Carolina y María alquilan su vientre por Facebook: una cobró 12.000 € por el embarazo y vino a parir a España para su cliente

Carolina y María alquilan su vientre por Facebook: una cobró 12.000 € por el embarazo y vino a parir a España para su cliente

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Carolina y María alquilan su vientre por Facebook: una cobró 12.000 € por el embarazo y vino a parir a España para su cliente

Grupos conectan a europeos que buscan ser padres con mujeres latinoamericanas dispuestas a gestar: acuerdos directos y sin control.

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"Hola, soy de Lima, Perú, y alquilo vientre para España. Estoy disponible para viajar".

El mensaje aparece en un grupo cerrado de Facebook. No es una excepción. Es uno más entre decenas de publicaciones que se repiten a diario. La lógica es casi automática.

"Busco alguien que quiera alquilar vientre. Quiero ser padre por primera vez y soy de España. Pago pasajes, alojamiento", responde un usuario.

El mercado negro de los vientres de alquiler a través de Facebook: mujeres de Latinoamérica se quedan embarazadas para clientes españoles.

En cuestión de minutos, llegan las contestaciones. "Soy de Colombia y me encantaría ayudarte, tengo 24 años". "Ya hice el proceso dos veces, tengo dos hijos sanos". "Estoy disponible para viajar".

El intercambio es directo. Primero, público. Después, privado. No hay intermediarios visibles. No hay contratos. No hay garantías. Funciona como un mercado a cielo abierto.

Todo, además, en un marco claro: en España, la gestación subrogada está prohibida desde 2006.

Detrás de esos mensajes hay historias concretas.

María Guadalupe, una joven peruana de 25 años, se topó con este mundo casi por azar. Tenía 22 cuando, navegando por Facebook, un anuncio captó su atención. "Me quedé leyendo por curiosidad", recuerda sobre ese primer contacto que le cambiaría los planes.

La idea empezó a tomar forma en conversaciones familiares.

"Le mencioné el tema a mi abuela y ella me contó que la mujer adinerada para la que trabajaba le había alquilado el vientre a otra mujer para tener un bebé con su esposo. Así fue como, poco a poco, me adentré", recuerda.

En aquel entonces tenía un hijo de tres años y una certeza: el dinero no le alcanzaba. "Terminé el bachillerato y trabajé mucho, pero en Perú es difícil conseguir un empleo que te permita sostener a una familia", asegura.

El contacto fue directo. "Por Facebook, ella le escribió por mensaje privado. Y después continuaron la comunicación por WhatsApp".

No hubo abogados ni clínicas; el trato fue totalmente informal. Él había congelado su esperma tras una enfermedad que sufrió de niño y, para lograr su objetivo, montaron una farsa.

"En todo momento simulamos ser pareja", recuerda ella, subrayando la falta de marco legal.

Zaragoza fue el escenario de una espera que duró dos años. Allí, con sus propios óvulos como base del pacto, vivió bajo el amparo absoluto de la pareja.

"Ellos se hacían cargo de todo; desde los pasajes hasta el techo donde dormía", recuerda.

El pago por su cuerpo y su tiempo llegó de forma progresiva: una mensualidad de 250 euros para el día a día y un desembolso final, rotundo, de unos 12.000 euros al concluir el trato.

El miedo fue una sombra constante antes de dar el paso definitivo. "Temía que se tratara de una red de trata", confiesa. Sin embargo, la sospecha cedió ante la cercanía.

La seguridad se tejió entre charlas cruzadas: "Ellos hablaron con mi familia, yo con la suya; fuimos construyendo un vínculo, aclarando dudas hasta que el recelo desapareció", explica.

El trato se volvió personal y cercano. "Son excelentes personas, me recibieron como si fuera de la familia", recuerda ella con afecto.

Tras el parto, llegó el momento de formalizar la entrega. Firmó un documento casi a ciegas, confiando en la palabra dada meses atrás.

"No sé bien qué papel era, no pregunté. Pero con eso se aseguraban de que yo le dejara la custodia al papá", explica.

