Reportajes LA TRAGEDIA DE ADAMUZ

La agónica espera en Córdoba de Marimar, Osiris y las familias de los 33 desaparecidos: "No es normal que no nos digan nada"

Dos días después del choque mortal de trenes en Adamuz, la ciudad se ha convertido en el lugar donde decenas de familias aguardan noticias de las personas cuyo paradero sigue sin confirmarse.

Más información: "La gente andaba como 'zombi' y se oían gritos de los atrapados": el testimonio del policía que llegó primero al accidente.

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El centro cívico de Poniente Sur, en Córdoba, no está pensado para esto. Está frente a la plaza de toros, en una zona de paso, de barrios tranquilos, de rutina. Pero desde la mañana del lunes —y durante todo este martes— funciona como una sala de espera suspendida en el tiempo.

Aquí llegan, se sientan, se levantan, vuelven a sentarse, miran el móvil, preguntan, vuelven a esperar los familiares de 33 personas cuyo paradero sigue sin confirmarse tras la tragedia ferroviaria de Adamuz.

Han pasado casi 48 horas desde el choque mortal entre dos trenes de alta velocidad. El número oficial de fallecidos ha ascendido a 42. Pero para quienes están aquí, esa cifra no significa nada concreto. Lo único que importa es un nombre que no aparece en ninguna lista.

Un familiar llora frente a un centro de emergencias, tras el mortal descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad cerca de Adamuz.

Un familiar llora frente a un centro de emergencias, tras el mortal descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad cerca de Adamuz. Reuters / Jon Nazca.

Dentro del centro cívico hay mesas con botellas de agua, bandejas con comida, mantas dobladas. Hay psicólogos, voluntarios de Cruz Roja, personal de Protección Civil, agentes de Policía Nacional. Hay silencio. No un silencio absoluto, sino uno hecho de murmullos bajos, de pasos contenidos, de llamadas que no se contestan.

Fuera, Córdoba sigue viva. Dentro, el tiempo se ha detenido.

Antes de llegar aquí

Antes de que Poniente Sur se convirtiera en este lugar de espera, las familias pasaron por hospitales, comisarías, estaciones de tren, teléfonos que comunicaban o no daban señal.

Las primeras horas tras el accidente fueron un tránsito errático: nombres anotados en papeles, listas provisionales que cambiaban, pasillos recorridos de un extremo a otro.

Algunos familiares llegaron a Córdoba de madrugada, sin saber muy bien por qué, sólo con la intuición de que aquí —en la capital— estaría la información. Otros pasaron la noche en vela en sus ciudades de origen, pendientes de una llamada que no llegó, hasta decidirse a viajar al amanecer.

Sonia llegó temprano. No se ha movido demasiado desde entonces. Habla poco. Cuando lo hace, mira al suelo. Su familiar iba en uno de los trenes. No está en ningún hospital. No aparece en los listados provisionales. "Vamos a estar aquí hasta que nos digan algo", repite, como si la frase pudiera sostenerla.

Yamilei Sevilla, cuyo cuñado Víctor es una de las personas desaparecidas tras el mortal descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad cerca de Adamuz, reacciona mientras habla con los medios de comunicación frente al Centro Cívico Poniente Sur en Córdoba.

Yamilei Sevilla, cuyo cuñado Víctor es una de las personas desaparecidas tras el mortal descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad cerca de Adamuz, reacciona mientras habla con los medios de comunicación frente al Centro Cívico Poniente Sur en Córdoba. Reuters / Ana Beltrán.

Osiris Sevilla llegó en taxi desde Madrid. Su marido, Víctor, viajaba en el Alvia con destino Huelva. Iban a coger el mismo tren, pero él salió antes. Ella iba a alcanzarlo en Sevilla. Ahora Osiris espera en la puerta del centro cívico, acompañada por su hermana Yamilei. A ratos habla con los periodistas. A ratos se queda en silencio.

"Es una angustia terrible", dice. Enseña en el móvil el último audio que le envió su marido. En él, Víctor le explica dónde la esperará, cómo se verán, cómo volverán juntos a casa. Osiris lo reproduce una y otra vez. "Su familia me llama constantemente", cuenta. "Sus padres son muy mayores y quieren saber qué ha pasado".

Dentro, nadie tiene respuestas. Solo se repite una palabra: esperar.

