Retrato de Ferrándiz y sus víctimas.
La nueva vida de Ferrándiz, el asesino en serie de prostitutas que ahora aterroriza un pueblo vasco: "Le sirvo el café cada día"
Fue condenado a 69 años de prisión pero, al no poder cumplir más de 25, fue puesto en libertad en 2023. Ahora, reside en el municipio de Andoain.
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"Miedo". "Angustia". "Terror". "Incertidumbre". Son los adjetivos que utilizan varios vecinos de Andoain (San Sebastián, Guipúzcoa) para definir lo que sienten desde que se enteraron de que un asesino en serie se encuentra entre ellos.
Joaquín Ferrándiz Ventura, el hombre que mató y violó a cinco mujeres en Castellón durante la década de los 90, llevaría más de un año afincado en el municipio. El 14 de enero del año 2000 fue condenado a una pena total de 69 años de cárcel, sin embargo, la ley de la época solo permitía cumplir un máximo de 25, por lo que el 22 de julio de 2023 fue puesto en libertad.
Sus intenciones, según aseguró él mismo a su salida del centro penitenciario Herrera de la Mancha, eran las de irse a vivir al extranjero pero, al parecer, cambió de opinión y se trasladó inmediatamente a Guipúzcoa.
Durante un año mantuvo una vida aparentemente normal trabajando en una empresa de mensajería en Irún e, incluso, consiguió empezar una relación con la que fue allí su compañera de piso. Sin embargo, esta le acabó denunciando por acoso. Se le abrió un expediente por violencia de género y se le aplicó respecto a esta mujer una orden de alejamiento que aún sigue vigente.
Es por eso que Ferrándiz decidió huir de nuevo pero, esta vez, tan solo recorrió 33 kilómetros hasta que llegó Andoain. Ahora, el pueblo se encuentra atemorizado, y nadie allí se explica cómo es posible que lleven "un año viviendo con un asesino" sin que nadie les dijera nada.
"Mi hija no vuelve sola a casa"
"Llevamos un año sirviéndole los cortados todos los días y no sabíamos nada. Se pasea mucho por aquí, aunque hace una semana que no viene. Está todo el mundo cagado". Así se lo expresa a EL ESPAÑOL una vecina que regenta un local de la zona, y que prefiere mantenerse en el anonimato por "miedo". "No vaya a ser que por decir algo me venga a mí".
Le define como "un hombre muy educado, súper correcto, que siempre va impoluto y muy bien vestido". Pero eso lo pensaba antes de saber que se trataba de un "lobo con piel de cordero". "¿Ahora qué tranquilidad tengo yo? ¿Cómo puedo seguir haciendo vida normal sabiendo que una persona así está en la calle?", se cuestiona esta vecina.
Fotografía de archivo de Ferrándiz. Universidad de Salamanca.
De hecho, su hija "ya no vuelve sola a casa". "Viene de estudiar y el autobús la deja a más de un kilómetro de casa. Ahora, la voy a buscar con el coche porque con alguien así por la calle, no quiero que mi hija ande sola". De la misma manera lo suscribe otro camarero local que, a pesar de no tener hijos, se muestra "con mucha zozobra" porque Andoain "es un pueblo donde los niños y los jóvenes son muy libres".
"Suelen quedar a jugar en la plaza y, como esto es pequeño, suelen estar los chavales y las chavalas solos. Pero ahora ya no, la gente está muy preocupada. De hecho, ya se dice que se la ha visto merodear por los colegios", admite el joven.
Pero en el caso de las mujeres, el temor se hace aún más evidente. Es el caso de otra de las camareras del municipio que dice estar "aterrada" porque muchos días se encuentra sola en el local.
"Estuvo aquí hace tan sólo unos días, pero claro, yo no sabía nada. Ahora, ¿cómo se supone que tengo que reaccionar? Porque por mucho que intentes comportarte con normalidad, muchas veces los nervios te traicionan. Si ya las chicas tenemos que tener mil ojos por la calle, ahora mucho más", sentencia.
Encargado en una empresa de Irún
Por lo que sabe una vecina de la zona, y así se lo hace saber a este diario, "trabaja de encargado en una empresa en Irún". Una clienta suya trabaja con él y, dice, es un hombre "muy correcto".
También se apuntaba hacia un posible trabajo en una cadena de alimentación en el propio Andoain. Sin embargo, uno de los barberos del municipio asegura que "le despidieron cuando el jefe conoció sus antecedentes".
Ahora, los vecinos intentan seguir con su día a día, pero todos comparten un sentir general de miedo pero, también, "de indignación".
Todos se preguntan cómo es posible que se hayan tenido que enterar por la prensa sin que nadie les avisara de nada, de la misma manera que se preguntan "por qué alguien así está en la calle". "Y más siendo el tipo de asesino que es", comenta una joven.
Parece que nadie confía en su reinserción, y es que "ninguna persona, si es que se lo puede llamar así, que haya tenido esos impulsos, puede llegar a reinsertarse en la sociedad". "Y menos, cuando no ha pasado por ningún tratamiento ni acudió a ninguno de los programas que se ofrecían en prisión", señala indignada otra vecina.
La intranquilidad también resulta de que, "al ser tan de perfil bajo, nadie le sitúa dentro del pueblo, ni se sabe del barrio exacto donde reside", cuenta. Le definen como un ciudadano "de ir y venir", al que le gusta mucho "tomar café en los bares de la zona", pero que "procura no hablar con nadie".
Ahora, la Ertzaintza lo vigila de cerca. La misma vecina cuenta que ha visto "muchas más patrullas de arriba para abajo", y es que la preocupación crece acerca de su posible reincidencia.
