Una ilustración que muestra al buque Ursa Major e indica con una 'X' el lugar entre la costa española y africana donde se hundió.

Una ilustración que muestra al buque Ursa Major e indica con una 'X' el lugar entre la costa española y africana donde se hundió. Arte E. E.

Reportajes

Lo que el Gobierno ocultó del buque ruso hundido en Murcia: llevaba piezas de un reactor nuclear y nadie lo inspeccionó

El capitán cambió su declaración inicial de "tapas de pozo" por componentes similares a los de submarinos atómicos; España, a pesar de no comprobar la carga, insiste en que "no hay mercancía peligrosa".

Más información: Miras pide a la ministra Robles que "aclare" si el buque ruso que se hundió frente a Cartagena llevaba dos reactores nucleares

Publicada

Primero, era chatarra. Luego, tapas de pozo. Después, componentes de reactores nucleares similares a los de un submarino.

Entre esas tres versiones cabe un carguero ruso de 142 metros de eslora llamado Ursa Major, dos marineros muertos, un buque de guerra apareciendo en mitad de la noche, un pecio a 2.500 metros de profundidad y una afirmación del Gobierno socialista que, a la vista de los documentos, ha dejado de sostenerse: "Sin mercancía peligrosa".

No fue una frase deslizada al vuelo en el ruido de una rueda de prensa. El Ejecutivo la fijó por escrito y la repitió en sede parlamentaria.

El buque Ursa Major, poco antes de su hundimiento.

El buque Ursa Major, poco antes de su hundimiento. Redes sociales

El 19 de febrero de 2026, ante la Comisión Mixta de Seguridad Nacional, la secretaria de Estado de Defensa, Amparo Valcarce, reconstruyó el rescate del buque ruso como si hablara de un naufragio incómodo pero manejable y, en mitad de su relato tranquilizador de lo ocurrido, insertó esa etiqueta decisiva que trivializaba el episodio.

Cuatro días después, el 23 de febrero, el Gobierno registró en el Congreso una respuesta escrita a la pregunta formulada por varios diputados del PP —Agustín Conde, Rafael Hernando, Carlos Rojas y Juan Antonio Rojas Manrique— y mantuvo la misma fórmula.

Cuando SASEMAR recibió la alerta, a las 12.53 del 23 de diciembre de 2024, el Ursa Major era oficialmente eso, un buque de carga general ruso, escorado frente a 60 millas de Cartagena, pero "sin mercancía peligrosa a bordo".

El problema es que, en esa misma respuesta parlamentaria, aparece una grieta.

El capitán del Ursa Major declaró primero que llevaba 129 contenedores, dos grúas Liebherr, dos pinzas y dos "tapas de pozo".

Ilustración con las zonas 'sensibles del barco ruso' sobre una fotografía del Ursa Mayor, tomada por la Fuerza Aérea Portuguesa, al paso por sus aguas territoriales.

Ilustración con las zonas 'sensibles del barco ruso' sobre una fotografía del Ursa Mayor, tomada por la Fuerza Aérea Portuguesa, al paso por sus aguas territoriales.

Al día siguiente, ante la insistencia del capitán marítimo de Cartagena, terminó admitiendo que aquellas supuestas tapas eran "componentes de dos reactores nucleares similares a los utilizados por submarinos".

El Gobierno añadió además un matiz decisivo: según el capitán, no llevaban combustible nuclear. Y remató con una frase que convierte la tranquilidad oficial en un problema: "No se pudo realizar una comprobación exhaustiva de la carga del buque".

La contradicción es obvia: ¿cómo es posible afirmar que un buque no llevaba mercancía peligrosa si el propio documento admite que su capitán cambió la versión de la carga, habló de componentes de reactores nucleares similares a los usados por submarinos y nadie pudo comprobar exhaustivamente qué transportaba antes de que el barco desapareciera?

El pasado jueves 14 de mayo, el presidente de la Región de Murcia, Fernando López Miras, se dirigió por carta a la ministra de Defensa, Margarita Robles, para reclamar más información oficial sobre el hundimiento.

