Anna Grau

Sabino Méndez (Barcelona, 1961) habría sido Paul McCartney si Loquillo hubiera sido John Lennon. O al revés. La diferencia es que ellos dos hicieron las paces mucho antes de lo que el vulgo se imagina; cuando se les creía aún peleados a muerte, ya compartían paellas clandestinas en Sitges y se seguían comprando, sin saberlo, las mismas gabardinas Burberry’s del mismo color y el mismo modelo de móvil. Luego cada cual maduró y siguió su camino: Loquillo a componerse él las canciones que antes le componía Sabino (Cadillac solitario, La mataré…), Sabino a escribir novelas que quitan el hipo por no decir que arrancan el alma, como la última, Literatura universal (Anagrama). Un andamiaje de erudición casi insultante en un rockero (sale a una cita por página) que, probablemente por serlo, está condenado a escribir muy por encima que muchos escritores incapaces de rimar un compás. Sabino Méndez escribe a media altura entre las águilas y los ángeles. Y, además, emerge de la movida, de las drogas y hasta de la política catalana (y de la otra) derrochando humanidad, sentido común y del humor.

Gracias por decirme que ha crecido usted obsesionada con una canción mía, La mataré… ¡Felicidades por su buen gusto para las canciones! Y por darse cuenta de que, a diferencia de lo que se ha querido pretender alguna vez, esa canción en absoluto es ni pretende ser una apología del maltrato o de la violencia de género.

Por favor. A veces se dan unas interpretaciones irracionales de las cosas que… Me ha vuelto a pasar con este libro, con Literatura universal. Hay quien me reprocha que el protagonista y narrador, Simon B., tenga una visión supuestamente machista de las mujeres. Oye, que es un protagonista y narrador que tiene la edad que tiene, que llega a la mayoría de edad en los 80, ¿qué visión esperáis que tenga, la de un chaval de ahora? Además, el arte no está para buscar corrección política ni pureza ideológica, no es para pintar el mundo de color de rosa. Yo faltaría totalmente a la verdad, a la verosimilitud y al arte si convirtiera a mi protagonista en lo que no es.

Constata usted, señorita, como un hecho que le parece incontestable que, nos pongamos como nos pongamos, el rock sigue siendo un universo tirando a machista. O por lo menos un mundo más de hombres… Yo le diría que hay dentro de ese mundo el mismo machismo que hay fuera. Nosotros tuvimos en nuestro grupo, en 1981, a la primera chica que era guitarra solista. Se pregunta usted si ese machismo tenaz del mundo rockero no tendrá que ver con que es un mundo tenazmente aferrado a la inmadurez y a lo infantil, que retrasa todo lo posible la toma de conciencia adulta de las cosas, también de las relaciones.

Cierto. Pero eso empieza a superar rápidamente la barrera de los géneros. Mire, antes siempre los músicos jóvenes que se nos acercaban en los conciertos, que querían conocernos y aprender de nosotros, etc., eran chicos. En un momento dado empezaron a acercarse chicas. No chicas admiradoras o groupies, sino chicas músicas, con sus bajos, sus guitarras... Yo estoy convencido de que la próxima revolución del rock en el siglo XXI la van a protagonizar las chicas. Pone usted cara de póquer y me pregunto si esto de verdad me lo creo o se lo digo para quedar bien. Oiga, pues se lo digo muy en serio, desde ya le anuncio que el futuro del rock van a ser las chicas tocando encima del escenario y abajo los chicos haciendo de groupies…

El futuro del rock son las chicas tocando arriba del escenario y los chicos abajo, de groupies

Saca usted en limpio el corolario de que, en un sentido o en otro, la música sigue ayudando mucho a quien la practica a ligar. Ahora menos, fíjese. En los 80 y 90 esto era muy exagerado, probablemente debido a la gran represión sexual vivida en los años anteriores. Entonces nos sentíamos obligados a probarlo todo, a experimentar con todo, viniera o no viniera a cuento. Creo que los jóvenes de ahora sienten menos esa presión, ese imperativo de transgredir a cualquier precio. Yo por mi parte ya tengo 55 años, ya estoy hecho un carcamal, con lo cual tampoco estoy… ¿Cómo dice? ¿Que más mayor está Mick Jagger? Sin duda, pero hasta él está bastante más calmadito...

