El arzobispo Jorge Bergoglio y futuro Papa Francisco (c), en la famosa foto del metro de Buenos Aires, acompañado por su secretario, Federico Wals (d).

El arzobispo Jorge Bergoglio y futuro Papa Francisco (c), en la famosa foto del metro de Buenos Aires, acompañado por su secretario, Federico Wals (d). Cedida

Reportajes ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL PAPA FRANCISCO

El secretario del papa Francisco, al año de su muerte: "León XIV sucede a un Maradona, este año explotará todo su potencial"

Federico Wals fue la mano derecha de Bergoglio durante seis años: "Estuve con él por última vez unos meses antes de su muerte, sentí que era la última vez que nos veríamos. Cuando volví a Roma en febrero solo pude ir a su funeral".

Más información: El papa León XIV viajará a España del 6 al 12 de junio.

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Cuando a Federico Wals (Córdoba, Argentina, 1980) le contacta EL ESPAÑOL para cerrar una entrevista, este responde con un emoticono afirmativo del papa Francisco con el pulgar arriba.

Tiene la voz suave, alegre, y durante la conversación invita al periodista a visitar su casa en el país del tango y el mate.

Es una de las primeras veces que ambos hablan. La primera sobre algo tan profundo como el primer aniversario de la muerte de Jorge Bergoglio, que se produce este martes.

El Papa Francisco, en una imagen de archivo

El Papa Francisco, en una imagen de archivo

La humildad de Wals tiene mucho que ver con quién es y quién fue. Porque cuando afirma que conoció al pontífice, no exagera.

Este experto en comunicación política y relaciones internacionales fue su secretario entre 2007 y 2013, cuando el Papa porteño todavía era cardenal primado y arzobispo de Buenos Aires.

El que fuera su ayudante en el arzobispado no solo le asistió durante seis años, sino que se convirtió en su mano derecha y en un amigo que conservó hasta el final de sus días.

La muerte del pontífice sorprendió a Federico Wals después de una visita que tenía previsto hacerle y que, dada la delicada salud que mostró en sus últimas semanas de vida, no pudo producirse.

Poco después, Federico Wals volvió a Roma para asistir a su funeral.

Pero él habla de esta triste anécdota, como también de lo bueno y lo malo, con la confianza del que tiene claro que todo pasa por algo.

Ahora, el otro protagonista de la foto del metro de Buenos Aires, en la que aparece de perfil a la espalda del todavía cardenal Bergoglio, mira al presente.

Federico Wals (i), saliendo del metro junto a Jorge Bergoglio (d) y el obispo auxiliar de Buenos Aires, Eduardo García.

Federico Wals (i), saliendo del metro junto a Jorge Bergoglio (d) y el obispo auxiliar de Buenos Aires, Eduardo García. Cedida

Identifica en el papa León XIV un continuismo respecto al pontificado de Francisco, en ciertos aspectos.

Pero reconoce que "ponerse la sotana después de Bergoglio es como jugar al fútbol y tomar el testigo de Messi o Maradona".

PREGUNTA.– ¿Cómo valora el primer año de pontificado de León XIV? ¿Está siendo continuista respecto a Francisco?

RESPUESTA.– Hay una continuidad clara, aunque cada Papa es una versión distinta, con su personalidad y su plus propio.

León es un Papa latinoamericano, peruano, que al salir al balcón saludó a su diócesis de Chiclayo y se reconoció como tal.

Al mismo tiempo, su formación en Estados Unidos, en Chicago, le da una impronta más formal que la de un porteño [vecino de Buenos Aires] descontracturado, relajado y espontáneo como Francisco.

Se lo ha visto cercano, firmando una Biblia a una niña en la Secretaría de Estado, poniéndose una gorra de béisbol, firmando una pelota, con conocimiento de redes sociales y de lo que significa la comunicación hoy.

Federico Wals visita al Papa Francisco en el Vaticano.

Federico Wals visita al Papa Francisco en el Vaticano. Cedida

P.– ¿En qué rasgos ve esa continuidad con Francisco?

R.– En que también es un Papa de profunda oración, con experiencia en la Congregación para los Obispos y en la Comisión para América Latina, con una mirada latinoamericana y preocupación por la política, la paz, la educación y la familia.

Comparte la idea de una Iglesia cercana, que escucha, que camina con la gente, y ha reforzado líneas como la sinodalidad y la fraternidad, muy presentes ya en el pontificado de Francisco.

Dicho eso, todavía no hemos visto todo el potencial de León.

