Diana y Charles Spencer con su padre, en el centro, durante una fiesta en Althorp para celebrar su 65 cumpleaños.

Diana y Charles Spencer con su padre, en el centro, durante una fiesta en Althorp para celebrar su 65 cumpleaños. The Spencer Family

Reportajes 'EL CANTO DEL CISNE: DIANA, MI HERMANA'

"Si me quisieras, no me dejarías aquí": la súplica de Diana de Gales a su padre y otros secretos íntimos que revela su hermano

En El canto del cisne. Diana, mi hermana, el conde de Spencer presenta "el retrato más íntimo, afectuoso y sincero que se ha escrito" sobre Lady Di.

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Al abordar la siempre enigmática figura de Diana de Gales, es inevitable pensar en aquella frase de Alvite: "Más que las mujeres de las que se habla, me interesan las mujeres de las que se murmura".

Y Diana fue, durante buena parte de su vida, tristemente eso: una mujer sobre la que se habló, se especuló y se murmuró hasta el extremo.

Al margen del comentario, del rumor, del susurro a sus espaldas o incluso a la cara —un paparazzo llegó a decirle: "Te perseguiré hasta el día de tu muerte y, cuando suceda, mearé sobre tu tumba"—, Diana Frances Spencer ha logrado tener, al fin, el homenaje que merece.

Charles Spencer con su libro sobre Diana de Gales.

Charles Spencer con su libro sobre Diana de Gales. Penguin Random House

Llega en forma de libro y lo firma uno de los dos Charles de su vida. No es su exmarido —a la postre, hoy el rey de todos los británicos—, sino su hermano pequeño, Charles Spencer.

A lo largo de más de 360 páginas, El canto del cisne. Diana, mi hermana (Ed. Penguin Random House) se presenta como "el retrato más íntimo, afectuoso y sincero que se ha escrito" sobre la malograda princesa.

Diana Spencer junto a su hermano pequeño, Charles

Diana Spencer junto a su hermano pequeño, Charles The Spencer Family

Y quizá lo sea porque, antes de convertirse en Lady Di, la madre del futuro soberano del Reino Unido era simplemente su hermana.

Con un dolor que le perseguirá toda la vida, el IX conde de Spencer dibuja un cuadro insólito de la hermana a la que perdió el 31 de agosto de 1997, cuando tenía sólo 36 años.

Habla de ella como "alguien con una nobleza natural, sin distinciones de clase", extraordinariamente carismática, "una persona muy insegura en el fondo", con una "humanidad altruista", sensata y fuerte, "fiel a sí misma" y "a la que se le dio el nombre de la antigua diosa de la caza", para convertirse finalmente en "la persona más perseguida de la era moderna".

Hay algo especialmente revelador en que sea Charles Spencer quien cuente esta historia. No solo porque compartiera apellido y sangre con la protagonista, sino porque con ella vivió una infancia que poco tenía que ver con el brillo posterior de Buckingham Palace.

"Los dos crecimos juntos y éramos los más jóvenes en una casa dividida por el divorcio y marcada por la tristeza de un hermano muerto", revela.

John, el primogénito del matrimonio formado por John Spencer y Frances Shand Kydd, vino al mundo el 12 de enero de 1960 con graves malformaciones, entre ellas seis dedos en cada mano y en cada pie, el paladar hendido y un hueco en la nuca.

Todo apuntaba, dice el autor, a que "al principio de la gestación, el bebé hubiera tenido un gemelo". Nació, pero apenas sobrevivió un par de horas.

La muerte de aquel niño golpeó a los Spencer y, como sucede en tantas familias atravesadas por una pérdida, también dejó su marca en sus progenitores. Antes llegarían Sarah (1955) y Jane (1957). Más tarde, Diana (1961) y Charles (1964).

Y entre los dos pequeños de la familia se establecería un vínculo que sobreviviría a todo lo que vendría después.

