La trayectoria criminal de Bernardo Montoya Navarro, autor confeso del rapto, violación -que la autopsia prueba aunque él niega- y asesinato de Laura Luelmo, y de su hermano gemelo Luciano arranca hace al menos tres décadas en el pueblo onubense de Cortegana, a cuya población traumatizaron. Su abuela Carmen, la matriarca de la familia gitana local Montoya, vivía perfectamente integrada con sus vecinos payos en la casa del número 30 de la calle Peñas, en el casco antiguo. Carmen tenía un único hijo, Manuel, padre de los gemelos Bernardo y Luciano y de otros siete vástagos.

Los gemelos, nacidos en Badajoz hace 50 años, el 12 de octubre de 1968, emigraron con la familia a Lloret de Mar, en Barcelona, de donde era la familia de la madre, Isabel, ya fallecida, y donde siguen viviendo parte de sus hermanos, personas trabajadoras sin ningún perfil marginal. Hacia finales de los años 70 o principios de los 80, Manuel y parte de sus hijos, entre ellos los gemelos, se mudan al pueblo paterno, en Cortegana, en la sierra de Aracena, provincia de Huelva, al amparo de la abuela, en cuya casa se instalan.

Un vecino de la calle Peñas recuerda a los gemelos ya en el pueblo cuando eran unos niños de unos diez u once años. Un antiguo policía local recuerda que, cuando Bernardo y Luciano tenían 13 o 14 años, ya merodeaban de forma sospechosa codo con codo; en esa época les atribuyen los primeros hurtos. “Una madrugada les di el alto a las tres de la madrugada en la calle. ¿Qué hacían con esa edad a esas horas?”, dice el antiguo agente a EL ESPAÑOL. En la adolescencia y primera edad adulta ya se les consideraba ladronzuelos, pícaros, aprovechados, pero aún de poca monta.

Bernardo Montoya, autor confeso de la muerte de Laura Luelmo E.E.

“Cuando Bernardo tenía unos 18 años, me pidió prestado el coche porque decía que se había quedado sin gasolina para su R-12. Me lo encontré luego debajo del coche vaciándome el depósito. Le dije que me lo arreglara inmediatamente, y lo hizo. Pero me di cuenta de que me había robado la rueda de repuesto. Volví a buscarlo, le puse una navaja en el cuello y le di un ultimátum: ‘O me devuelves la rueda esta tarde o te corto el cuello. Por la tarde vino a mi casa y le devolvió la rueda a mi mujer. Fui a verlo y le dije, ‘Bernardo, la rueda no estaba ahí’; lo acompañé a que me la colocara en su sitio en el coche. Yo no le tenía miedo”. Con esta historia, este testigo señala un rasgo importante: Bernardo se doblegaba ante quien veía fuerte. En cambio, como veremos, asaltaba sin freno a quien tenía por presas débiles. Mujeres solas, ancianas o jóvenes.

La espiral criminal de los hermanos se agrava cuando se enganchan a las drogas, una plaga en la España de los años 80 y 90 de la que no escapan los pueblos de la sierra de Huelva y la vecina Cuenca Minera. Hay constancia legal de que al menos en 1992 Bernardo sufre una grave adicción a la heroína y la cocaína. A la vez, los gemelos Bernardo y Luciano se casan con dos hermanas de la importante familia local gitana de Los Aguilera y tienen hijos. Bernardo es padre de un hijo que hoy tiene unos 30 años y de una hija que ronda los 26 años. La misma edad que Laura Luelmo, su última víctima mortal. Luciano tiene varios hijos también con su pareja. La mujer de Bernardo se separó de él; la de Luciano sigue a su lado.

En 1994, al entregarse las viviendas de protección oficial del conjunto de la calle Castaño, en el barrio de Las Eritas, donde conviven vecinos payos y gitanos, Luciano se muda con su mujer y sus hijos al piso que les han concedido, en el 54D, que aún les pertenece pero de donde la mujer suele ausentarse para trabajar como temporera agrícola en la costa de Huelva. Se va Luciano a esta vivienda y Bernardo se queda viviendo en casa de su abuela en la calle Peñas 30. A partir de aquí, EL ESPAÑOL traza el recorrido de los temidos gemelos en los cinco escenarios de sus crímenes (los conocidos).

