Máximo Huerta, periodista autor de la novela 'Mamá está dormida'.

Máximo Huerta, periodista autor de la novela 'Mamá está dormida'. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

Reportajes

Máximo Huerta: "España es un país envejecido, todos vamos a ser mayores y no hay suficientes residencias ni ayudas"

"Cuidar es empezar a despedirse, y ese cuidado le ha venido muy bien a este gobierno, al anterior y a todos, porque ha sido invisible" // "Este país tiene alzheimer de su propia historia; Europa, el mundo, también".

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Máximo Huerta nos enfrenta a lo que a menudo preferimos ignorar: la fragilidad de quienes envejecen y la carga silenciosa de quienes los cuidan. Mamá está dormida surge de un gesto cotidiano que abre un mundo de recuerdos, dudas y silencios, revelando la intimidad que conecta lo personal con lo colectivo.

La obra pone en primer plano la dignidad, el desgaste y los vínculos que sostienen la vida cotidiana, mostrando la verdad de lo que implica cuidar y acompañar a quienes amamos. Entre momentos de ternura y de crudeza, Huerta invita a reflexionar sobre lo que olvidamos, lo que tememos y lo que permanece imprescindible, convirtiendo lo íntimo en una reflexión profunda sobre la memoria, la vejez y la vida que compartimos.

P.– Cuando tu madre, en medio de su fragilidad, te pregunta por un hermano que no existe, ¿lo viviste como un momento de lucidez, como si imaginara que la carga habría sido compartida?

R.– No lo había pensado así, pero es una lectura muy hermosa. La idea de que mi madre pudiera desear que yo tuviera un hermano para hacerme la vida más fácil me acompaña ahora. Me gusta pensar que, de algún modo, ella sabía que compartir habría aliviado el día a día. Y también que esta novela nace de ahí: de su generosidad y de ese deseo silencioso de que yo estuviera más acompañado.

Máximo Huerta, posando para EL ESPAÑOL.

Máximo Huerta, posando para EL ESPAÑOL. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

P.– Narras en primera persona sin explicar ni juzgar, te limitas a contar. ¿Es una decisión consciente?

R.– Contar es observar y dejar que el lector juzgue. El escritor no conoce el resultado final: mientras escribes te haces preguntas y construyes la trama, pero el sentido último lo dan el tiempo y los lectores. El juicio final no me pertenece; es de quien lee.

P.– El viaje que emprendes con tu madre es algo que en la vida real sabes que no harías. La literatura permite precisamente eso: hacer lo imposible.

R.– La literatura permite viajar al pasado, a distintos lugares y épocas, y también adentrarse en lo más íntimo: la juventud de una madre que nunca llegas a saber completamente. Es un viaje de madre e hijo, acompañados por una perra vieja, recorriendo carreteras en una autocaravana estrecha e incómoda, un espacio que obliga a una confianza extrema y que permite llegar a la pregunta central: qué fue lo que pasó.

P.– El cuidado no heroico y la fragilidad atraviesan todo el relato. ¿Querías señalar que es en ese silencio y en esa cotidianidad donde se libran las batallas más importantes del amor y de la vida?

R.– El cuidado es profundamente silencioso. Ocurre en habitaciones, en casas, muchas veces sin que nadie alrededor sepa realmente lo que está pasando. Se verbaliza poco y ha sido una constante en la historia de este país, sobre todo a través de las mujeres, que han asumido tradicionalmente esa tarea. Eso ha permitido que durante mucho tiempo el cuidado no se pensara como un asunto colectivo, sino como algo que ya se resolvía en casa.

Máximo Huerta junto a su nuevo libro 'Mamá está dormida'.

Máximo Huerta junto a su nuevo libro 'Mamá está dormida'. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

Ese cuidado se construye lejos de la épica: está hecho de rutinas, de cansancio, de hastío, de enfado, incluso de hostilidad, pero también de momentos de luz. Hay alegrías, conversaciones absurdas o inesperadas. El vínculo que se crea en ese tú a tú genera pequeños universos que hay que atravesar y que, si consigues mirarlos más allá del agotamiento, también devuelven algo muy valioso.

P.– Para entender esa ancianidad es necesario volver a la juventud de tu madre.