Según publicó Diario Vasco, ha sido ubicado junto a locales de ocio nocturno de Irún, un patrón que ya cumplía antaño para elegir a sus víctimas y que, en este momento, hace saltar las alarmas.
El asesino del círculo
Aparentemente, la vida y la infancia de Joaquín Ferrándiz Ventura transcurrieron bajo la más absoluta normalidad, y no hay nada que explique cómo este hombre, con tan sólo 26 años, se transformó en un asesino en serie.
Nació el 9 de diciembre de 1963 en Valencia, fue el primero de tres hermanos y creció en una familia que todo su entorno describía como normal, sin un pasado traumático aparente.
Durante su juventud, Ferrándiz desarrolló una imagen de persona amable, educada y encantadora que le permitió integrarse perfectamente en la sociedad. Y fue precisamente por eso por lo que nadie se creería lo que haría poco tiempo después.
Su primer crimen tuvo lugar el 6 de agosto de 1989. Ese día, circulando por el camino del Palmeral entre Castellón y Benicàssim, atropelló deliberadamente a María José Rovira, una joven de 18 años que conducía un ciclomotor, fracturándola uno de sus tobillos.
El hombre salió del vehículo fingiendo preocupación y se ofreció a llevarla al hospital. Una vez que la víctima subió al coche, la condujo a una zona aislada de naranjos. Ya allí, utilizando cinta aislante y papeles, le tapó los ojos con clips de sujetar papeles debajo para evitar arrancarle las pestañas al retirar la cinta, una planificación que demostraba el nivel de premeditación.
La ató las manos, la amordazó con un trapo e intentó penetrarla con un vibrador y, posteriormente, con violencia directa. Tras la agresión, la abandonó cerca del hospital.
Ferrándiz fue identificado por un testigo que había presenciado el accidente y anotó su matrícula, aunque intentó eludir el suceso presentando inicialmente una coartada falsa, afirmando que la sangre encontrada en su vehículo pertenecía a una amiga llamada Ana, que supuestamente se había cortado el pie.
La misma Ana ratificó la historia en comisaría, pero los análisis de la sangre encontrada desmintieron la versión. Fue condenado a 14 años de prisión en mayo de 1990 por un delito de violación. Sin embargo, su madre, familia y amigos nunca creyeron en su culpabilidad.
Su progenitora, doña Asunción, recogió cientos de firmas pidiendo su liberación e, incluso, llegó a escribir cartas insultando a la víctima. En los pasillos de comisaría, Ferrándiz interpretó el papel de inocente, llorando y suplicando a su madre.
Durante su encarcelamiento, compartió celda con otro criminal que había matado a su esposa, de quien aprendió el modus operandi que más tarde utilizaría en sus propios asesinatos.
Pero para ello, tuvo que mostrar un comportamiento ejemplar: colaboró en el boletín de la prisión La Saeta, trabajó en la lavandería, aprobó la selectividad, escribió artículos y participó en el grupo de teatro.
Este buen comportamiento le valió la libertad condicional el 4 de abril de 1995, tras cumplir solo seis años de los 14 años de condena. Los responsables de la comisión de seguimiento le consideraron "totalmente reinsertado". Pero lo que hizo no fue sino otra cosa que pasar al siguiente nivel: el de asesinar.
La primera víctima mortal fue Sonia Rubio, una joven profesora de inglés de 25 años, desaparecida en la madrugada del 2 de julio de 1995 tras abandonar una discoteca en Benicàssim. Ferrándiz, que conocía de vista a Sonia, logró ganarse su confianza y le ofreció llevarla a casa.
Sin que ella pudiera imaginarlo, el trayecto se convirtió en un descenso al horror: Sonia fue maniatada, amordazada y estrangulada en un paraje solitario. Su cuerpo tardó meses en aparecer, semienterrado en una zona boscosa, lo que alimentó el clima de miedo en la provincia durante todo aquel verano.
Tras el enorme impacto mediático y policial por este crimen, Ferrándiz optó estratégicamente por elegir víctimas que pensaba pasarían desapercibidas: mujeres que ejercían la prostitución.
Entre enero y febrero de 1996, la zona de Vora Riu, a las afueras de Vila-real y junto al río Mijares, se convirtió en el escenario de sus siguientes asesinatos. Natalia Archelos, Mercedes Vélez y Francisca Salas sufrieron un destino similar: fueron abordadas, atadas, amordazadas y ejecutadas por estrangulamiento.
Los cuerpos aparecieron semienterrados, con signos evidentes del ritual homicida rehabilitado por Ferrándiz, quien buscaba la máxima humillación y control sobre sus víctimas incluso después de la muerte. La violencia con la que actuaba era fría y calculada, replicando patrones aprendidos en prisión y perfeccionados en la calle.
La última víctima fue Amelia Sandra García, una joven de 22 años que desapareció en septiembre de 1996 tras salir de una discoteca en Castellón. El modus operandi fue el mismo: acecho nocturno, abordaje aparentemente casual, desaparición y finalmente la muerte ritual. Meses después, la joven fue encontrada sin vida, y el patrón del asesino ya era claro para los investigadores.
El ciclo criminal de Ferrándiz quedaría paralizado en 1998, cuando un intento fallido de repetir sus ataques permitió a una víctima sobrevivir y aportar pistas que se convertirían en la clave para su detención.
Previo a este acontecimiento, la Guardia Civil, ante la dificultad para atrapar al asesino, tuvo que recurrir al criminólogo Vicente Garrido, quien elaboró el primer perfil criminal en España.
Fue quien, tras la teoría del círculo, (localizar geográficamente los lugares de los crímenes y elaborar una circunferencia para encontrar un punto central), teoría que después daría el apodo a Ferrándiz, logró poner luz al caso y, por fin, se pudo arrestar al asesino de Castellón.