Usando una metáfora futbolística, está en la fase de adaptación al equipo, a la cancha, al puesto; el verdadero León se verá a medida que haga sus propios nombramientos y tome decisiones más estructurales.

P.– Debe de ser muy difícil ponerse la sotana blanca después de Bergoglio.

R.– No debe ser nada fácil. Es como ponerse la camiseta de un club grande después de un Messi o un Maradona: inevitablemente habrá comparaciones, gente que dirá "con Francisco esto no pasaba", y una presión enorme desde afuera.

En la Iglesia, como en el fútbol, hay muchos "directores técnicos" de tribuna que opinan y gritan, pero el que está en la cancha es el que toma las decisiones, es el Papa.

Recuerdo en una ocasión en 2009 en la que íbamos caminando por calle cuando él aún era arzobispo de Buenos Aires, y una mujer se nos acercó llorando.

Como yo siempre iba de negro, se refirió a mí pensando que era cura, y me dijo: "Padre, bautice a mis hijos".

Era una mujer muy pobre que vivía en una casa de chapa, en condiciones infrahumanas, y tenía varios hijos de distintos padres.

Bergoglio le preguntó que por qué no acudía al sacerdote de una iglesia que había cerca de donde vivía, y ella nos dijo: "Me trata de prostituta".

Entonces, Bergoglio los bautizó. Pero a él le preocupaba el hecho de que un sacerdote no bautizara a los hijos por la conducta de su madre.

"¿Quién es Dios, entonces? ¿Nos juzga por nuestros padres? ¿Por qué jugamos a ser Dios? ¿Qué mayor acto de amor de una madre que pedir para sus hijos?", dijo después, como enojado.

El papa Francisco en una imagen del pasado mes de octubre.

El papa Francisco en una imagen del pasado mes de octubre. Europa Press

P.– ¿Cuáles de los cambios que emprendió Francisco le parecen irreversibles?

R.– Creo que el modelo de Francisco es muy difícil de revertir. Su insistencia en una Iglesia pobre para los pobres, que sale a las periferias, que escucha, que se presenta como "hospital de campaña", que dice "¿quién soy yo para juzgar?", ha cambiado la percepción y las expectativas dentro y fuera de la Iglesia.

Inició procesos como la reforma económica, la lucha contra los abusos, la sinodalidad, la escucha de temas espinosos, como los divorciados vueltos a casar, la pastoral LGTB, el papel de la mujer...

Y, aunque no pudo llevar todo lo que hubiera querido a término, sembró semillas que seguirán dando fruto con León y con quienes vengan después.

P.– Uno de los puntos más debatidos tanto del pontificado de Francisco como del actual de León XIV son, por un lado, la actitud de ciertos sectores de la Iglesia ante las peticiones de apertura hacia el colectivo LGTBI, y por otro, la ordenación de las mujeres para que puedan ser sacerdotes. Durante el papado de Robert Prevost, ¿considera que se pueden producirse cambios en alguno de estos campos?

R.– Entre estos dos grandes temas que se suelen poner encima de la mesa, yo creo que el camino más avanzado y con mayor desarrollo posible es el segundo.

Hoy ya existe en muchas diócesis una pastoral específica para personas LGTBI, aunque no siempre se la conoce ni se comunica bien.

Hay un profundo desconocimiento: una persona homosexual puede entrar a la Iglesia, participar de grupos de oración, leer lecturas, comprometerse en muchas tareas...

A menudo, lo que piden no es tanto que la Iglesia los case como poder confesarse con un sacerdote que no los juzgue.

El Papa León XIV, tras la fumata blanca.

El Papa León XIV, tras la fumata blanca. Reuters

P.– ¿Ve posible la aprobación de matrimonios entre personas del mismo sexo en la Iglesia católica en un futuro cercano?

R.– Hoy no es posible y, si alguna vez llega a serlo, será en un horizonte que quizá ni siquiera nosotros veamos.

Antes de hablar de matrimonio, hay que recorrer otros pasos: una pastoral de acogida, escucha y acompañamiento, una catequesis seria sobre lo que la Iglesia enseña, un trabajo paciente con comunidades que muchas veces han sido heridas.

No es lo mismo, por ejemplo, una pareja homosexual que lleva 30 o 40 años unida que alguien que ha tenido seis parejas en un año.

Hay elementos que obligan a distinguir situaciones, como ya ocurre con los divorciados vueltos a casar.