Solicitó asimismo conocer qué actuaciones realizó el Gobierno desde el naufragio y exigió una inspección técnica del pecio para descartar la presencia de material o componentes nucleares.

El caso ha saltado nuevamente a la palestra esta semana, casi año y medio después del naufragio, a raíz de un reportaje publicado por la CNN.

La pieza reempaqueta como investigación internacional lo que, en esencia, es un refrito con unas pocas contribuciones propias de un magnífico trabajo previo de investigación que un periodista de La Verdad de Murcia, Gregorio Mármol, publicó a finales de 2024.

Sabemos, en primer lugar, que en el Ursa Major viajaban 16 tripulantes. Y que España movilizó el Helimer 205, el Clara Campoamor y la Salvamar Draco para auxiliar al buque.

Un mercante noruego que navegaba cerca, el Oslo Carrier III, rescató a 14 hombres; dos quedaron desaparecidos.

Los tripulantes hablaron de una explosión en la cámara de máquinas.

El patrullero Serviola llegó a las 19.27 y, a las 20.07, apareció el Ivan Gren, un buque de guerra ruso, que asumió las tareas de salvamento y pidió a los barcos españoles mantenerse a dos millas náuticas.

A las 21.50, el buque ruso lanzó pirotecnia con paracaídas. A las 21.55, se apagó la iluminación del Ursa Major. Y a las 23.20, el carguero estaba ya hundido a unas 62 millas de la costa española y 39 de la argelina.

El Ivan Gren no era, además, el único buque de guerra ruso en la zona. En los días previos, Portugal había seguido al Ursa Major integrado en una agrupación en la que figuraban también el Aleksandr Otrakovsky y otros navíos de apoyo.

Es decir: el carguero no cruzaba el Atlántico y el Mediterráneo como un mercante aislado, sino dentro de un movimiento naval ruso observado oficialmente por un país de la OTAN.

Esa misma documentación admite que un rescatador español del Helimer entró en el buque para buscar a los dos desaparecidos, no para revisar el cargamento.

Lo que luego se reveló y el gobierno español ha banalizado fue algo mucho más preciso que esa vaga "carga nuclear".

Mapa publicado por ItaMilRadar el 15 de enero de 2025 que sitúa al buque ruso Yantar en el área del pecio del Ursa Major, frente a Cartagena y la costa argelina. El rastro AIS alimentó la sospecha de que Moscú envió un activo de operaciones submarinas profundas para revisar el lugar del hundimiento.

Mapa publicado por ItaMilRadar el 15 de enero de 2025 que sitúa al buque ruso Yantar en el área del pecio del Ursa Major, frente a Cartagena y la costa argelina. El rastro AIS alimentó la sospecha de que Moscú envió un activo de operaciones submarinas profundas para revisar el lugar del hundimiento. ItaMilRadar

Basándose en declaraciones del capitán del buque ante Capitanía Marítima, en el informe general 8059/24-Escora de 26 de diciembre de 2024, en imágenes aéreas tomadas durante el rescate y en los reportes operativos de Salvamento Marítimo, la investigación de La Verdad apuntaba a que las supuestas "tapas de pozo" declaradas inicialmente por el Ursa Major eran en realidad cubiertas de reactores nucleares VM-4SG.

¿Por qué esa sigla cambia la escala del naufragio? Porque el VM-4SG es un reactor nuclear naval ruso de agua a presión, asociado a los submarinos estratégicos Proyecto 667BDRM Delfin, conocidos por la OTAN como Delta IV.

Son submarinos diseñados para patrullar durante meses con misiles balísticos intercontinentales bajo el hielo y en el Atlántico Norte. Cada uno lleva dos reactores de ese tipo.

Uno de esos submarinos es el K-114 Tula. La imagen importa porque permite aterrizar lo que de otro modo queda perdido entre siglas militares: no hablamos de una caja cualquiera, sino de tecnología pensada para alimentar la propulsión nuclear de un submarino estratégico ruso.