R.– Esa juventud es, en gran parte, inaccesible. Nunca sabremos del todo quiénes fueron nuestras madres: no hay imágenes, apenas relatos, y hubo mucho miedo, un miedo silencioso que marcó a toda una generación. Eran mujeres con deseos propios, pero hacia fuera aparecían iguales: casa, hijos, obediencia.

La Sección Femenina fue determinante. Para algunas supuso una salida, incluso una forma de libertad, pero era un espacio vigilado que uniformó el pensamiento y modeló a las mujeres según el régimen. Ese pasado dejó una huella profunda. Cómo actúan después tiene mucho que ver con ese tiempo, con lo que no pudieron elegir ni decir.

Máximo Huerta, periodista y escritor.

Máximo Huerta, periodista y escritor. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

P.– España es un país cada vez más longevo. Durante años hemos entendido el cuidado de los mayores como algo privado, casi natural, más que como una responsabilidad colectiva.

R.– El cuidado incomoda porque nos enfrenta a nuestra fragilidad. Detrás del "está bien" hay cansancio, medicación, desgaste y cosas que no se cuentan. Es un trabajo silencioso, sin épica ni atención política, que ha recaído históricamente en las familias, sobre todo en las mujeres, sin apoyos reales.

Cuidar es empezar a despedirse, y ese cuidado le ha venido muy bien a este gobierno, al anterior y a todos, porque ha sido invisible.

No queremos mirar el cuidado de frente porque nos obliga a asumir que también envejeceremos y moriremos. Además, el cuidador se va desdibujando: pierde presencia, se borra. Quien ocupa el centro es la persona cuidada.

P.– Has dicho que todos los cuidadores pasan por muchas etapas. ¿Querías desmontar el relato idealizado del cuidador abnegado?

R.– El cuidador pasa por muchas etapas. Está abnegado, todo el mundo dice "qué buen hijo", pero también se rebela, se cansa, se agobia, tiene ganas, incluso dramáticamente, de que "cuándo se acabará esto". Luego se arrepiente de ese pensamiento, sabe que estaría mejor si no estuviera, pero cómo se sentiría él.

Entonces hay un momento que me interesa mucho: quién está cuidando a quién. Para el hijo, su único apego, su único anclaje a la vida es la madre. Y para ella, su única salvación es el hijo. Es como la piedad de Miguel Ángel. ¿Quién sostiene a quién? ¿La madre al hijo muerto? ¿Quién está más moribundo: el hijo que se ha quedado solo, sin pareja, que lleva a la madre y la cuida como puede, o la madre que necesita sus cuidados?

Ahí se crea una dependencia emocional, un apego feroz tremendo.

Máximo Huerta, posando para EL ESPAÑOL.

Máximo Huerta, posando para EL ESPAÑOL. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

P.– La pandemia dejó secuelas tanto cognitivas como emocionales. No hemos hecho nada, hemos pasado página.

R.– Pasar página a veces es bueno. Si recordáramos todo el dolor físico diario –de espalda, estómago, hernia, cabeza, muelas– sería imposible vivir. El cuerpo afortunadamente olvida.

Pero hay cosas que no se pueden olvidar. Este país tiene alzheimer de su propia historia; Europa, el mundo, también. Olvidar algunas cosas ayuda a avanzar, pero hay otras que hay que mantener presentes. Y no se hace. No se hace lo suficiente. Nada.

P.– Vivimos rodeados de mensajes de éxito, juventud y rendimiento. ¿Qué lugar queda para quienes ya no pueden producir, pero siguen necesitando dignidad?

R.– La dignidad es vital. Todo el objetivo es que la persona cuidada sea vista como digna, tal como fue de joven: brillante, luminosa. En la vida real también importa. Desde una residencia o una casa, el objetivo es que viva en un lugar amable, cómodo, feliz y tranquilo.

A veces eso requiere incluso mentir para hacer la vida más amable: no recordarle la verdad, acompañarla en el tránsito, aunque tú seas consciente de lo difícil que es. La dignidad está en la ropa que se pone, en disimular dolores, en el entorno, en los olvidos que no parecen tales.

En un país que envejece, pocos son conscientes de que todos llegarán a ser mayores. De joven nunca piensas en ello, y de mayor sí recuerdas que fuiste joven.

P.– ¿Cuánto desgasta al cuidador mantener la dignidad en la persona?

R.– Desgasta mucho. Me cuesta sonreír, me cuesta mantener la dignidad; a veces no puedes más. Te arrepientes, te quejas, das golpes de impotencia, lloras, contestas mal y luego te arrepientes de ello.