Llegado este punto pega usted un tajo y me dice que yo soy la segunda persona que conoce físicamente, al natural, de la que le consta con seguridad que ha hecho algo tan doloroso y tan difícil como desengancharse de la heroína. A la que, es cierto, como recuerda usted, en mi libro califico de “tesoro para bibliófilos” de las grandes sustancias adictivas. Pues mire, sí, las drogas sólo tienen un problema, pero es un problema terrible: y es que están muy ricas. Porque calman la ansiedad, nos permiten soportar la vida, etc. Lo que pasa es que eso tiene un precio en desperfectos biológicos brutales.

Las drogas tienen un problema terrible: están muy ricas y al dejarlas hay que volver a aprender a vivir con dolor y con sufrimiento

Como usted la heroína no la ha probado, obviamente le muerde la curiosidad. Dice que le han dicho que es justo la droga de los ángeles, la que engancha a la gente que es demasiado buena para este mundo. Cómo explicárselo... Imagínese un ansiolítico perfecto. Que le quita toda, absolutamente toda la ansiedad, y le permite relativizar cualquier problema. Justo lo que más busca y desea el ser humano desde que viene al mundo hasta que lo abandona. Y, de repente, ves que lo puedes conseguir, eso sí, pagando un precio biológico tan alto...

La suerte que tuve yo fue que, al empezar y acabar tan pronto, al desengancharme siendo todavía tan joven, menos de 30 años, mi cuerpo todavía fue capaz de rehacerse. De regenerarse bien. Y nunca me he arrepentido de dejarlo. Por lo mismo que nunca esquivo el tema, porque comprendo la necesidad de hacer pedagogía. Mi generación experimentó con todas las sustancias, éramos verdaderos laboratorios andantes. Probamos todo lo que había. Por suerte, los chicos de ahora tienen mucha más información de la que teníamos nosotros, saben cuáles son los peligros y los problemas.

Foto: Moeh Atitar

Foto: Moeh Atitar

Me cuenta usted, señorita, que el otro caso que conoció en persona era el de una chica de nivel social y cultural bajo que logró desengancharse ella sola sin ninguna ayuda, simplemente encerrándose sola en su cuarto y pidiendo a su madre que no la dejara salir hasta que hubiera pasado el mono.

Pues mire, eso que me está contando tiene mucho más mérito que lo mío. Porque créame, va un mundo de diferencia entre ser un toxicómano de alto nivel adquisitivo o uno de bajo nivel adquisitivo. Porque una vez has encontrado el remedio para todos los dolores, y una vez has comprendido que tienes que dejarlo, es decir, que tienes que volverte a acostumbrar a vivir la vida con dolor, con sufrimiento, tienes que desarrollar callo para hacer frente a eso. Y no es lo mismo con dinero o sin dinero, no tiene nada qué ver. Si sabes que lo que te espera fuera del nirvana es un infierno, una vida horrorosa, una vida durísima, a lo mejor te da demasiado miedo intentar salir.

Mi generación experimentó con todo, éramos laboratorios andantes. Por suerte yo lo dejé todo muy joven, a tiempo de que mi cuerpo se regenerase

Añade usted que lo que hizo reaccionar a esa chica, a la que usted conoció, es que había llegado al punto de verse económicamente acorralada por su dependencia, y de ninguna manera quería caer tan bajo como para, por ejemplo, robar a sus padres. Había visto hacer eso a gentes de su entorno, pero ella tenía muy arraigados los valores familiares y armada sólo con eso se enfrentó en completa soledad al mono. Y sin las defensas intelectuales que yo tengo, insiste en apuntar usted, señorita.