La burocracia hizo el resto: con el tiempo, el niño quedó bajo la responsabilidad exclusiva del padre. "Al poco tiempo, le quitaron mi apellido", explica ella con sencillez.

El sistema nunca reclamó. "Jamás me llamaron para nada", asegura, confirmando que el rastro se había borrado con éxito.

Hoy, con la distancia de los años, su motivación sigue siendo la misma. No descarta volver a pasar por el proceso si eso significa un alivio económico para su familia.

"Lo volvería a hacer. Necesito asegurarles un buen futuro a mis hijos".

Hace pocos días volvió a publicar un anuncio. Ahora tiene dos hijos y vive con su madre y su abuela. Sabe que tiene una familia que sostener y la decisión no le pesa.

Para ella, el pasado no es un recuerdo, sino una opción que sigue abierta.

El patrón se repite

María Mercedes tiene 24 años, dos hijos y vive en una zona muy pobre de Colombia. Su entrada a este mundo no fue planeada; llegó a través de una pantalla. "Me enteré por una entrevista que vi en YouTube", cuenta, tratando de recordar el momento exacto.

María Mercedes, en su hogar en Colombia: la precariedad de su situación económica la llevó a buscar esta vía para sostener a su familia.

María Mercedes, en su hogar en Colombia: la precariedad de su situación económica la llevó a buscar esta vía para sostener a su familia. Cedida

"No sé bien cómo llegué a ese video, pero la historia de esa muchacha me quedó grabada en la cabeza".

Ese impulso la llevó a inscribirse en varios grupos abiertos de redes sociales. Según explica, la oferta es inmensa: "No es el único que hay, hay muchísimos".

La respuesta fue casi inmediata y cruzó fronteras; recibió cerca de 20 propuestas de distintos puntos del mapa. "Me escribieron más que todo de Chile, España y Francia", relata.

En esos mensajes, María Mercedes encontró un catálogo de deseos ajenos. Asegura que la mayoría son familias que no pueden concebir o parejas del mismo género, aunque también aparecen hombres solos que buscan la paternidad por su cuenta.

"Hay hombres que directamente no quieren tener pareja, pero quieren un hijo propio", comenta sobre la diversidad de pedidos que le llegan al chat.

A pesar del alcance internacional de las ofertas, ella prefiere la cercanía. Su condición ideal sería realizar todo el proceso en Colombia, aunque deja una puerta abierta al viaje: "Si me permitieran llevar a mi familia conmigo durante los nueve meses, lo haría".

No es la primera vez que negocia estas condiciones. En el pasado, una pareja de extranjeros le propuso un plan concreto por 19.000 euros. El trato se dividía en dos pagos: "9.500 al principio y la otra parte cuando entregara al bebé", recuerda.

Sin embargo, aquel acuerdo nacía desde la total informalidad, sin clínicas ni contratos de por medio. Al final, el pacto se deshizo y no llegó a concretarse.

La decisión de la joven nace de una urgencia cotidiana. Vive en una situación precaria, a cargo de sus hijos y con una presión económica que se ha vuelto insostenible; por eso, ve en esta opción la única salida para sostener su hogar.

Carolina, venezolana, llegó a este mundo de la misma manera que muchas otras: buscando trabajo en Facebook. Ama de casa y madre, su entrada a la gestación subrogada tuvo un motor único. "Principalmente fue por mi situación de pobreza", lamenta.

A diferencia de quienes se mueven siempre en la informalidad, su primer contacto la llevó a una clínica, con entrevistas, psicólogos y controles médicos rigurosos.

"Lo pesan a uno, lo miden... hay que estar muy bien de salud", describe sobre aquel ingreso al sistema en 2022.

Sin embargo, su experiencia pronto reveló las grietas del proceso. Carolina denuncia una profunda desigualdad económica: mientras a los padres les cobraban entre 58.000 y 70.000 euros, ella recibía una mensualidad de 300 euros y un bono final que no superaba los 6.000.

