Trabajadores examinan la calidad de la uva en la bodega Cannan, durante la cosecha en Hebei.

Trabajadores examinan la calidad de la uva en la bodega Cannan, durante la cosecha en Hebei. Cedida

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El auge del vino chino que se inspira en el Rioja: botellas de 19 a 100 euros en España: "No sabe igual, el clima es diferente"

Los elaboradores defienden que el fenómeno va mucho más allá del tópico de la imitación y ya empieza a ganar sitio en restaurantes y cartas españolas.

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En viñedos donde el invierno puede bajar hasta los 30 grados bajo cero, con uvas españolas, francesas y enólogos formados en Europa, China está construyendo su propio mapa del vino.

En España, un puñado de importadores empieza a servirlo en copa y a desmontar un prejuicio: no son imitaciones, son otra cosa.

El viñedo no se parece a nada conocido.

Cosecha manual en un viñedo chino, donde el trabajo en altura y el clima extremo marcan el ritmo de la vendimia.

Cosecha manual en un viñedo chino, donde el trabajo en altura y el clima extremo marcan el ritmo de la vendimia. Cedida

En algunas regiones del norte de China, el paisaje vitivinícola puede ser áspero: inviernos rigurosos, viento seco y suelos que exigen adaptación constante.

Las temperaturas pueden caer por debajo de los -20°C y, en zonas especialmente frías como Ningxia, las vides llegan a enterrarse bajo tierra para sobrevivir al invierno.

"En China, en invierno, se puede llegar a 30 grados bajo cero. Eso en Europa no lo vemos", explica una enóloga china afincada en La Rioja, integrante del equipo de Asian Fine Wines —importadora especializada en vinos asiáticos—, donde participa en la selección de etiquetas.

"En muchas zonas del norte, el viñedo tiene que adaptarse a ese frío extremo".

El contraste es inmediato.

Mientras en el norte de España la vid resiste heladas suaves y un clima conocido, en algunas regiones chinas la supervivencia es una técnica. Una práctica. Un gesto aprendido. Y, sin embargo, de ahí salen vinos.

El mapa vitivinícola chino no es un punto ni una sola región: es un continente en miniatura.

"Ningxia, Xinjiang y Shandong están entre las grandes zonas vitivinícolas del país; en el suroeste, regiones como Sichuan o el Tíbet obligan a trabajar a otra altura y con otras condiciones", dice la enóloga.

"El 80% está en el norte", resume ella misma.

Habla rápido, mezcla conceptos, pero una idea vuelve una y otra vez: diversidad.

China no es un estilo. China no es un vino. China es, como mínimo, cinco o seis mundos distintos:

Si uno se detiene en un viñedo de Ningxia, en el centro-norte del país, encuentra un paisaje. Si viaja a Sinkiang, el escenario es otro.

Y si se avanza aún más hacia Asia interior, en zonas próximas al Himalaya, todo vuelve a transformarse: la altitud, la luz, la temperatura y la composición del suelo.

"Es como Europa", insiste. "China es un territorio inmenso. No puedo explicártelo con una sola palabra".

La comparación no es exagerada. Pensar que de ese territorio sale un solo tipo de vino es, simplemente, un error.

La etiqueta sorprende

Sin embargo, la primera imagen que aparece en España cuando alguien dice "Rioja chino" es otra.

Una copia. Una imitación. Un Rioja con etiqueta oriental.

"Eso de copias, nada", zanja un viticultor y uno de los impulsores de la firma, pionera en España en la importación exclusiva de vinos asiáticos.

Las uvas del viñedo.

Las uvas del viñedo. Cedida

Lo dice sin rodeos.

"Cuando escuchamos que en China hacen tempranillo, ya pensamos: están copiando Rioja. Pero no. Se trabaja igual que en todo el mundo".

El especialista en el manejo de la vid vivió en China. Probó, comparó, esperó. "Llevábamos desde 2009 viendo el mercado", explica.

"Pero hasta hace poco la calidad no era suficiente para entrar en Europa. Hasta el año pasado no vimos que los vinos podían competir en calidad media-alta y alta".

La escena se repite.

Un grupo de sommeliers en Madrid. Copas alineadas. Botellas tapadas. Primero, blancos. Siempre blancos. "Empiezo con chardonnay… Es lo más versátil".

El equipo de Asian Fine Wines en una cata

El equipo de Asian Fine Wines en una cata Cedida

Los prueban. Hablan. Arriesgan.

"Algunos enólogos dicen: 'esto es un Borgoña de libro' y cuando se destapa la botella: 'ostras, es un vino de China'", relata.

Silencio breve. Y después, sorpresa.

"Les sorprende a todo el mundo. Están muy bien hechos".

Terroir y diferencia

La confusión también tiene lógica: las variedades son las mismas. Cabernet Sauvignon, Merlot, Chardonnay. Incluso tempranillo.

"Más del 90% son vitis vinifera, variedades de origen europeo", explica la enóloga.

Control de calidad de racimos de uva durante la vendimia en el norte de China.

Control de calidad de racimos de uva durante la vendimia en el norte de China. Cedida

Eso acerca. Pero no iguala.

"¿Por qué quieren comparar Rioja y China?", pregunta.

"Terroir es una palabra francesa. Significa suelo, clima, paisaje. En China tenemos un clima muy diferente. Aunque sea la misma variedad, el vino no tiene nada que ver: puede tener una estructura parecida, pero el cuerpo cambia".

La palabra vuelve varias veces en la conversación. Suelo, clima, paisaje. Todo lo que hace que un vino sea lo que es.

