Una voz, la de María Molina, la teniente de la Guardia Civil, ha resonado en El Campillo (Huelva) –y en toda España a través del televisor– dando órdenes. Ella, desde el pueblo, ha sido la encargada de coordinar, siempre acompañada del jefe de la de la Comandancia de Huelva Ezequiel Romero, la búsqueda de Laura Luelmo. La otra voz, la de Elvira Mora Pulido, la juez encargada de llevar el caso, no se ha escuchado. Ella no ha dicho ni una palabra. No ha querido y no es necesario.  Pero ha sido, como su colaboradora, clave para llevar a buen puerto el caso. Ambas, como mujeres, como ciudadanas y trabajadoras, cada una en su papel, han sufrido desde primera línea la fechoría de Bernardo Montoya, autor confeso del crimen. 

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María lo ha hecho desde El Campillo (Huelva), coordinando todas las labores de búsqueda. Firme, estoica y serena; atenta, rápida y cuidadosa. Daba órdenes y ayudaba. Sin temblores de pulso ni de voz. “¡Cualquier cosa, os ponéis en contacto conmigo!”, esgrimía, desde la calle,  incansable, dando sus instrucciones. “¡No se toca nada!”, avisaba. Con el objetivo claro: “¡Nuestra labor, en este caso, es que no quede ninguna zona por mirar!”, espetaba, delante del pueblo, pendiente de las más de 300 personas movilizadas en el operativo de la búsqueda de Laura Luelmo. 

Su voz, en El Campillo (Huelva), ha sido la de una teniente, la de una trabajadora, pero también la de una mujer afectada por lo ocurrido. Como todos los vecinos y voluntarios, llegó al pueblo con la esperanza de encontrar viva a Laura Luelmo, desaparecida el miércoles 12 de diciembre. A las 21:00 horas, se perdió la señal de GPS de la joven zamorana, que había llegado nueve días antes para hacer una sustitución como profesora de Plástica en el Instituto de la ciudad de Nerva. Entonces, se inició la búsqueda. 

María Molina, teniente de la Guardia Civil, da instrucciones para buscar a Laura Luelmo.

María, siempre al lado del coronel Ezequiel Moreno, es la que ha llevado la voz cantante en las labores de búsqueda. Mapa en mano, siempre cuidadosa, sin precipitarse, explicaba a cada vecino, a cada grupo, sin ponerse nerviosa ni pronunciar una mala palabra, su función. Unos por aquí; otros por allá. Siempre con una hipótesis en la cabeza: “¿Y si la encontramos?”. Por eso, durante el tiempo que se prolongó el rastreo de la zona (del miércoles 12 de diciembre al lunes 17), ella no cejó en su empeño de ver a Laura Luelmo viva. 

Lo ha hecho sin especular ni mirar las horas de jornada laboral echadas por la causa. Cada segundo, sabía, era importante amarrarlo para erradicar los condicionales. “No ha parado de trabajar, estaba siempre ahí, pendiente, colaborativa”, cuentan los vecinos del pueblo. Su labor era la de una teniente, pero también la de una portavoz. A ella también le ha correspondido hablar con la prensa. Siempre cuidadosa, sin poder entrar en la zona acotada, pero manteniendo una esperanza que fue menguando con el tic-tac del reloj, con la noticia de que habían encontrado a Laura semidesnuda y con signos de haber sufrido una agresión sexual a cinco kilómetros de El Campillo. 

Ella, hasta ese momento, hizo todo lo posible. Después, tuvo que asumir lo que se ha constatado con posterioridad a través de la autopsia: Bernardo Montoya, autor confeso del crimen, agredió sexualmente a la joven y la mató dos o tres días después de su desaparición de un golpe en la cabeza. Reincidió. El asesino confeso, dos meses después de salir de la cárcel, donde se había pasado los últimos 17 años (fue condenado a 22) por matar a una anciana de 80 años y por intentar violar a una joven en Cortegana, volvió a cometer un crimen.  

Laura Luelmo, asesinada presuntamente por Bernardo Montoya.

Bernardo Montoya trató, sin suerte, de borrar las pruebas. Lavó su casa, la número 13 de la calle Córdoba (enfrente de la vivienda de Laura) y sus ropas con lejía. Pero la Guardia Civil, en sus inspecciones, encontró sangre. Los agentes también hallaron una manta –la que habría utilizado para llevarla en su coche, un Alfa Romeo negro– cerca de la zona donde fue encontrada la chica. En el cementerio aparecieron sus llaves, su móvil y la cartera.

Su versión (él reconoció que la dejó viva y que le dio un golpe en la cabeza en un callejón) es la que tendrá que escuchar, de nuevo, la jueza instructora de Valverde del Camino (Huelva), Elvira Mora Pulido, la otra mujer clave en todo este proceso. Ella, de momento, no ha querido que la vean. “No le gusta ser protagonista”, cuentan sus conocidos a EL ESPAÑOL. 

Criada académicamente en el colegio Montessori de Huelva, Elvira Mora, que hace dos meses cumplió 41 años, ingresó en la carrera judicial por oposición. Lo hizo tardíamente respecto a la media de edad de los aspirantes (29 años de edad). Ella tenía 32 cuando aprobó con el número 60 de un total de 240. Empezó en la Escuela Judicial de Barcelona y su primer destino fue el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 2 de Lebrija (Sevilla). 

Desde entonces, ha pasado toda su carrera judicial en Andalucía. De Sevilla pasó a Valverde del Camino en 2011, un destino tranquilo donde es titular de Violencia de Género. Esta semana, Elvira tenía previsto irse de vacaciones. Sin embargo, se ha quedado conmocionada –como todos–, para llevar a buen puerto el caso de Laura Luelmo.

“Es una jueza a la vieja usanza. Muy trabajadora, tradicional, profesional… No es dicharachera o chufla. Habla lo justo; lo hace con sus resoluciones”, reconocen sus conocidos. Elvira no tiene redes sociales –o no, al menos, conocidas–, trata de evitar las fotos. O, al menos, no las deja al albur del vistazo de cualquier curioso. “Tiene criterio y, a los que trabajamos con ella, nos da confianza”, cuentan sus allegados a este periódico. 

Esta vez, eso sí, aunque no ha alzado la voz en público, sí lo ha hecho por escrito. En una comunicado, pide que se respete “el secreto de sumario a fin de salvaguardar el buen fin de la investigación y de no aumentar el dolor de los familiares y allegados de la víctima”. Es más, ha evitado, también, que este periódico, por ejemplo, pudiera obtener más información sobre la teniente María Molina. 

A partir de ahora, su voz tan solo se escuchará en el juzgado. Bernardo Montoya, este mismo viernes, fue trasladado desde la comandancia de Huelva hasta Valverde del Camino, donde ha pasado a disposición judicial. Allí, Elvira sí será protagonista. De momento, prefiere guardar el anonimato. No quiere fotos, ni honores, ni dar declaraciones. Sólo quiere hacer su trabajo lo mejor posible. Ese es su único objetivo. 

María y Elvira; Elvira y María. Dos profesionales, dos mujeres clave en el caso de Laura Luelmo. Una, en su primer momento, cuando tocó trabajar en su búsqueda. La otra, después, como instructora del caso. Ella será la que estipule qué se cuenta y qué no a partir de este momento sobre la trágica muerte de Laura Luelmo.