1. Bernardo asesina a machetazos de una vecina anciana

13 de diciembre de 1995: Bernardo penetra en la casa de Cecilia Fernández, de 82 años, vecina de calle en Cortegana, y la asesina a machetazos para que ella no declare en el juicio que iba a celebrarse por un asalto anterior contra ella.

En esta casa vivía Bernardo cuando mató a cecilia, que residía al lado en la casa. Eduardo del Campo

En 1995, Bernardo se cuela por la puerta abierta en el hogar de su vecina de toda la vida Cecilia Fernández, de 82 años, que vive sola tres casas más allá, en el número 34. La anciana vende a domicilio café portugués. Cecilia lo descubre, discuten, algo ocurre, y él le clava un cuchillo en el cuello, produciéndole un corte, por suerte para ella entonces, superficial. Otra vecina acompaña a Cecilia al ambulatorio y el médico alerta a la Guardia Civil. A Bernardo lo procesan y queda libre a la espera de juicio. No consta en la sentencia posterior de la Audiencia de Huelva que el juez o jueza instructor a quien correspondió el caso en el Juzgado de Instrucción Número 2 de Aracena, en cuyo partido judicial está Cortegana, impusiera medidas cautelares de protección para alejar a Bernardo y proteger a Cecilia hasta el juicio.

Tanto entonces como hoy las medidas cautelares de protección, como la de alejamiento, en casos de delincuencia común como éste eran potestativas del instructor judicial; hoy son automáticas, obligatorias, para los casos de violencia de género, en relaciones de parejas o análogas, pero no en otros delitos violentos. También hoy dependería del criterio del juez imponer alejamiento o no tras un asalto como el primero que sufrió Cecilia por parte de Bernardo en 1995. La señora quedó traumatizada por el ataque y repetía constantemente, recuerdan ahora a EL ESPAÑOL unos vecinos cercanos: “¡Este hombre va a venir cualquier día a matarme!”.

Produce dolor sólo pensar el miedo atroz, el pánico que desgarró a esta mujer día tras día mientras se acercaba la fecha del juicio en el que debía declarar, convencida de que el vecino de al lado, el joven toxicómano de entonces de 27 años, iba a consumar su amenaza. El hombre podía simplemente haber aceptado una pena menor por el asalto previo. Pero prefirió acallar a la víctima, a la testigo de cargo. Sobre las 23.30 horas del 13 de diciembre de 1995, Bernardo, armado con un machete, salta la tapia trasera del patio de la casa de Cecilia, trepa a una terraza, se encarama a otro tejado y entra dentro empujando el cristal de una ventana. Va al dormitorio, se agazapa como un depredador detrás de la puerta y al entrar la solitaria dueña la cose a machetazos: uno en la zona dorsal y seis en el cuello.

“Al ver que no daba señales de vida y que la televisión estaba puesta, el médico y yo cogimos una escalera y nos metimos por la ventana de arriba para ver qué le había pasado. Nos la encontramos encogida así en el suelo, muerta”, dice a este periódico el vecino que la encontró. “La Guardia Civil lo detuvo en su casa, ahí al lado. Se había escondido en el sótano”. Lo condenan a 15 años de cárcel y la prohibición de volver a Cortegana durante 5 años por asesinato, a 2 años y 7 meses y una multa de 2.700 euros por un delito de obstrucción a la justicia, y a 2 meses de arresto mayor y 600 euros de multa por un delito de allanamiento de morada, como recoge la sentencia de la Sección Primera de la Audiencia Provincial de Huelva, del 5 de noviembre de 1997. Le aplican una atenuante por su drogadicción.

2. Luciano roba y mata a otra vecina de Cortegana

15 de octubre de 2000: Luciano roba a una vecina de Cortegana, Mari Carmen Martínez Coronado y, minutos después de que ésta lo denuncie, él se cuela en su casa y la mata a cuchilladas, una de ellas en el cuello.

El este piso vivía Luciano cuando mató a Mari Carmen en 2000. Eduardo del Campo

Con el peligroso Bernardo en la cárcel, en Cortegana respiran más tranquilos, pero sólo a medias. A su hermano Luciano lo siguen temiendo como sospechoso habitual de los robos de la zona. Este gemelo vive con su mujer y sus hijos desde 1994, cuando se entregaron, en un piso de protección en el barrio de Las Eritas. En la noche entre el sábado 14 y el domingo 15 de octubre de 2000, en una discoteca de Cortegana ya desaparecida que está en la zona del Prado, Luciano, que acaba de cumplir ese viernes 32 años y es padre de familia numerosa, se fija en el bolso de una mujer que conversa con sus amigas en esa velada de fiesta.