P.– ¿Qué le hace pensar que León XIV profundizará más en la acogida que en los cambios estructurales inmediatos?

R.– Por la lógica del Evangelio y por los gestos que ya ha tenido, como recibir al jesuita James Martin [referente en la pastoral LGTB en Estados Unidos], y por la propia línea con Francisco.

Hay sectores conservadores que presentan cualquier apertura pastoral como una aceptación doctrinal de la homosexualidad, y creo que ahí la Iglesia tiene que ser firme en clarificar, pero siempre partiendo de la escena del buen samaritano: primero levantar al herido, curar sus heridas, acompañarlo, y después hablar.

La mejor postal sigue siendo la del padre misericordioso de la parábola del hijo pródigo, ese Dios que sale a esperar al que vuelve; León, como Francisco, irá por ahí: acoger, escuchar, acompañar.

El papa León XIV en la catedral de Bamenda, en Camerún.

El papa León XIV en la catedral de Bamenda, en Camerún. Guglielmo Mangiapane Reuters

P.– En cuanto a las mujeres y el acceso al ministerio ordenado, ¿ve alguna posibilidad de que se produzcan cambios?

R.– Personalmente no veo en el corto plazo la ordenación de mujeres como sacerdotes.

Eso no significa que no haya todavía mucho camino por recorrer en la participación de las mujeres en ámbitos de decisión, en responsabilidades pastorales, en el reconocimiento efectivo de su papel en la Iglesia...

Pero si hay que hablar de dónde habrá más desarrollo en los próximos años, me inclino por pensar que será en la pastoral con personas homosexuales y en la sinodalidad más que en un cambio inmediato sobre el sacerdocio femenino.

P.– ¿Cree que Francisco querría haber cambiado más las cosas dentro de la Iglesia, pero la presencia e influencia de sectores más conservadores se lo impidió?

R.– Sí, creo que sí. Hizo un montón, hizo mucho, llevó adelante muchísimos cambios. Pero creo que si le pudieras preguntar, te diría que sí.

La fe junto a Bergoglio

Lo más sorprendente de la carrera de Federico Wals es que no proviene de un entorno eclesiástico, aunque siempre se consideró creyente.

Y a pesar de los estrechos lazos que mantuvo con Francisco durante su pontificado, tampoco ocupó ningún puesto formal en la estructura del Vaticano.

Él es politólogo especializado en Relaciones Internacionales y experto en comunicación, y trabaja en una compañía especializada en estrategias de comunicación y marketing tanto para el sector público como para el privado.

El experto en comunicación y antiguo secretario del Papa Francisco, Federico Wals.

El experto en comunicación y antiguo secretario del Papa Francisco, Federico Wals. Cedida

Un camino que inició, paradójicamente, de la mano de Bergoglio.

"Cuando entré a trabajar con él, en un puesto que se suponía temporal como secretario de prensa, fue el propio Bergoglio quien me impulsó a hacer una maestría en Comunicación en la Universidad Austral", explica.

P.– ¿Cómo y por qué empezó a trabajar con Jorge Mario Bergoglio?

R.– Entré a trabajar con Bergoglio el 1 de marzo de 2007 como secretario de prensa del Arzobispado de Buenos Aires.

Recuerdo tan bien la fecha porque unos meses antes, en noviembre de 2006, me había quedado sin trabajo y mi mujer y yo estábamos esperando a nuestra primera hija, que nacería en abril de 2007.

En ese contexto de preocupación económica, en pleno verano porteño, un niño se me acercó en el tren y me entregó una estampa diminuta de San Cayetano, patrono del pan y del trabajo en Argentina, un santo al que yo apenas conocía.

Mi mujer, mucho más formada en la Iglesia que yo, leyó aquello como una señal, rezó una novena y, pocos días después, un sacerdote al que yo había pedido ayuda meses atrás me llamó porque necesitaba alguien para cubrir de urgencia la oficina de prensa del arzobispado.

Una imagen del espectáculo en homenaje al Papa Francisco que se celebró este fin de semana en el Obelisco de Buenos Aires (Argentina).

Una imagen del espectáculo en homenaje al Papa Francisco que se celebró este fin de semana en el Obelisco de Buenos Aires (Argentina). EFE/Juan Ignacio Roncoroni

P.– ¿Cómo fue su primer encuentro con el entonces arzobispo y cardenal?

R.– No lo conocí inmediatamente, sino unas dos semanas después de empezar en el arzobispado.