Pues señorita, no, no se equivoque: la cultura es lo que nos hace humanos, pero no nos hace mejores ni peores. No modifica nuestra sustancia moral. Quien se preguntó cómo se podía escribir poesía después de Auschwitz no se enteraba de nada. Fíjese en el caso que usted misma me acaba de contar: entre los toxicómanos más desesperados, siempre ha habido gente que cuando tenía el mono robaba, y gente que no. Que sufrían lo mismo que los otros pero estaban hechos de otra pasta. De otra pasta moral. Hay gente que tiene una integridad de una pieza que le impide rebajarse a hacer ciertas cosas por muy mal que lo esté pasando. Y hay gente que por mucho menos no se lo piensa.

¿Que si ahora yo estoy limpio y no me chuto nada? Nada, desde que cumplí los 30, estamos hablando de 1990. Esa época sencillamente se acabó. Con el tiempo se me descubrió una hepatitis C, que durante muchos años la tuve sin saber que la tenía, me curé y hasta pasé un tiempo que el médico no me permitía ni probar el alcohol. Luego me empezaron a dejar beber de vez en cuando, un poquito. Y descubrí que estaba muy bien, muy en forma, y que me gusta cuidarme. Hago bicicleta, hago natación.

Me pregunta usted con intención si ya no me chuto ni siquiera política. Efectivamente esa es otro tipo de toxicomanía, se chutan el ego, que va por la vena directo al cerebro. Pero es verdad que yo estuve comprometido en política al principio de crearse Ciutadans. Sólo que, más que un compromiso político propiamente dicho, tenía un componente más cívico. Empezamos haciendo cenas para comentar lo que pasaba en la sociedad y que no sabíamos a quién votar, porque si vivías en Cataluña pero el nacionalismo no te interesaba te convertías en alguien marginal. Y a partir de ahí salió un manifiesto que acabó dando lugar a un partido, Ciutadans, que no es lo mismo que el Ciudadanos de ahora. Entonces era una cosa más circunscrita a Cataluña, eran más socialdemócratas de centro izquierda, ahora son más liberales. Pero hay que subrayar que muchos de los que estuvimos allí viniendo del mundo del arte nunca hemos militado. Dimos apoyo en un momento dado y ya está. Fuimos un poco como el Capitán Araña, el que la lía y luego se sale diciendo que al artista, esto de militar, uf. Ya nos reprocharon un poco el ser así, ya.

Ciutadans, que no era lo mismo que el Ciudadanos de ahora, empezó con cenas donde discutíamos que en Cataluña, si el nacionalismo no te interesaba, te convertías en alguien marginal

Me recuerda usted que yo llevé mi entusiasmo hasta el punto de componer el himno de UPyD. No, el himno, no. Yo escribí una canción que ponían más veces en más sitios. Pero le digo lo mismo de estos que de los otros, en aquel momento, alrededor de 2006, aquello lo vivías como un movimiento de renovación de todo el sistema político español, aparecen muchas voces, muchos partidos nuevos en un lapso de tiempo relativamente corto. Yo no es que crea en el mito de la nueva política frente a la vieja, yo creo que la política siempre va a ser igual; pero en aquel momento había que dar una patada en los huevos a PP y al PSOE. Había que advertirles; os estáis fosilizando, si seguís por este camino, el sistema político español va a tener unos déficits democráticos enormes.

¿Que si entonces yo comprendo la evolución política de Albert Rivera, o soy de los que la critican? Yo por lo que conozco a Albert Rivera, si algo tiene bueno, es que sabe rectificar. Es de los pocos políticos que he visto que, cuando se equivocan, rectifican en un tiempo relativamente corto.

¿Que si esta respuesta que doy a su pregunta, señorita, es una larga cambiada por mi parte? Esto es un elogio a medias. Es la manera de ser justo con Albert Rivera cuando has empezado con él en una esquina de Poblenou subido a unos tablones de madera haciendo un mítin en plan speaker’s corner de Hyde Park. Entonces ni siquiera existía todavía Ciutadans, íbamos simplemente con un equipo de sonido y cada uno contaba su experiencia personal, familiar, etc., para hacer entender que en Cataluña no todo era ser nacionalista, que había gente que pensábamos de otra manera y también teníamos derecho a nuestro propio canal de expresión política.