Es el bolso de María del Carmen Martínez Coronado, de 36 años, conocida vecina de Cortegana por su papel como defensora de los derechos de las mujeres desde las filas de Izquierda Unida. Mari Carmen tiene dos hijas de 12 y 4 años que ha dejado esa noche al cuidado de su madre, a cuya casa se ha mudado tras su separación. La casa de la madre de Mari Carmen está en el bloque 6, puerta 3 del barrio de Las Colonias, que dista uno o dos minutos a pie del piso de Luciano. Son vecinos cercanos, como lo era Bernardo de su vecina Cecilia, a la que mató cinco años antes.

En la discoteca, Luciano mete la mano en el bolso y le hurta a Mari Carmen, que está por su cuenta con sus amigas, varias tarjetas bancarias y sanitarias y las llaves de su casa familiar, donde ella vivía antes de irse temporalmente con su madre. La mujer se percata de que le han robado y se va a la Guardia Civil a denunciar el hecho. En el camino se encuentra a Luciano y le echa en cara que ha sido él. Éste lo niega. Sabiendo que Mari Carmen va a la Guardia Civil, Luciano se va a la casa de la madre de Mari Carmen, donde sabe que vive. Aunque parezca absurdo (¿qué pena va a tener un simple hurto? ¿Por qué no acepta sin más que lo denuncie?), él quiere acallarla también, como hizo su hermano en el crimen precedente. Cerrarle la boca.

Aún de madrugada, Luciano salta la tapia que da desde la calle al patio de la casa materna de Mari Carmen y por una ventana del patio se mete en la vivienda. Coge un cuchillo de la cocina y al sentir que llega su vecina denunciante, a la que trae en coche un amigo desde el cuartel de la Guardia Civil, se abate sobre ella en cuanto entra en el pasillo. Le asesta una cuchillada en el torso y otra en el cuello. La hoja se queda clavada en la garganta de la víctima. En la casa, como recuerdan las crónicas de entonces, duermen las niñas y la abuela, Carmen. A las 6.45, descubre al bajar a su hija muerta. Los vecinos destacan hoy que el asesinato le provocó una depresión y que esta madre se suicidó el año pasado tirándose al vacío en un hospital de Huelva. Dicen que ella es otra víctima mortal de Luciano.

Luciano saltó la tapia que da desde la calle al patio de la casa materna de Mari Carmen Eduardo del Campo

Tras matar a su vecina, Luciano se vuelve a casa, a un minuto a pie, se da una ducha fría y se pone a ver la televisión hasta que lo detiene allí la Guardia Civil, como precisa la sentencia de la Sección III de la Audiencia de Huelva que lo condena el 11 de noviembre a 15 años de cárcel por asesinato. Luciano Montoya cumplió esta condena hacia finales de 2015 pero aún sigue en prisión, de la que ha salido estos días de permiso, por otros delitos de los que aún no han trascendido detalles. Retrocediendo al 2000, tras el asesinato de Mari Carmen los dos hermanos están ya en prisión, en la de Huelva. Dejan de ser un peligro en Cortegana pero los vecinos, indignados por este segundo crimen, se manifiesta este año, juntos payos y gitanos, pidiendo la expulsión de la familia Montoya, pese a que el resto de los miembros son inocentes.

Eran estos dos hermanos únicamente, subrayan hoy los vecinos a los que se pregunta, los que habían alterado trágicamente la convivencia y la paz del municipio, donde viven gitanos desde hace generaciones. La indignación brotará de nuevo de forma violenta cuando el 1 de enero de 2005 aparezca muerto otro vecino payo, Mateo Vázquez, discapacitado, y detengan a tres sospechosos gitanos. El domingo 16 de enero de 2005, tras una manifestación, centenares de personas se desvían al barrio de Las Eritas y atacan a pedradas las viviendas de familias gitanas y meten fuego a algunos enseres y coches. Visto desde la perspectiva del tiempo, se entiende que este tercer crimen mortal, cometido por personas que no eran familiares directos de Bernardo y Luciano, desató por acumulación con los de éstos la furia explosiva y en parte racista de muchos habitantes. Por culpa del miedo sembrado por los gemelos, muchos que habían convivido antes de su llegada con total normalidad con sus vecinos gitanos sin prestar ya demasiada atención a la etnia contraían, trastornados, la enfermedad social, pasajera o permanente, del racismo. Hoy, cuando se les pregunta de nuevo a unos y otros, gitanos y payos, insisten en que la convivencia es normal y que fueron los gemelos, a los que no quieren volver a ver por aquí, los que rompieron la paz mental colectiva.