Frances Shand Kydd junto a sus cuatro hijos en el trepador de Park House en 1966.

Frances Shand Kydd junto a sus cuatro hijos en el trepador de Park House en 1966. The Spencer Family

"Diana y yo compartimos techo todas las noches durante los primeros siete años de mi vida, más o menos, y vivimos juntos durante la gran mayoría de los periodos vacacionales de nuestro internado hasta que ella cumplió 16 y yo 13", escribe Spencer.

No todo fue ternura. Como es habitual entre hermanos —aquí no hay títulos, ni linaje, ni sangre azul o roja que valgan—, Charles y Diana llegaron a pelearse físicamente.

Una de aquellas disputas terminó con una patada en la entrepierna: "Mientras yo me retorcía y sollozaba de dolor, Peter [el marido en segundas nupcias de su madre, ambos alcohólicos] apareció corriendo y reprendió a Diana, diciéndole que nunca más debía golpearme ahí, ni a mí ni a ningún hombre en su vida. Ella prometió no hacerlo y se desmoronó ante el enfado al que Peter dio rienda suelta ese día".

Con un breve ejemplo, Charles pinta una escena doméstica, de cualquier casa posible. Antes de ser princesa, antes de ser perseguida por decenas de fotógrafos, Diana fue una niña que discutía con su hermano, se aburría en clase, pescaba con su familia y quería volver a casa cuando la llevaron al internado de Riddlesworth Hall.

"Merece la pena recordar", escribe Carlos —así, en español, como su hermana le llamaba cariñosamente—, "que ella era, en esencia, una chica de campo antes de que las exigencias de su vida pública como esposa la obligaran a pasar demasiado tiempo en Londres".

Diana tenía una sensibilidad especial y una forma de mirar al mundo que no todos comprendían. "Ni siquiera le hicieron un examen diagnóstico […] pero presentaba síntomas relacionados con el TDAH", desvela Spencer.

Su maestra de parvulario ya había advertido que tenía "una breve capacidad de concentración en cualquier actividad". Cuando se aburría, se levantaba del pupitre sin darse cuenta y tenía la costumbre de interrumpir a los demás para terminar sus frases. A los nueve años, al ingresar en el citado internado, las dificultades continuaron.

Instalado en una mansión del sur de Norfolk, Riddlesworth Hall no parecía el lugar más apropiado para una niña que sufría profundamente por la separación de su familia. "Si me quisieras, no me dejarías aquí", le reprochó a su padre.

Pero quienes la conocieron allí recuerdan también otra Diana. El capellán del colegio, el reverendo Reginald Sweet, la describía como una joven que "cuidaba de las chicas nuevas que llegaban y sentían añoranza de su casa. Siempre fue muy popular por eso. No era más que una niña buena y muy inquieta que siempre estaba deseosa de agradar y ayudar".

La señorita Lowe, la más "crítica" de Riddlesworth, coincidía en lo esencial: "Era afable y servicial".

Diana camino de su primer día como alumna interna en Riddlesworth, con la niñera Sally Percival, su abuela Ruth Fermoy y Ernest Smith, el jardinero de Park House, 1970.

Diana camino de su primer día como alumna interna en Riddlesworth, con la niñera Sally Percival, su abuela Ruth Fermoy y Ernest Smith, el jardinero de Park House, 1970. The Spencer Family

Hay, por tanto, una constante en el perfil que construye Charles Spencer: la necesidad de Diana de acercarse a los demás. Una capacidad para detectar la vulnerabilidad ajena que, con los años, se convertiría en una de las características más reconocibles de su figura pública.

También estaba el valor. Spencer lo demuestra con una escena que parece sacada de una novela de aventuras. Su madre, Diana y el propio Charles salían en una lancha de un solo motor y colocaban trampas cebadas con caballa en la bahía de Ardencaple.