Y si las piezas del Ursa Major eran cubiertas o componentes asociados a reactores VM-4SG, el cargamento ya no se puede leer como un repuesto industrial ordinario.

El submarino nuclear ruso K-114 Tula, fotografiado en su base de la Flota del Norte en Múrmansk en 2012. Distintas fuentes abiertas especializadas en defensa han vinculado el reactor naval VM-4SG —mencionado en la investigación sobre el Ursa Major— con submarinos de esta familia.

El submarino nuclear ruso K-114 Tula, fotografiado en su base de la Flota del Norte en Múrmansk en 2012. Distintas fuentes abiertas especializadas en defensa han vinculado el reactor naval VM-4SG —mencionado en la investigación sobre el Ursa Major— con submarinos de esta familia. Ministerio de Defensa de Rusia / The War Zone

Una cubierta de reactor, una carcasa, una vasija o una conducción del circuito de refrigeración no son el combustible nuclear. No son el uranio ni tampoco una bomba.

Pero forman parte de la arquitectura física que permite que un reactor naval funcione: contener presión, aislar el núcleo, conducir el refrigerante, generar vapor y transferir energía a la planta propulsora.

Se trata, por expresarlo con una analogía, de la ferretería crítica del corazón nuclear ruso.

Esa distinción es la clave para entender qué riesgo real pudo quedar en el fondo del Mediterráneo. Si eran piezas nuevas, el problema sería sobre todo estratégico: tecnología nuclear naval rusa fuera de los circuitos ordinarios de control.

Claro que si eran piezas usadas, reparadas, retiradas o procedentes de reactores ya activados, podrían contener metal irradiado, contaminación residual o restos adheridos del circuito primario.

Sería material que exige trazabilidad, control radiológico y una comprobación técnica que España admite no haber hecho.

Por eso la pregunta no es si en el fondo del Mediterráneo hay "dos reactores nucleares".

La pregunta prioritaria ahora es mucho más precisa, y más incómoda: qué partes concretas de un sistema nuclear naval ruso acabaron a 2.500 metros frente a Cartagena, si eran nuevas o usadas, y con qué fundamento pudo el Gobierno descartar riesgo sin haber inspeccionado físicamente la carga.

La investigación añadía además otros elementos extraordinarios. El capitán describió un agujero en el casco con los bordes doblados hacia dentro, como si la chapa hubiese sido perforada desde el exterior y los sismógrafos del Instituto Geográfico Nacional registraron tres explosiones en la zona.

Unas tres semanas después del hundimiento, llegó desde un fondeadero argelino al lugar del pecio un buque oceanográfico ruso.

Oficialmente, el Yantar es un barco de investigación marina.

Extraoficialmente, los servicios occidentales llevan años siguiéndolo por su capacidad para operar submarinos de profundidad, manipular infraestructuras submarinas y trabajar sobre cables o pecios a miles de metros bajo el agua.

Su presencia allí alimentó la sospecha de que Moscú intentaba comprobar, recuperar o borrar algo sensible en el fondo del Mediterráneo.

Las investigaciones periodísticas paralelas también apuntaban a un posible destino norcoreano. Esa misma línea fue retomada después por CNN, que citó a una fuente próxima a la investigación española según la cual el capitán creía que el barco sería desviado al puerto de Rason, en Corea del Norte.

Ese extremo sigue sin aparecer en ningún documento oficial español conocido que se haya hecho público hasta la fecha. Pero tampoco ha sido desmentido por el Kremlin. Peskov se limitó a decir que no había visto esa información y evitó comentarla.

Por otro lado, el Ursa Major tampoco era el carguero anodino que sugería el Ejecutivo. En la respuesta escrita al Congreso, el Gobierno lo presenta como un "buque de carga general de bandera rusa".

La descripción es técnicamente correcta, pero periodísticamente insuficiente.