3. Bernardo asalta a una joven de 27 años durante un permiso

26 de abril de 2008: Bernardo asalta poniéndole un cuchillo en la garganta a una mujer de 27 años en El Campillo.

Parque de Los Cipreses en el que atacó a una joven de El Campillo durante un permiso penitenciario

Bernardo Montoya empieza su décimo segundo año en la cárcel por su asesinato de 1995 cuando le conceden un permiso penitenciario. Como tiene prohibido ir a Cortegana por sentencia judicial, se instala en la vieja casita de 49 metros cuadrados que su padre ha comprado en el El Campillo, pueblo de 2.000 habitantes en la Cuenca Minera, a 47 kilómetros de Cortegana. Pero vuelve a las andadas. El sábado 26 de abril, sobre las siete de la tarde, va al parque municipal Los Cipreses, a menos de cinco minutos a pie de su casa, y asalta con un cuchillo a una vecina de 27 años que pasea a su pastor alemán. Al pie del escenario del parque, desierto ese día, la aborda por detrás, le pone el cuchillo en la garganta y le dice “¡No chilles y tira pa’bajo!” y “¡Como grites, te pincho!”, mientras intenta arrastrarla a una zona de maleza.

El perro ladra, Bernardo le clava el cuchillo al animal, y la mujer le pega un codazo y logra huir. En esa época, Bernardo lleva pelo muy largo y rizado, y perilla. Muestra síntomas de embriaguez, también quizás de estar drogado. Eso salva a la mujer, pues el asaltante cae el suelo y es incapaz de seguirla. Lo llamativo de este caso es que, según ha explicado la familia de la mujer a EL ESPAÑOL, Bernardo estuvo tres días sin ir a firmar al puesto de la Guardia Civil “y nadie vino a buscarlo”.

Sólo acudieron a buscarlo tras la denuncia por este asalto. ¿De quién habría sido la responsabilidad si el preso perdido hubiera violado y matado a la joven que se le escapó? El 13 de mayo de 2010, el Juzgado de lo Penal 3 de Huelva lo condena, por conformidad de las partes, a un año y seis meses de cárcel y tres años de prohibición de acercarse a menos de 200 metros de la víctima por un delito de amenazas, además de al pago de una multa de 120 euros por una falta de daños. Termina de cumplir esta pena de prisión el día 3 de marzo de 2015, como ha informado esta semana el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. La pena de asesinato la había cumplido el 23 de septiembre de 2013. Pero aún tuvo que seguir en la cárcel seis meses más para cumplir una pena de quebrantamiento de condena. El 23 de septiembre de 2009 no regresó a la prisión tras otro permiso penitenciario (al año del asalto a la vecina en el parque), se fugó y de nuevo detenido volvió a la cárcel el 9 de octubre de ese año.

4. Bernardo asalta y roba con violencia a dos ancianas en Cortegana

30 y 31 de mayo de 2015: Bernardo roba con violencia a dos ancianas en Cortegana en sendos asaltos.

Bernardo vive con su padre en la casa a la que se ha trasladado en el 34 de la calle Chanza de Cortegana. Eduardo del Campo

De nuevo libre en 2015, es incapaz de refrenar sus impulsos. Bernardo se ha ido a vivir a la casa nueva de su padre, que ha vendido la antigua de la abuela en el 30 de la calle Peñas y se ha venido al 34 de la calle Chanza, en Cortegana. A las once y media de la noche del 30 de mayo de 2015, Bernardo asalta a la anciana vecina de una casa de la acera de enfrente. Entra para robarle, ella lo descubre y Bernardo la agarra para evitar que la víctima salga a la calle, aunque la anciana logra huir y pedir auxilio. A la mañana siguiente, Bernardo le pega un tirón del bolso a otra mujer de 85 años en la calle. El Juzgado de lo Penal 3 de Huelva lo condena a 2 años, 10 meses y 15 días de cárcel y el pago de una multa de 180 euros por un delito de robo con violencia en grado de tentativa, un delito de robo con violencia y un delito leve de lesiones.