Fue un Jueves Santo, preparando la misa del lavatorio de pies en un neuropsiquiátrico del barrio de Barracas.

Yo estaba contando los pies, porque en lugar de 12 personas había 16 que querían participar, en ese momento escuché una voz detrás de mí que decía: "Así que tú eres el que vende las buenas noticias de la Iglesia".

Me di vuelta y era él, con la mano derecha extendida, presentándose: "Mucho gusto, soy el padre Jorge".

Yo me sorprendí, y empecé a llamarlo "cardenal, eminencia, monseñor..." Le tiré los títulos. Y él se rió y me dijo "ya empezamos mal".

Ya me habían dicho que me refiriera a él como padre Jorge, pero ponte en mi lugar, yo, con 26 o 27 años y sabiendo que delante tenía al arzobispo de Buenos Aires, cardenal primado y presidente del episcopado argentino.

Así que le contesté: "Sí, padre". Y él me dijo: "Ahora sí, Federico. ¿Cómo estás? ¿Todo bien en la oficina?".

P.– A partir de ese momento, ¿cómo fue su relación cotidiana con él?

R.– La relación era muy cercana, de trato diario, aunque siempre marcada por el respeto a su rol y una enorme discreción.

Él se interesaba por la marcha de la oficina, por mi familia, por la salud de mi mujer y de mis hijos, y al mismo tiempo era un jefe exigente, que pensaba cada gesto y seguía de cerca lo que se publicaba.

Con el tiempo, la relación se fue ampliando: no era sólo la del arzobispo con su secretario de prensa, sino también la de un pastor que se involucraba en la vida de mi familia, que sabía quiénes éramos, cómo estábamos, qué necesitábamos.

El Papa Francisco recibe en el Vaticano a su antiguo secretario, Federico Wals, y a su familia.

El Papa Francisco recibe en el Vaticano a su antiguo secretario, Federico Wals, y a su familia. Cedida

P.– ¿En el resto del equipo del Arzobispado de Buenos Aires se comentaba abiertamente la posibilidad de que saliera Papa cuando marchó al Cónclave?

R.– Sí, se comentaba, a veces en tono de broma, con el clásico: "¿Te imaginas si sale Papa?", pero también con una intuición seria de que era un gran candidato.

Los cardenales discutían modelos de Iglesia y la propuesta de Bergoglio sintonizaba con las preocupaciones de muchos: la centralidad del Evangelio, la salida a las periferias, la sencillez, la pobreza.

P.– ¿Y él era consciente de que había llegado su hora?

R.– Dos días antes de su viaje me pidió una serie de informes y, al despedirnos, me dijo: "Nos vemos a la vuelta". Yo le respondí, en tono medio en broma, medio en serio: "Padre, ¿vuelve?", y él me contestó: "Sí, claro que vuelvo, ¿por qué?".

Lo miré con cara de "no nos engañe, usted no vuelve" y, para quitar hierro, le dije: "Bueno, si vuelve traiga alfajores".

Él se rió y me dijo que me pusiera a trabajar, pero un sacerdote muy cercano que lo acompañó hasta el coche le dijo: "Jorge, tú sabes que no vuelve, sabes que te llegó tu momento"; Bergoglio no respondió, lo miró, se subió al coche y se fue.

Pienso que en el fondo de su corazón, en esa espiritualidad profunda que tenía, lo sabía.

Un sacerdote muy cercano me dijo alguna vez que Jorge no era 'el elegido' sino 'el ungido': no alguien simplemente seleccionado, sino alguien a quien Dios fue preparando, formando, moldeando para una misión.

Cuando se repasa su historia, se ve que su modelo eclesial en Buenos Aires fue, en buena medida, contracultural, muchas veces vivido en soledad y con resistencias.

Su elección como Papa le dio el lugar donde podía desplegar ese sueño de Iglesia por el que había rezado y trabajado desde joven.

P.– En Argentina, sin embargo, hubo sectores que no lo querían como Papa. ¿Cómo se vivió esa oposición?

R.– Fue un grupo aislado pero fuerte, con peso, sobre todo de una derecha eclesial muy marcada.

En Argentina se politiza todo y a Bergoglio se lo leyó muchas veces exclusivamente en clave política, sin entender su liderazgo espiritual.

Había sectores a los que les gustaban los títulos nobiliarios, las distinciones al cuello, estar primeros en las ceremonias...

Para ellos era un escándalo que el cardenal primado viajara en subte [metro] o colectivo [autobús], sin custodia ni auto oficial, que hiciera la compra él mismo, que no aceptara que le besaran la mano y que pidiera ser tratado de "padre".