Porque lo que se ha podido reconstruir a partir de registros de sanciones, fichas marítimas, documentos corporativos rusos y hemeroteca especializada dibuja algo diferente: un activo pesado de la logística estatal rusa, integrado en el ecosistema de Oboronlogistics, una estructura vinculada al Ministerio de Defensa de Moscú.

La ficha ucraniana de sanciones identifica al Ursa Major, IMO 9538892, como buque utilizado para "transporte de carga militar", incluida logística rusa hacia Siria, y sitúa la propiedad en SK-South, filial de Oboronlogistics.

La documentación de OFAC también lo recoge como Sparta III / Ursa Major, buque bloqueado por su vinculación con esa red logística rusa. No hablamos, por tanto, de un mercante cualquiera que pasaba frente a Cartagena con dos grúas y unos contenedores vacíos.

Hablamos de un barco ya señalado antes del naufragio por su papel en la retaguardia material del aparato militar ruso.

O en otras palabras, un barco de carga general insertado en una red sancionada de transporte militar ruso. Esa segunda capa desaparece casi por completo de la explicación oficial.

Hay otro dato que encaja con la zona más sensible del caso.

El mismo casco, bajo el nombre Sparta III / Ursa Major, ya había aparecido en 2023 en una operación de transporte de equipamiento para la central nuclear de Rooppur, en Bangladesh, bloqueada por sanciones estadounidenses y seguida por Lloyd’s List y prensa portuaria asiática.

No prueba que en diciembre de 2024 llevara componentes de reactores navales. Pero sí que demuestra que el barco y su operador ya estaban familiarizados con cargas nucleares civiles, sanciones y rutas sensibles.

A sembrar aún más dudas sobre la carga contribuye una pieza documental rusa hallada por EL ESPAÑOL.

Semanas antes del último viaje del Ursa Major, Oboronlogistics y su filial OBL-Shipping anunciaban la obtención o refuerzo de licencias de Rostekhnadzor para transportar sustancias radiactivas en buques, dentro de una estrategia empresarial orientada al mercado de materiales nucleares y peligrosos.

Comunicado de Oboronlogistics del 27 de diciembre de 2024 sobre el hundimiento del Ursa Major. La naviera rusa atribuyó el siniestro a un “ataque terrorista selectivo” y afirmó que la tripulación escuchó tres explosiones consecutivas en el costado de estribor, en la zona de popa.

Comunicado de Oboronlogistics del 27 de diciembre de 2024 sobre el hundimiento del Ursa Major. La naviera rusa atribuyó el siniestro a un “ataque terrorista selectivo” y afirmó que la tripulación escuchó tres explosiones consecutivas en el costado de estribor, en la zona de popa. Oboronlogistics

Finalmente, la ruta también plantea preguntas difíciles de encajar con la versión más inocua del cargamento.

El Ursa Major había zarpado de San Petersburgo el 11 de diciembre de 2024 y navegaba oficialmente hacia Vladivostok, en el extremo oriental ruso, una travesía de más de 15.000 kilómetros que obliga a atravesar el Mediterráneo, el canal de Suez y buena parte del Índico antes de alcanzar el Pacífico.

Eso es un hecho documentado en registros marítimos, AIS y en la propia comparecencia parlamentaria española.

El problema no es el destino. El problema es la lógica del viaje. O mejor aún, la ausencia de lógica.

¿Por qué un buque vinculado a la logística estratégica rusa debía cruzar medio planeta para transportar contenedores supuestamente vacíos y piezas industriales genéricas que podrían desplazarse por ferrocarril dentro del territorio ruso o mediante rutas mucho más cortas y baratas?

Respondiendo a esa cuestión, aparece la hipótesis de un posible destino final distinto del oficialmente declarado: la mencionada hipótesis del puerto norcoreano de Rason, cerca de la frontera rusa y conectado por vía ferroviaria con Jasán y Vladivostok.

Claro que aquí conviene separar cuidadosamente hechos, conjeturas y lagunas.

Hecho: Vladivostok figura como destino oficial del Ursa Major.