Un día, una de ellas atrapó una anguila congrio de más de un metro de largo, negra, musculosa y "tan gruesa como mi brazo". La reacción de Diana no fue retroceder.

"Avanzó inmediatamente hacia el peligro", cuenta su hermano. Cogió la navaja de bolsillo que había dentro de la trampa y hundió la punta en los ojos de la anguila.

Es una imagen difícil de olvidar. La misma mujer que años después aparecería bajo los flashes de medio mundo había sido, antes, una adolescente que no dudaba enfrentarse a un pez con aspecto de serpiente. Era valiente, sin duda, e hizo historia en enero de 1997 al caminar por un campo de minas antipersona activo en Huambo, Angola, para visibilizar el sufrimiento de las víctimas y exigir la prohibición mundial de estas armas.

Diana, romántica y enamoradiza

Pero si hubo un terreno en el que Diana parecía destinada a vivir su propio cuento de hadas, ese fue el amor.

No hay ningún atisbo de duda de que la persona que marcó su vida sentimental fue el príncipe Carlos de Inglaterra, hijo de la reina Isabel II y del príncipe Felipe de Edimburgo. Charles Spencer cuenta que todavía le preguntan si su hermana "se enamoró de la persona o del príncipe de Gales".

La niñera de ambos hermanos, Mary Clarke, recordaba que "su única ambición era enamorarse, casarse y tener muchos hijos… Nunca se casaría a menos que estuviera realmente enamorada".

Diana, el día de su boda, encontrando tiempo para dedicar palabras de ánimo a una de sus damas de honor, 29 de julio de 1981.

Diana, el día de su boda, encontrando tiempo para dedicar palabras de ánimo a una de sus damas de honor, 29 de julio de 1981. The Spencer Family

Diana era, según su hermano, una soñadora. Devoraba la literatura romántica de Barbara Cartland —casualmente, madre de su madrastra, Raine—, cuyas historias solían girar alrededor de una belleza virginal perseguida por un apuesto aristócrata hasta terminar, inevitablemente, entre sus brazos y vivir felices para siempre.

La realidad no tardaría en parecerse demasiado a la ficción.

A los 19 años, Diana Spencer fue "cortejada" por el heredero al trono británico, que tenía 32 y que, según describe el escritor, "había disfrutado de una ajetreada soltería, una de las ventajas de su atractivo en el escenario internacional".

Entonces empezó su otra vida. La de los titulares, los objetivos de las cámaras y las multitudes. La prensa la adoraba y la devoraba al mismo tiempo. La bautizaron como "Di" y el mundo entero se entregó al cuento de hadas de la princesa Diana de Gales.

Para los Spencer, sin embargo, aquella historia tenía una dimensión mucho más íntima. La vida familiar se puso absolutamente del revés cuando se hizo oficial la relación entre Carlos y Diana. "Ella estará bien… estará bien", recuerda Charles Spencer que comentó su padre con cierta resignación.

La soledad de Diana

A las semanas de celebrarse su boda con el príncipe de Gales, Diana comenzó a perder peso, y eso preocupó a sus médicos y a su familia. Llegó a pesar 54 kilos. A su drástico cambio físico se le sumó que, tras dar a luz a su primer hijo, William, la princesa empezó a sentirse “aislada y atrapada”.

Creía que a veces su marido no tenía tiempo para ella, y otras ocasiones era muy crítico con sus defectos”, recuerda el conde. Y prosigue: “No tenía ni idea de que sus problemas con la alimentación derivasen, en parte, del sentimiento de no ser amada por el hombre a quien ella adoraba”.

La preocupación de Charles

El momento en que Diana se casó con el príncipe Carlos, con mi padre a su lado, el arzobispo Runcie oficiando, y su madre y Charles observando.