5. Bernardo sale de la cárcel y asesina a Laura Luelmo

12 de diciembre: Bernardo rapta, viola (según la autopsia) y asesina a Laura Luelmo en El Campillo

A la izquierda, la casa alquilada de la profesora asesinada, y a la derecha, la casa en la que vivía el autor confeso Eduardo del Campo

Bernardo Montoya sale limpio de la cárcel el 22 de octubre tras cumplir su última condena por el robo a las dos mujeres mayores de Cortegana. Y se viene a vivir, como en el permiso de 2008, a la casa que su padre le ha acondicionado semanas antes en el número 1 de la calle Córdoba de El Campillo. El padre, Manuel, le dice a un vecino que va a venir a la casa a vivir solo “un hijo mío que viene de Barcelona”, sin dar ninguna información sobre sus antecedentes. Este Bernardo de pelo corto y mucho mejor aspecto que el borracho o drogado de 2008 no es reconocido entre los pocos que pudieran relacionarlo con el asalto a la vecina de hace una década.

A principios de diciembre llega a la casita de enfrente, en el número 13, la profesora Laura Luelmo, de 26 años, que viene de Zamora para una sustitución de plásticas en el instituto de Nerva. Ni la Guardia Civil, ni los vecinos, ni la profesora que le ha prestado la casita a Laura (casita construida en 2009 por el padre de Bernardo) tienen información en ese momento de que su vecino es un delincuente reincidente con un patrón claro de asalto a mujeres solas, y en particular vecinas inmediatas. O si tienen esa información, no avisan a la recién llegada.

“Si hubiéramos sabido quién era ese vecino, claro que la habríamos avisado. ¡Lo habríamos detenido nosotros!”, dice Emilio Rodríguez un vecino de El Campillo. El miércoles 12 de septiembre después de las cuatro de la tarde Laura desaparece. La señal de su móvil se pierde cuatro horas después, a nueve kilómetros al norte del pueblo, junto a la presa de Camprofrío. La familia alerta a las autoridades, y el novio advierte -no sabemos si en ese mismo momento o en los días siguientes, en el transcurso de la investigación- de que Laura le había dicho, inquieta, que se sentía vigilada por el vecino de enfrente, Bernardo. El jueves 13 ya está la Guardia Civil en la casa de Laura.

Laura Luelmo, la joven maestra hallada muerta a 15 kilómetros de El Campillo (Huelva)

¿En qué momento saben los investigadores que tienen al gran sospechoso a cinco metros, en la puerta de al lado? Sólo hay que llamar a la puerta, preguntarle, entrar a registrar. Bernardo aún no ha huido. Dentro, como se ha descubierto ahora, hay rastros de sangre de Laura. El viernes 15, los vecinos van trenzando datos y ya sospechan del nuevo vecino. Bernardo va a media a tarde a ver a su novia en un vis a vis a la cárcel de Huelva y regresa a la casita de El Campillo. Un joven lo ve aquí montarse en su Alfa Romeo negro matrícula de Badajoz y marcharse a toda prisa, sobre las ocho y media o nueve de la noche, va a avisar a la cercana Peña Montera Salvochea y uno de los clientes llama a la Guardia Civil para alertar de que el para ellos ya sospechoso ha huido, cuenta a este periódico Emilio Rodríguez.

Sabemos también que los investigadores le han colocado una baliza localizadora al coche, pero no cuándo. El lunes encuentran el cuerpo de Laura en la sierra Colorada, a 6,5 kilómetros de su casa en El Campillo y en sentido opuesto de donde se perdió la señal de su móvil. Está boca abajo, semidesnuda, con un golpe en la cabeza y signos de estrangulamiento en el cuello. Yace entre maleza junto a un camino de tierra sin salida cerca de un vertedero mineral abandonado, al que se llega desde el kilómetro 166 de la N-435.

El martes detienen a Bernardo, que vuelve el miércoles a su casa para asistir al registro judicial entre gritos de “¡asesino!” de los vecinos. Confiesa que ha sido él. Sólo niega que la violara. La autopsia revela que su nueva víctima sufrió una agresión sexual. Él sólo admite que lo intentó y no la consumó. La autopsia preliminar indicó también que Laura murió entre dos y tres días después de su desaparición. Lo que quiere decir que estuvo viva en poder de su raptor muchas horas. Dos días o más. O que éste la atacó ese mismo día y la abandonó, moribunda, en ese paraje. Conociendo ahora su historial, todo indica que la mató, como a la señora Cecilia, para que no lo delatase