Hecho: Rusia y Corea del Norte intensificaron desde 2024 sus acuerdos militares y tecnológicos, incluidos compromisos de cooperación estratégica firmados por Vladímir Putin y Kim Jong-un.

Hecho: Rason es uno de los pocos puntos norcoreanos conectados logísticamente con Rusia y utilizados históricamente para intercambios sensibles.

Hipótesis: el cargamento podía acabar desviado hacia Corea del Norte y las grúas Liebherr tendrían sentido para descargar componentes pesados en infraestructuras portuarias limitadas.

CNN añadió un elemento propio a esa cadena de indicios: el interés aéreo estadounidense sobre la zona.

Según su reconstrucción, dos aviones WC-135R Constant Phoenix, aeronaves de la Fuerza Aérea de EEUU utilizadas para detectar partículas radiactivas en la atmósfera, sobrevolaron el área del hundimiento en dos ocasiones posteriores al naufragio.

El medio cita en su reportaje a un portavoz de la base de Offutt, en Nebraska, que confirmó la función habitual de esos aparatos: apoyar la recogida y análisis de restos nucleares.

Ni Moscú ni Oboronlogistics han ofrecido hasta hoy una explicación alternativa convincente sobre la naturaleza exacta de la carga, la lógica económica de la ruta o la presencia de supuestos componentes de reactores navales en un mercante que oficialmente no transportaba mercancía peligrosa.

Ahí es donde el viaje del Ursa Major deja de parecer un simple trayecto comercial y empieza a parecer una operación logística opaca en mitad de una nueva geografía de sanciones, guerra tecnológica y proliferación estratégica.

Las imágenes tomadas durante el rescate tampoco encajan del todo con la idea de un mercante convencional transportando carga industrial rutinaria.

Cuando los primeros medios españoles llegaron junto al Ursa Major, el barco ya presentaba una escora severa hacia estribor. Pero mientras el rescate avanzaba, las cámaras comenzaron a registrar otros detalles que después adquirirían importancia.

En la cubierta de popa podían verse dos grandes estructuras azules que no terminaban de encajar con la descripción inicial facilitada por el capitán.

No parecían simples contenedores convencionales. Tampoco piezas menores fácilmente transportables por carretera o ferrocarril.

Su tamaño y posición sobre cubierta llamaron lo suficiente la atención como para que Capitanía Marítima insistiera varias veces en aclarar exactamente qué eran aquellas supuestas "tapas de pozo".

Esquema simplificado de un reactor naval ruso de tipo VM-4SG, el modelo citado en la investigación sobre el Ursa Major. La ilustración distingue entre la estructura metálica del reactor —vasija, cubiertas, barras y circuitos de refrigeración— y el combustible nuclear, que, según la declaración atribuida al capitán del buque, no iba a bordo.

Esquema simplificado de un reactor naval ruso de tipo VM-4SG, el modelo citado en la investigación sobre el Ursa Major. La ilustración distingue entre la estructura metálica del reactor —vasija, cubiertas, barras y circuitos de refrigeración— y el combustible nuclear, que, según la declaración atribuida al capitán del buque, no iba a bordo.

Las fotos públicas del Ursa Major no resuelven el enigma de la carga, pero ayudan a entender por qué la pregunta existe.

El buque no era un carguero cerrado de bodega invisible: era un heavy-lift de cubierta abierta, con la superestructura adelantada, dos grúas pesadas a babor y espacio suficiente para transportar piezas voluminosas sobre cubierta.

Y la única comprobación visual completa que habría permitido distinguir entre 'tapas de pozo', piezas de rompehielos o componentes reactorales nunca llegó a hacerse.

Esas dudas ayudan también a entender la reacción posterior rusa y que el Kremlin enviara a la zona del pecio al Yantar.

Y sin embargo, incluso aceptando la hipótesis más prudente posible —que el Ursa Major no transportaba combustible nuclear y que el hundimiento fue un accidente—, la gran pregunta española sigue intacta.