El momento en que Diana se casó con el príncipe Carlos, con mi padre a su lado, el arzobispo Runcie oficiando, y su madre y Charles observando. Kent Gavin/Mirrorpix a través de Getty Images

En diciembre de 1993, un año después de su sonado divorcio, el tabloide Today publicó una carta que Charles Spencer había escrito a su hermana: Diana: mi preocupación por ti. En ella le advertía de su imagen pública y de que corriera el peligro de dañar su reputación.

Temía que ella no estuviera “gestionando bien” ciertos asuntos y que pudiera perder el cariño de la gente. La conocida como la princesa del pueblo había sufrido la infidelidad pública de su marido y empezó a tener una enorme vida social fuera de la Familia Real.

“No pretendía criticar a Diana en esa carta. Era, simplemente, un consejo bienintencionado de un hermano a su hermana en un momento difícil”, aclara.

La carta de amor definitiva

La media hora más dura de mi vida: siguiendo el féretro de Diana, flanqueado por sus hijos, camino de su funeral. Atravesamos un túnel de dolor indescriptible, afirma Charles Spencer.

"La media hora más dura de mi vida: siguiendo el féretro de Diana, flanqueado por sus hijos, camino de su funeral. Atravesamos un túnel de dolor indescriptible", afirma Charles Spencer. Dave M. Benett a través de Getty Images

Este libro es la carta de amor definitiva de Charles Spencer a su hermana. Aunque si hay una misiva memorable en la historia de los Windsor es la que el conde de Spencer le dedicó en su temprano funeral en la abadía de Westminster.

Aquí, un extracto:

Diana era la esencia misma de la compasión, del deber, del estilo y de la belleza. En todo el mundo fue un símbolo de una humanidad desinteresada y una abanderada de los derechos de quienes estaban verdaderamente marginados. Demostró que no necesitaba ningún título real para seguir generando aquella magia tan particular que poseía.

Su mayor don era su intuición: sabía percibir qué era realmente importante en nuestras vidas y utilizó esa sensibilidad para acercarse a quienes sufrían, a las personas con sida y VIH, a quienes no tenían hogar, a los leprosos y a las víctimas de las minas terrestres.

Diana fue querida también por su vulnerabilidad y por su honestidad. A pesar de todo el estatus, el glamour y los aplausos, siguió siendo fiel a sí misma.

Y hoy, en su nombre, prometemos proteger a sus hijos, William y Harry, para que puedan vivir con libertad y no queden simplemente sumergidos en el deber y la tradición, sino que puedan crecer y desarrollarse plenamente.

Diana fue una mujer única, compleja, extraordinaria e irremplazable, cuya belleza, tanto interior como exterior, jamás se extinguirá de nuestras mentes.

El adiós a una hermana

En la abadía de Westminster, Charles con sus sobrinos entrando para asistir al funeral de su madre.

En la abadía de Westminster, Charles con sus sobrinos entrando para asistir al funeral de su madre. Jayne Fincher/Princess Diana Archive/Hulton Archive a través de Getty Images

Charles no despidió a una princesa: dijo adiós a su hermana, a su colega, a su Duch, como cariñosamente la llamaba. Y esa palabra, aparentemente pequeña, monosilábica, es la que mejor resume a la Diana que Charles Spencer ha recuperado en este libro.

Duch fue la niña que compartía habitación con él, la adolescente que se levantaba de su pupitre cuando se aburría, la joven que soñaba con enamorarse, casarse y tener hijos. La mujer que, incluso antes de convertirse en princesa, parecía tener una capacidad extraordinaria para acercarse a quienes necesitaban ayuda.

La que rompió el estigma mundial contra el sida en 1987 al estrechar la mano de un paciente enfermo sin usar guantes en la inauguración del primer pabellón de sida del Reino Unido.

Detrás de todo aquello seguía estando Diana, la de antes de Lady Di, la que Charles Spencer rescata al cumplirse 29 años de su trágica muerte en París a causa de un accidente de tráfico.

Valga este homenaje íntimo para que la princesa de Gales sea vista, por fin, sólo como Diana.