera en ese momento?

Que todo iba a estar bien. Que aquel dolor no iba a durar para siempre y que la vida todavía me tenía reservadas experiencias maravillosas.

¿Qué consejo le darías a una persona que está pasando por algo parecido pero todavía no se atreve a pedir ayuda?

Que no tenga vergüenza. No hay absolutamente nada de lo que avergonzarse. Todos atravesamos momentos difíciles y todos necesitamos ayuda en algún momento de nuestra vida. Incluso las personas más exitosas han vivido sus propias noches oscuras. Pedir ayuda no es una debilidad, es un acto de valentía.

Y para cerrar… si alguien que nos está leyendo está roto por dentro hoy, ¿qué te gustaría decirle?

Que de absolutamente todo se sale. Que detrás de los días más oscuros también existe luz. Que la vida es un regalo y que muchas veces aquello que hoy parece un final termina convirtiéndose en el comienzo de una etapa mucho más bonita.

Que no se rinda. Porque todavía hay muchas cosas maravillosas esperándole al otro lado del dolor. Mi única sugerencia sería añadir una frase al final del bloque de la bulimia y la operación, algo como: “Hoy llevo más de una década recuperada y puedo hablar de ello con serenidad porque forma parte de mi historia, pero ya no define quién soy.”