Respuesta española

De entrada, el Gobierno sostiene que acceder al Ursa Major para responderla exigiría "grandes medios técnicos y riesgos significativos". Eso es indudable.

El Ursa Major yace a unos 2.500 metros de profundidad, en una zona donde cualquier comprobación exige medios oceanográficos especializados: un buque nodriza, vehículos submarinos operados por control remoto o autónomos, cámaras de alta resolución, sonar, brazos manipuladores y, si se busca riesgo radiológico, sensores capaces de medir contaminación o radiación en el entorno del pecio.

No se trata de mandar a un buzo, sino de organizar una operación técnica de aguas profundas para ver qué queda allí abajo, localizar la carga y, si procede, medir sedimentos, agua y superficies próximas al cargamento.

La respuesta del Gobierno a los diputados del PP.

La respuesta del Gobierno a los diputados del PP.

Y no parece que el Ejecutivo esté por la labor de atender la petición del presidente murciano. ¿Por qué un Gobierno preferiría que una historia así quedara reducida a un expediente marítimo?

La respuesta más prudente aconseja mirar los incentivos.

El primero es diplomático. Si el Ursa Major llevaba realmente componentes de reactores navales rusos y si la ruta apuntaba, como sostienen las investigaciones periodísticas, al entorno norcoreano, España se habría encontrado de pronto en medio de un episodio de proliferación nuclear entre Moscú y Pyongyang, en plena guerra de Ucrania y con un buque ruso hundido frente a Cartagena.

Convertir aquello en una crisis pública habría obligado a Exteriores, Defensa, Inteligencia, la UE, la OTAN y posiblemente Washington a pronunciarse sobre un caso que ninguna capital parecía tener interés en airear.

El segundo incentivo es técnico. Admitir que podía haber componentes nucleares en el fondo del Mediterráneo habría abierto una cadena de preguntas incómodas: si hubo evaluación radiológica, si se informó al Consejo de Seguridad Nuclear, si se tomó alguna muestra, si se pidió ayuda aliada, si se contempló inspeccionar el pecio y por qué se descartó.

La respuesta "sin mercancía peligrosa" cerraba esa puerta. La expresión "componentes de reactores nucleares" y las filtraciones periodísticas han vuelto a abrir ese melón.

El tercero es jurídico. El Gobierno sostiene que una inspección exhaustiva de la carga habría podido contravenir el Derecho del Mar al encontrarse el buque en alta mar y bajo bandera rusa.

Pero esa explicación, aunque pueda tener base legal, no resuelve el problema político: España coordinó el rescate, recibió a los supervivientes, interrogó al capitán, documentó una carga potencialmente sensible y acabó admitiendo que no pudo verificarla.

El límite jurídico existía. La pregunta es si se usó también como coartada administrativa para no hacer más preguntas.

El cuarto incentivo es de seguridad. Si realmente hubo sabotaje, ataque o una operación encubierta de terceros contra el buque, España habría estado ante un episodio de guerra submarina en una zona de responsabilidad de salvamento española.

Decirlo en voz alta habría exigido una posición. Callarlo, o reducirlo a accidente marítimo, evitaba señalar a nadie.

Y lo cierto es que la hipótesis del sabotaje apareció muy pronto. Primero en Moscú. Después, de forma más difusa, en ámbitos marítimos y de inteligencia que siguieron el caso desde España.

Las autoridades rusas hablaron desde el principio de un "acto terrorista" pero sin apuntar a nadie con el dedo.

A partir de ahí comenzaron las especulaciones sobre minas, cargas adheridas al casco, torpedos o armas supercavitantes.

Algunas versiones apuntaban hacia Ucrania. Otras, hacia servicios occidentales o unidades de la OTAN interesadas en impedir una transferencia tecnológica sensible.

Ninguna de esas hipótesis ha sido demostrada. Y probablemente ahí convenga detenerse de momento.

Lo único acreditado hasta la fecha es que, a 2.500 metros de profundidad, frente a Cartagena, descansa hoy un pecio ruso rodeado todavía de preguntas elementales.