"Imagínese cuánto les cobran a ellos. ¿Y entonces qué nos dan a nosotras?", se pregunta la mujer de 30 años.

Esa disparidad no fue lo peor. En su segundo proceso, en 2024, el sistema falló. El parto se adelantó a las 28 semanas y Carolina terminó en un hospital soportando horas de dolor sin atención adecuada.

"Yo les decía que el niño no podía nacer todavía", recuerda. Tras una cesárea de urgencia, el bebé nació en estado crítico y murió poco después.

"Fue víctima de una infección bacteriana", dice con tristeza y denunciando negligencia por parte de la clínica. "Yo hubiera dado la vida por él".

Aquel episodio fue traumático para todos. Los padres europeos viajaron de urgencia, destrozados por la noticia.

Pero más allá del dolor compartido, Carolina señala las secuelas que quedan en las mujeres: amigas que terminan enfermas y clínicas que, según ella, priorizan el dinero sobre la salud de la gestante. "¿Quién responde por eso?", cuestiona.

Hoy, la desconfianza la alejó de las instituciones, pero la necesidad la mantiene en el circuito.

Intenta buscar acuerdos por su cuenta, aunque se topa con propuestas que la espantan, como hombres que sugieren métodos naturales en lugar del procedimiento in vitro. "Eso es un asco", sentencia.

Hace poco habló con una pareja de Valencia, España, que quería que ella viajara para hacer las cosas "bien". Pero el miedo a quedar desamparada en el extranjero la detiene.

Sabe que sin papeles claros, el riesgo es total: "Te pueden dejar embarazada y después no responder por nada".

Aun así, con la presión económica al cuello, Carolina sigue buscando.

Como muchas otras.

Otra mujer, quien no quiso dar su nombre, lleva apenas un mes en España y ya conoce las reglas de la supervivencia. Instalada en Barcelona, reparte publicidad para subsistir mientras espera una oportunidad.

"Aquí trabajo en el mercado negro", reconoce sin rodeos. Extraña la comida y la cultura de su tierra, pero el motor de su viaje es otro: sus hijos, que quedaron en Colombia al cuidado de su abuela.

Alquilar su vientre no es una idea nueva; es una opción que planeó para darles un futuro. "Ya tengo unos meses en este sistema", confiesa.

Se ha informado, ha visitado clínicas y se ha realizado exámenes médicos, aunque todavía no ha logrado quedar embarazada.

Conoce la terminología del proceso y tiene clara su situación biológica: "Solo puedo hacerlo por fecundación in vitro", aclara.

En su búsqueda, se ha topado con el lado más turbio de los grupos digitales. Muchos hombres la contactan con propuestas que nada tienen que ver con la medicina.

"Quieren tener relaciones sexuales para que el hijo sea 'de ellos'", cuenta con rechazo. "Es muy feo que te llegue un mensaje así; no es lo que estoy buscando".

También ha descubierto la figura de las intermediarias: mujeres que ya pasaron por el proceso y cobran comisiones por reclutar a otras para las clínicas.

"Te dan unos 100 euros por recomendar a alguien", explica. Sin embargo, para ella la prioridad no es ese bono, sino la certeza de no dar un paso en falso. "No quiero meterme en algo que no esté claro", asegura.

A través de las plataformas, las ofertas le llegan a cuentagotas desde Portugal, Francia y España. Ella es consciente del marco jurídico del país donde reside, pero la necesidad pesa más que la norma.

"Sé que en España no es legal", admite, "pero si una pareja me da seguridad de que no habrá peligro, yo lo haría".

Los que buscan

Del otro lado del chat están quienes buscan. Eduardo tiene 47 años, vive en Madrid y tiene un deseo fijo: ser padre.

Llegó a los grupos de Facebook tras descartar las vías oficiales. "La adopción es imposible, es un proceso larguísimo", explica. Tampoco se plantea viajar al extranjero, donde los costes se disparan. "Es demasiado caro", resume.