El futuro Papa lava los pies de una mujer en un hospital de maternidad de Buenos Aires en 2005.

El futuro Papa lava los pies de una mujer en un hospital de maternidad de Buenos Aires en 2005. Tony Gomez Reuters

P.– ¿Y en el campo de lo político e ideológico?

R.– Se daba una paradoja muy clara: la izquierda argentina lo acusaba de haber sido colaboracionista durante la dictadura y la derecha lo tildaba de comunista.

A la derecha le escandalizaban gestos que para él eran expresión de Evangelio puro: caminar por las villas [los barrios populares], dar misa a prostitutas al aire libre, encontrarse con drogadictos, lavar los pies a presos o bautizar a los hijos de una mujer pobre que tenía siete hijos de cuatro padres distintos.

Para algunos sectores, que un cardenal se mezclara con ese mundo, que se dejara tocar, que rompiera protocolos, era inaceptable.

P.– ¿Los años con Bergoglio le cambiaron a usted su vivencia de la fe?

R.– Absolutamente. Yo era, y soy, una persona de fe, que va a misa, intenta ser buena persona y participar en actividades solidarias, pero no era ni soy el "fanático" que vive pegado a la iglesia.

Con él, la fe se volvió algo muy práctico: me convirtió en un "francisquista militante" en el buen sentido, porque todo lo que decía y hacía estaba en la doctrina social de la Iglesia, pero con él lo viví en carne propia.

Hoy me considero más hombre de la Iglesia que antes, marcado por su ejemplo, sus conversaciones, su liderazgo y su modo de encarnar el Evangelio.

P.– ¿Cómo fue la relación que mantuvo con el Papa después de la fumata blanca?

R.– La relación con él continuó hasta el último día.

Después de su elección, seguí un año más en la oficina de prensa del arzobispado, hasta marzo de 2014, y en paralelo mantuvimos un vínculo epistolar y telefónico: correos electrónicos, cartas, llamadas...

Tuve la oportunidad de acompañarlo en el viaje apostólico a Paraguay; luego en familia lo acompañamos en Chile, y por motivos de trabajo viajé varias veces a Roma.

Cuando iba allí, le escribía para avisarle y casi siempre me respondía proponiendo día y hora para vernos, charlar un rato, darnos un abrazo.

El Papa Francisco recibe a su antiguo secretario, Federico Wals, y a su familia.

El Papa Francisco recibe a su antiguo secretario, Federico Wals, y a su familia. Cedida

P.– Está describiendo una relación no sólo profesional, sino de amistad.

R.– Sí, trascendía lo laboral. Se interesaba por mi esposa, a la que llamaba cariñosamente "paragua" por su origen paraguayo, y por mis cuatro hijos.

En agosto de 2024 nos recibió a todos juntos en el Vaticano, y quiso que ellos se sentaran cerca, tenía caramelos preparados y conversó con cada uno sobre sus gustos, el fútbol, el rugby.

Con tantas cosas que siempre tenía para hacer, se tomaba tiempo para esos detalles, para responder una carta, para recibirte, para hacerte sentir que contabas con él.

P.– ¿Cuándo fue la última vez que le vio?

R.– La última vez que lo vi fue en ese encuentro familiar de agosto de 2024. Cuando terminamos, cruzamos la puerta de su despacho y, al pasar el umbral, me di vuelta y le dije: "Padre, gracias por todo y por tanto, hasta siempre".

Él se sorprendió, mi mujer también, porque sonaba a despedida definitiva y, de hecho, luego me preguntó por qué se lo había dicho; yo le respondí que tenía el presentimiento de que no lo iba a volver a ver.

No soy de corazonadas, pero lo sentí así. En febrero de 2025 viajé a Roma para verlo, pero ese fue el día en que lo ingresaron por primera vez y ya no pudo ser. Después, tristemente, volví sólo para el funeral.

P.– ¿Cómo vivió esa especie de intuición de despedida?

R.– Con una mezcla de melancolía y gratitud. Me quedó la paz de haber podido decirle "gracias por tanto y por todo", porque siento que Dios ha sido demasiado generoso conmigo y que él, como vicario de Cristo, también lo fue.

Para alguien con su agenda, encontrarse con un laico, responderle cartas, recibir a su familia, promoverle estudios, recomendarlo profesionalmente, son gestos que hablan de un pastor que se toma en serio a las personas concretas.