Y ahí, China rompe cualquier espejo.

"La tierra es muy diferente a la de aquí", explica el viticultor. "Prácticamente todos los viñedos son suelos francos, con bastante arena. En muchas zonas, la filoxera no arraiga, y eso hace que los vinos sean más varietales, más puros".

Temperaturas, lluvias, suelos… todo cambia.

Influencia francesa

Durante años, China miró a Francia.

"Había una obsesión con Burdeos", cuenta el experto. "Muchas bodegas incluso se llamaban château".

Fue una fase. Un aprendizaje. "Eso ya quedó atrás".

Hoy el proceso es otro: más abierto, más híbrido.

"He trabajado con consultores de Chile, Argentina y Australia", dice ella. "La elaboración de vino en China está muy abierta. Puedes hacer las cosas como te guste, depende del enólogo".

Esa apertura tiene consecuencias. No hay una tradición que encorsete. Hay margen. Y ese margen produce cosas inesperadas.

Como la marselan, una uva creada en Francia —cruce de cabernet sauvignon y garnacha— que encontró en China un lugar ideal.

"La marselan en China se desarrolla muy bien por su color", explica la técnica. "La han acogido como propia y se están haciendo vinos espectaculares".

Negocio en casa

La técnica, en cambio, no cambia.

Barrica, lías, fermentaciones. "Eso en todo el mundo se hace igual. China no es diferente".

Entonces, ¿dónde está la diferencia? En todo lo demás. Clima extremo. Escala. Ausencia de tradición rígida. Mezcla de influencias. Y también en el mercado.

Porque, aunque la narrativa en Europa empieza ahora, el verdadero negocio sigue estando dentro del propio país.

"Yo creo que el 80 o 90% de los vinos chinos se consumen en China", señala la enóloga. "Si se vende bien allí, ganas mucho más que exportando".

Europa empieza a mirar. Con curiosidad, con prejuicio.

"El primer prejuicio es que es barato", dice el viticultor. "Se piensa que China fabrica barato para Europa. Pero el consumidor chino compra caro".

En una cata, ese prejuicio se desarma con rapidez: un chardonnay genérico se mueve en hostelería entre los 15 y 17 euros, mientras que un cabernet sauvignon ronda los 18 o 19.

El contraste se vuelve más evidente en las gamas altas: se ofrece en torno a los 50 euros, muy por debajo de los 130 o 140 que alcanzaría un vino de características comparables en Burdeos.

A medida que se escala en ambición y guarda, la brecha se amplía. Hay etiquetas más evolucionadas, como un marselan 2013, que puede situarse en los 150 euros y que, en el mercado europeo, superaría con facilidad los 800.

En conjunto, la bodega se posiciona en el segmento medio-alto, con precios que oscilan entre los 19 y los 100 euros por botella. No obstante, el grueso de las ventas se concentra en la franja más accesible —entre los 19 y los 32 euros—, según precisan desde la propia empresa.

No es un producto de saldo.

"Aun así, hay gente que lo prueba, le gusta, pero no pagaría 50 euros por un vino chino", reconoce el experto. "No porque no lo valga, sino porque no encaja todavía en su imaginario".

Instante sin etiquetas

La identidad tarda. Pero llega. China está en ese principio.

"El conocimiento es muy bajo", admite la técnica. "En los cursos profesionales todavía falta muchísimo por enseñar sobre China. De momento, he visto cero".

Y sin embargo, hay producción. Desde hace tiempo.

Uvas para cosechar vinos

Uvas para cosechar vinos Cedida

"El boom empezó alrededor de 2007 o 2008", cuenta. "Luego vino una caída, como en todo el mundo. La gente joven bebe menos. Aun así, el sector sigue moviéndose".

"China es un mundo nuevo del vino", resume. En ese mundo nuevo, todo cambia más rápido. Más flexible. "Si te gusta algo, ya vale".

La escena se repite. Un restaurante en Madrid. Una mesa cualquiera. El sumiller propone algo distinto. El cliente duda. Acepta. Prueba.

"¿Qué es? Un vino de China".

La reacción ya no es risa. Hay curiosidad.

"Tenemos clientes que piden todos los meses", afirma el impulsor de la firma.

Poco a poco, el hábito se construye.

No compite con Rioja. Ni con Ribera. No todavía.

"Compararlos es absurdo", insiste ella. "La climatología que tiene Rioja no tiene absolutamente nada que ver con la de un vino chino".

Porque el problema nunca fue técnico. Fue narrativo.

La idea de "Rioja chino" funciona como anzuelo. Pero no explica nada: ni el frío extremo, ni la diversidad, ni la mezcla de influencias, ni el gusto.

"¿Se parecen?", pregunta ella. "No".

Sin matices.

En una copa, esa diferencia se vuelve tangible: más cuerpo, otra acidez, distinto equilibrio.

No mejor. No peor. Otro.

La pregunta final queda flotando: ¿puede China convertirse en una referencia?

El viticultor duda, pero responde: "Ojalá tenga la popularidad de Rioja algún día".

China todavía está escribiendo la suya.

Tal vez por eso la escena más interesante no está en el viñedo. Ni en la bodega. Ni siquiera en la botella.

Está en ese instante mínimo, cuando alguien prueba. Y no sabe. Y en ese no saber, por primera vez, aparece la posibilidad de mirar el vino sin etiquetas.

Después vendrá el origen. La explicación. La sorpresa. Pero ese segundo, el primero, es el que importa.

Porque ahí, lejos de Rioja y lejos de China, el vino vuelve a ser lo que siempre fue: un sabor. Y nada más.