Todos esos episodios se transitan hasta llegar a un lugar de paciencia, un destino que llega por sorpresa. Descubres que tienes más paciencia de la que creías, y lo haces sin ser superhéroe. Todos los que cuidan, incluso quienes creen hacerlo mal, lo hacen con la mejor intención.

Máximo Huerta, autor de 'Mamá está dormida'.

Máximo Huerta, autor de 'Mamá está dormida'. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

P.– Hay decisiones vitales marcadas por la moral religiosa. ¿Crees que todavía arrastramos esas consecuencias?

R.– Sí, seguimos siendo hijos de esa educación. Esa moral de arrepentimiento, culpa, pena y silencio permanece en una determinada generación. No sé si en los jóvenes de 20 o 30 años, porque ya me queda lejos, pero está presente en quienes tuvieron abuelas con esa educación. Esa culpa pesa mucho: en la forma de ser, en la forma de actuar, y convierte la intimidad en algo cargado de esa herencia.

P.– Me llama la atención que conviertes tu intimidad en materia pública, pero sin traicionarla.

R.– La intimidad se parece mucho a la de cualquiera. Romperla sin traicionarla es compartirla. Las historias auténticas hacen que el lector se vea reflejado o se haga preguntas. Muchas novelas tratan la intimidad de forma atroz, con personas en los márgenes que no conoces. Yo intento relatar el cuidado desde la belleza, el humor, la bondad y la ironía. No es embellecer, sino narrar el drama con honestidad.

P.– Has trabajado en televisión, un medio de ruido y foco, y escribes desde el silencio. ¿Es contradictorio o complementario?

R.– Somos contradictorios. Pasamos del ruido de un bar o de la televisión al sosiego de la vida diaria. El ruido y el silencio forman parte de nuestra vida. He vivido la urgencia profesional, pero valoro mucho más el sosiego, aunque demasiado sosiego también puede agobiar. El equilibrio entre ruido y silencio es sanísimo.

Máximo Huerta, periodista y escritor.

Máximo Huerta, periodista y escritor. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

P.– En ese ruido y rapidez de noticias, ¿crees que no nos deja tiempo para pensar realmente lo que queremos?

R.– Ahora menos. Incluso en tertulias, los tertulianos llevan la opinión masticada, polarizada, de trinchera, para que la repitas. Antes el debate generaba preguntas y podías dudar; ahora no hay opción a la duda. Hay que opinar de todo ya, urgente.

Valoro la duda, el pensamiento tranquilo y sosegado. Cuestionarse, cambiar de opinión, entender al otro, enfrentar el debate y dudar de uno mismo es muy sano. Tener la respuesta ante todo me parece peligrosísimo y totalitario.

P.– En esta polarización, ¿no te resulta difícil mantenerte sin que te metan en una trinchera?

R.– Lo que disfruto ahora es no tener que dar una opinión inmediata. Uso el “espíritu de la escalera”: a veces pienso, al día siguiente, que podría haber dicho algo distinto. Escucho, entiendo la temperatura de lo que pasa, y solo así formo mi juicio. No puedo tener la opinión de todo ya; algunas cosas sí, por experiencia, pero no todo. Las trincheras no me van.

P.– Mirando la España actual, ¿qué te preocupa ahora mismo?

R.– Me preocupa que España es un país envejecido al que hemos olvidado: todos vamos a ser mayores, no hay suficientes residencias ni apoyos para la dependencia. Todo sucede en casa, de manera privada, gestionado por las familias.

También me preocupa la vivienda y la juventud: muchos no encuentran salida ni perspectiva y buscan soluciones rápidas.

P.– ¿Y qué te genera esperanza?

R.– Creo en el ser humano. Vivo en un pueblo y veo cómo la gente actúa antes de que se busquen culpables: llevan alimento, ropa, mantas, ayudan al vecino. Es el gesto cotidiano lo que me da esperanza.

Máximo Huerta posando junto a su obra 'Mamá está dormida'.

Máximo Huerta posando junto a su obra 'Mamá está dormida'. Javier Ocaña EL ESPAÑOL

P.– ¿Qué no estás dispuesto a negociar bajo ningún concepto?

R.– La libertad. La libertad de pensamiento y los derechos adquiridos no pueden retroceder; eso no se debate.