El lugar de la espera

El Ayuntamiento de Córdoba habilitó este punto como centro de atención sanitaria e informativa. Aquí se centraliza la búsqueda, la información, el acompañamiento. La Cruz Roja confirma a EL ESPAÑOL que en este espacio se está prestando apoyo a las familias de 33 desaparecidos.

Aunque fueron más, el número se ha reducido después de la identificación por parte del Instituto de Medicina Legal de 10 fallecidos a través de huellas dactilares.

A los familiares se les proporciona "comodidad" dentro de lo posible: un lugar donde estar juntos, atención psicológica, comida, agua, descanso. La mayoría viene de Andalucía, pero también hay personas llegadas de Madrid, de Huelva y de otros puntos de España.

Familiares de los desaparecidos, en el acceso al centro cívico de Poniente Sur de Córdoba, donde se presta atención psicológica tras el accidente de tren de Adamuz.

Familiares de los desaparecidos, en el acceso al centro cívico de Poniente Sur de Córdoba, donde se presta atención psicológica tras el accidente de tren de Adamuz. Reuters / Jon Nazca.

Quienes no son de Córdoba se alojan en hoteles cercanos. "Estamos completos. No nos queda ni una sola habitación disponible", explican en la recepción de un reconocido alojamiento.

Las familias regresan cada mañana al centro cívico con la esperanza de que algo haya cambiado durante la noche.

Una psicóloga del GIPED, presente en el lugar, explica que están especializados en la atención a víctimas en grandes catástrofes. Habla en plural, con prudencia. Enumera otras tragedias: el accidente del tren Alvia en Santiago, el 11M en Madrid, el terremoto de Lorca, el Yak-42, el avión de Spanair.

"La gente está destrozada", resume. "Se ve en los ojos". Ojos vidriosos, cansados, fijos en la nada. Ojos que buscan una cara conocida cada vez que alguien cruza la puerta.

Demasiada espera

Javier tiene 48 años y un gesto tenso. Su prima viajaba en el Alvia. No sabe nada de ella. Tiene que volver al trabajo, pero no se mueve. "Es demasiada espera, demasiado tiempo", dice. "No es normal que no nos digan nada".

Otro Javier —cuñado de Agustín Fadón, tripulante del Alvia— muestra una foto en su móvil. Agustín, de 39 años, trabajaba en la cafetería del tren. Se sabe que fue al baño, al vagón dos, poco antes del impacto. No está en ningún hospital. Él y Marimar, hermana de Agustín,

Su teléfono aparece apagado. "Hola, me llamo Javier", se presenta una y otra vez a los periodistas. A su lado, su pareja, Marimar, hermana de Agustín. "Iba en la cafetería y no sabemos nada de él", dice.

Retrato de María del Mar, cuyo hermano, Agustín Fadón, trabajador de Renfe, continua desaparecido dos días después del accidente.

Retrato de María del Mar, cuyo hermano, Agustín Fadón, trabajador de Renfe, continua desaparecido dos días después del accidente. EP.

Agustín ya se salvó una vez. Hace trece años no subió al tren de Angrois porque cambió el turno con un compañero. Esta vez, no hubo cambio. Marimar, lo explica con una frase seca: "De la segunda no se salvaba".

El precedente de Angrois

El accidente de Angrois, ocurrido en julio de 2013 a las puertas de Santiago de Compostela, marcó un antes y un después en la historia reciente del ferrocarril en España.

Un tren Alvia que cubría la ruta Madrid–Ferrol descarriló en una curva a más de 190 kilómetros por hora, provocando 79 muertos y más de 140 heridos, en la que sigue siendo la mayor tragedia ferroviaria del país en democracia.

Aquel siniestro abrió un largo proceso judicial, técnico y político sobre los sistemas de seguridad ferroviaria, la gestión del riesgo y las responsabilidades en la red de alta velocidad y larga distancia. Durante años, el nombre de Angrois se convirtió en sinónimo de desastre evitable y de duelo colectivo.

El choque de Adamuz, más de una década después, ha devuelto esa palabra al centro del debate. También aquí hay un tren Alvia implicado. También aquí, una infraestructura moderna. También aquí, familias que esperan respuestas.

La investigación determinará si existen paralelismos técnicos o causas compartidas, pero para quienes hoy aguardan noticias en Córdoba, la comparación es inevitable: dos tragedias separadas por el tiempo y unidas por el mismo nombre.