Inquiere usted si yo soy charnego. Pues sí, si atendemos a la definición técnica de que charnego es hijo, por ejemplo, de catalana y de inmigrante. Mi padre fue un inmigrante en Cataluña procedente de Asturias con sólo diez años de edad. Se casó con una catalana, mi madre, y fundó nuestra familia en Vic, en el corazón, sí, de Los Trogloditas, como usted apunta rauda, pero también de la Cataluña profunda, que ya sabe usted que siempre se dijo que el morro fort del catalanismo estaba en Manresa y en Vic, aunque posteriormente se ha desplazado más hacia Girona. Vic sigue siendo así, aunque también son de ahí los mayores disidentes, como Albert Boadella, Ramon Fontserè, etc.

Supongo que por eso yo he visto siempre las dos caras de la moneda. En Cataluña todo es tan sencillo como que se quiere dirimir en clave de choque simbólico una realidad mucho más sencilla, como es que en ese territorio, en el catalán, se ha dado el mayor trasvase de población en tiempos de paz de todo el siglo XX. La población catalana sería sólo de 2 millones y medio de personas si no se hubiera producido la gran inmigración.

Albert Rivera es el único político que conozco que, cuando se equivoca, sabe rectificar

Entonces hay quien propicia los desajustes y el miedo, el miedo de los autóctonos a perder sus formas de vida, el miedo de los de fuera al rechazo. Pero yo, aparte de ser catalán, y español, y ahora residente en Sitges, y nacido en el barrio barcelonés de Horta, yo lo que me siento simbólicamente es europeo. Eso es lo que me importa a mí y no las naciones, las naciones actualmente no sirven para nada. El único camino no es pedir más soberanía sino despojarse de ella, dársela a organizaciones superiores que se rijan por el Estado de Derecho.

Me mira usted a los ojos y me pregunta, de catalana étnica (pero muy triste con la que está cayendo) a charnego de pro: ¿a que Juan Marsé y su Pijoaparte han hecho mucho daño? Elogia usted un choque entre autóctonos e inmigrantes en mi novela, a las puertas de una sala de conciertos del Barrio Gótico, que según usted exuda toda la verdad y todo el amor que no se encuentra en la prosa fascinante pero simplificadora y separadora de Marsé...

Foto: Moeh Atitar

Foto: Moeh Atitar

Estoy de acuerdo, señorita, sólo que Marsé no tiene la culpa. Él es inocente, los culpables son los marsesistas, los que convierten el Pijoaparte en un estereotipo. Y que ven una tenista rubia y burguesa en toda catalana, rezonga usted de paso. En una entrevista, muy comentada, que dimos Loquillo y yo juntos ya hace más de un año, comentamos que siempre hemos tenido que cargar, él más que yo, con el estereotipo del Pijoaparte. Él es hijo de aragonés y de catalana. Su padre fue republicano, laico y luchó en la guerra, fue estibador en el puerto de Barcelona. Mi padre era chófer de una familia de grandes industriales catalanes. Hemos cargado con estereotipos que no existen. Yo adoro a Juan Marsé y sus Últimas tardes con Teresa, me parece una novela capital, no superada. Pero como referente político es una putada, porfía usted…

El Pijoaparte, el estereotipo del charnego perdedor, no tiene nada que ver con nosotros. El Pijoaparte nunca llega a acostarse con Teresa Serrat. Loquillo y yo sí, con ella y con todas sus amigas

A lo que iba: en aquella entrevista, Loquillo y yo nos quejábamos de que nadie se fije en la obvio, y es que, en la novela de Marsé, el famoso Pijoaparte no llega a acostarse en ningún momento con Teresa Serrat, no pasa de acostarse con la criada, y acordémonos de lo mal que acaba, el pobre. En cambio, ¿qué nos pasó a nosotros? Pues que dormimos con Teresa Serrat en los 80, y como Teresa Serrat era libre y tenía amigas, les pasó a todas nuestro teléfono. Y no sólo eso sino que Loquillo ahora vive muy bien en San Sebastián y yo en Sitges. Nada que ver con el cliché del emigrante perdedor mítico. Qué pena para los que necesitan ese cliché para funcionar, ¿no?