En las redes encontró una ruta alternativa y caótica. "Ahí encuentras de todo: mujeres que se ofrecen por primera vez y otras que ya lo han hecho", cuenta.

El salto de la red social al contacto personal es inmediato. "Pasas al WhatsApp y empiezas a negociar condiciones, precios y tiempos", relata sobre la frialdad del trámite.

Sin embargo, la inmediatez convive con la sospecha. Sin marco legal en España, la confianza es el único activo, y es escaso. "No sabés en quién confiar", admite Eduardo mientras repasa perfiles y fotos.

Es consciente de la fragilidad de su posición: "No hay un contrato, no hay un papel ante el Estado. Todo lo que tengo es un chat".

En el norte de España, otro hombre que prefiere el anonimato lleva un año buscando "seriamente". Tras investigar agencias en Estados Unidos, descartó la opción por la enorme brecha de beneficios. "Allá te cobran 200.000 euros y la gestante recibe un porcentaje muy bajo de eso", calcula.

"La diferencia es abismal; por eso prefiero ir por mi cuenta".

En su búsqueda, ha identificado un patrón: la mayoría de las mujeres que contacta son latinoamericanas, principalmente de Colombia, Venezuela y Perú.

También asegura que los grupos de Telegram, como "Vientre Alquiler Madrid", funcionan como mercados abiertos donde la línea entre la ayuda y la explotación es delgada.

"Hay gestantes que ya están dentro y luego te ofrecen a otras", explica con preocupación. "Es como si te vendieran a una chica. Si no estás atento, esto puede terminar en cualquier lugar".

"No es gestación subrogada"

Desde la asociación Son Nuestros Hijos, su presidenta Olatz Mendiola es tajante: lo que ocurre en estos grupos de Facebook "no es gestación subrogada".

Según explica, la verdadera técnica es un proceso médico de alta complejidad donde la mujer gestante no tiene vínculo genético con el embrión y todo se realiza bajo una legalidad transparente.

"Estos hechos en ningún caso pueden equipararse a los procesos de las familias de nuestra asociación; son otra cosa que no sabríamos ni definir", lamenta.

Para Mendiola, la existencia de este mercado negro es una consecuencia directa de la falta de regulación en España. Critica que el Gobierno, al negarse a legislar, no protege a nadie, sino que empuja a mujeres y familias a situaciones peligrosas y fraudulentas.

La asociación propone que España siga el ejemplo de países como el Reino Unido o Dinamarca, donde existen normas claras y garantistas que incluso cubre la sanidad pública, alejándose así de "estrategias abolicionistas que no consiguen ninguno de los objetivos que proclaman".

Desde una empresa del sector con sede en España, aclaran que su actividad se limita exclusivamente a países donde la práctica está regulada.

Según explican, la mayoría de los clientes llega con plena conciencia de las restricciones locales: "Los españoles que nos llaman saben que en España no se puede realizar este proceso".

Además, subrayan que en los circuitos legales el acceso no es libre ni por elección puramente estética o de conveniencia.

El filtro es estrictamente clínico: "No cualquier mujer, ni cualquier hombre puede acceder; tiene que haber una causa médica que lo justifique", resaltan para marcar distancia con la informalidad de las redes.

En los grupos de Facebook no hay filtros, evaluaciones ni médicos. Solo hay mensajes. España aparece una y otra vez como destino o punto de origen: "Busco vientre de alquiler en España", "Puedo viajar", "Estoy disponible".

Para muchas mujeres es una salida económica para sostener a sus familias; para algunos padres, la única vía frente a los costos o la burocracia. Entre ambos crece un circuito informal que escapa a cualquier control.

"Lo hacen para dar una vida mejor a sus familias, pero no son conscientes del riesgo que corren", advierte Mendiola desde la asociación.

Mientras tanto, los anuncios se siguen acumulando en el muro. Es una práctica que encontró en la red una forma de existir a pesar de la prohibición.

En la zona gris de los grupos de Facebook, las notificaciones no dejan de sonar.