Las preguntas se acumulan. Las respuestas no llegan, explican. A medida que pasan las horas, la angustia cambia de forma. Ya no es nervio. Es cansancio, irritación, una tristeza que se instala. "Lo peor es no saber qué pensar", dice una mujer sentada en una esquina. "No sabes si agarrarte a la esperanza o empezar a prepararte para lo peor".

Los psicólogos insisten en una idea que se repite como un mantra: no engañar. Si no hay información, hay que decir que no hay información. "Tarde o temprano llegará", explican. Pero mientras tanto, lo único posible es acompañar.

Fran Vicente, psicólogo de Cruz Roja, lo resume así: "Hay personas que necesitan hablar, otras que necesitan callar. Algunas quieren llorar acompañadas. Otras, en silencio. Nosotros solo podemos estar".

Desde el domingo, unos 150 voluntarios han atendido a cerca de 300 personas vinculadas al accidente. La tarea ahora no es rescatar cuerpos ni atender heridos. Es sostener el duelo anticipado, la angustia de la incertidumbre, la espera sin plazos.

Minutos antes de atender a los medios, el grito desgarrador de una mujer rompe el aire en los aledaños del centro cívico. Todo se detiene. Nadie mira. Nadie pregunta. El silencio se hace más espeso.

Personal de la Cruz Roja y emergencias camina por el Centro Cívico Poniente Sur de Córdoba, donde se está prestando asistencia a los familiares de las personas desaparecidas.

Personal de la Cruz Roja y emergencias camina por el Centro Cívico Poniente Sur de Córdoba, donde se está prestando asistencia a los familiares de las personas desaparecidas. Reuters /Ana Beltran.

La ciudad alrededor

Fuera del centro cívico, la escena es otra. Agentes de Policía Nacional controlan el acceso. Periodistas aguardan. Curiosos se detienen a mirar. Algunos familiares salen a tomar aire, a beber una Coca-Cola al sol, a fumar un cigarrillo. Otros no salen en todo el día.

La presencia de curiosos incomoda. La desgracia ajena parece convertirse, a ratos, en espectáculo. Un extremo que se acentúa con la visita institucional del rey Felipe VI, que ha pasado por Córdoba para mostrar su apoyo a las víctimas. Para quienes esperan dentro, la política queda muy lejos.

Lo único cercano es la puerta que se abre y se cierra. Córdoba acompaña como puede: bajando la voz, cediendo espacios, dejando pasar ambulancias y comitivas sin preguntas. Una ciudad que no sabe muy bien qué hacer, pero que entiende que hoy toca no estorbar.

Vehículos de emergencia estacionados en el Centro Cívico Poniente Sur de Córdoba, donde se está prestando asistencia a los familiares de las personas desaparecidas tras el descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad cerca de Adamuz.

Vehículos de emergencia estacionados en el Centro Cívico Poniente Sur de Córdoba, donde se está prestando asistencia a los familiares de las personas desaparecidas tras el descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad cerca de Adamuz. Reuters / Ana Beltrán.

María del Mar García, presidenta del Consejo de Enfermería de Andalucía, observa las caras al salir del centro cívico. "Están destrozados", dice. "Algunos no quieren ver la realidad. Otros ya saben lo que les van a decir". Las identificaciones son lentas. Las autopsias, complejas. El tiempo no corre a favor.

Mientras tanto, las familias hacen lo único que pueden hacer: esperar juntas. Volver cada mañana. No irse del todo. Permanecer cerca de la información, aunque no llegue.

Alguien deja una mochila en el suelo y no la recoge en horas. Otro se queda mirando una pared blanca. Una mujer se tapa la cara con las manos durante minutos enteros.

El día dos

Es el segundo día tras la tragedia. El choque de trenes en Adamuz ya forma parte de la historia reciente del país. Pero aquí, en Poniente Sur, en Córdoba, sigue siendo presente.

Osiris sigue esperando. Marimar también. Javier no se mueve. Alguien pregunta si hay novedades. La respuesta es la misma. Los identifican, a los desaparecidos, por números: el asiento que ocupaban. "Familiares del 1A", se escucha.

En un restaurante cercano, alguien murmura: "Esta noche no nos vamos hasta que nos digan algo". Y Córdoba, alrededor, aprende a caminar de puntillas.