Álex, el joven de 20 años asesinado en Cobeña, cuando volvía a casa a celebrar las fiestas.

Álex, el joven de 20 años asesinado en Cobeña, cuando volvía a casa a celebrar las fiestas. E.E.

Reportajes

La emotiva carta de despedida de los padres de Alex, el joven asesinado en las fiestas de Cobeña

Nuria y Felipe, sus padres, han escrito una emotiva carta despidiéndose de su hijo Alejandro, asesinado durante las fiestas de Cobeña (Madrid).

Los familiares, amigos y conocidos de Alejandro, el joven de 20 años que murió apuñalado el pasado miércoles en la localidad madrileña de Cobeña, le dieron este viernes su último adiós en la iglesia de la misma localidad.

Sus padres, tras el entierro, se mostraron reconfortados ante el gran apoyo y las numerosas muestras de cariño que han recibido tras su trágica pérdida, aunque no son suficientes para superar la muerte de un hijo. Más si cabe cuando ha muerto apuñalado, sin saber bien el motivo y, por el momento, sin un claro autor de los hechos.

Alejandro falleció durante la madrugada del 1 de mayo durante las fiestas de Cobeña. Una reyerta entre su grupo de amigos y un clan de carteristas acabó con el joven de 20 años muerto, con tres heridas por arma blanca, de las cuales una de ellas le atravesó el corazón. Otros amigos también resultaron heridos, pero sin duda la peor parte se la llevó él. Solo hay un detenido.

Con este escenario, los padres de Alejandro Bartolomé Morcuende han querido despedirse de él a través de una carta publicada por el diario El Mundo, en la que muestran todo el cariño que sentían hacia su hijo, pero también el dolor de unos padres a los que les han arrebatado la vida de su hijo.

Nuestro hijo Alejandro, Alex para todos, se nos ha ido para siempre

"El viernes despedimos a Alejandro junto a todos sus amigos en la iglesia de Cobeña, el pueblo donde fue bautizado hace justo ahora 20 años y en donde descansará para siempre. Podemos decir que en el pueblo de Cobeña, Alejandro ha sido muy feliz.

El grandísimo apoyo recibido en estos días nos reconforta y consuela, así como nos muestra el inmenso cariño que tantas personas sentían por él. Son muchos, una multitud, los que le han conocido en los distintos escenarios de su vida, trágicamente interrumpida: Benquerencia, en Lugo, Canadá, Inglaterra, Australia, Madrid y como no, de nuevo, Cobeña.

En todos ellos, Alejandro ha tenido amigos que le han querido y que le recordarán siempre; y puede que algunos de ellos llamen a sus hijos Alejandro, como el amigo perdido.

Seguramente los veremos crecer, hacerse hombres y formar familias. Y nos sentiremos satisfechos de verles salir adelante. Siempre con el pensamiento de que nuestro hijo tendría su misma edad.

Nuria, su madre, profesora de instituto y de nocturno, trata con chavales de la edad de Alejandro. No podrá evitar ver en cada uno de ellos a su hijo amado.

El pasado martes, después de un día de estudio en la biblioteca para preparar su vuelta a Inglaterra y realizar los exámenes finales, se dispuso a acudir, como siempre, a las fiestas de su pueblo, Cobeña. Decidió ir en autobús, pero no pudo subir porque iba atestado de gente, y nos pidió que le acercáramos. Así pues, Alejandro y yo, su padre, salimos de nuestro domicilio en Madrid rumbo a Cobeña.

Antes de salir, subió a despedirse de su madre: "Te quiero, mamá", y la abrazó. Como siempre hacía. Si se iba para siempre, como así fue, no sería sin despedirse.

Al llegar a Cobeña, le dije, también como siempre: "Hijo, cuídate. Te quiero ver mañana sano y salvo como hoy". Alejandro sonrió, dijo "Sí, papá", me dio un beso y salió para encontrarse con sus amigos y pasarlo en grande.

Ya no volvimos a verle con vida.

Alejandro era el mediano de tres hermanos. Les deja huérfanos a ellos y a nosotros de su cariño y sus abrazos. Porque Alejandro era millonario en besos y abrazos. En "te quieros" y en sonrisas. Y en muchas cosas buenas más.

El que acabó con la vida de Alejandro nos mató a todos al mismo tiempo y así como Alejandro ya no sufre, nosotros, su familia, seguiremos sufriendo su ausencia el resto del tiempo que nos quede por vivir. Ojalá yo, o su madre, pudiéramos dar nuestra vida por la suya, haber estado allí poniendo nuestro cuerpo de escudo. Ayudarle, como siempre hacemos los padres con los hijos. Pero no estábamos allí.

Alguien decidió por él que su vida había llegado a su fin, y en un instante acabó con todos los esfuerzos que los padres realizamos para sacar a nuestros hijos adelante.

La ilusión de los padres, la alegría de las madres que los sienten en las entrañas. Su dolor al parirlos y amamantarlos. Las noches sin dormir. Las visitas a urgencias. La niñez, la adolescencia; y cuando su vida parece por fin encaminada y está en lo mejor, cualquiera puede venir y arrebatárnoslos sin un porqué.

Alejandro no pudo defenderse, porque ni siquiera contaba con armas como las que emplearon contra él, ni pudo saber que las llevaban. Seguramente ni siquiera supo que le iban a atacar.

Estos días hemos escuchado de todos cosas muy bonitas. Muchos nos habéis dado las gracias por haber criado a un hijo como el nuestro, por haberle podido conocer, porque fuera como es.

Nos habéis dicho que Alejandro era noble, generoso, cariñoso y que siempre estaba con su sonrisa inolvidable.

Alejandro fue un bebé fabuloso, deseado y querido, carne de la carne de su madre, como todos los hijos engendrados de mujer. Todas las mujeres saben de lo que hablamos. Creció, siempre con sus catarros, sus vegetaciones, y sus bronquiolitis, pero sin dar jamás molestia alguna.

Y fue un niño feliz, un adolescente feliz y un joven feliz. Y habría sido un historiador feliz, un esposo feliz, un padre feliz y un abuelo feliz. No nos cabe ninguna duda.

No podemos en este momento describir nuestros sentimientos hacia el asesino de nuestro hijo, pero lo que sí podemos decir es que preferimos mil veces ser los padres de un hijo asesinado que ser los asesinos del hijo de unos padres; y que no nos cambiamos por él, a pesar de cómo estamos, a pesar de la condena que, alegremente, ha impuesto en nuestras vidas.

El que le mató probablemente nunca fue abrazado, nunca fue querido. No sabrá lo que es la alegría de vivir ni el sentirse amado. Alejandro solo sabía dar amor. Nunca odió a nadie ni deseó mal ajeno.

El amor de Alejandro, quien lo probó, lo sabe.

El habría utilizado estas palabras de Pablo Neruda:

Quiero que viváis mientras yo, dormido, os espero. Quiero que lo que amo siga vivo.

Javier Alejandro Bartolomé Morcuende nació en Madrid, el veintiséis de agosto de 1998. Se desplomó, desangrado, en la calle Mercado de Cobeña en la madrugada del uno de mayo de 2019. Tenía varias puñaladas. Una de ellas le atravesó el corazón".

P.D.: La memoria de Alejandro permanecerá en todos aquellos que le han conocido. Descanse en paz.

Nuria y Felipe, padres de Alejandro Bartolomé Morcuende.