Bernardo Montoya no sólo ha sido conflictivo en la calle, sino también dentro de prisión. El autor confeso de Laura Luelmo en el Campillo (Huelva) también dejó su huella en el centro penitenciario de Cádiz Puerto III. Allí, agredió a un funcionario con una escoba rota –y estuvo a punto de clavársela– al conocer que, por riesgo de fuga, no le concedían permiso para ir al funeral de su madre, según publica Diario de Sevilla. Ese es uno de los muchos arrebatos que tuvo siempre que estuvo entre rejas. Siempre fue un tipo duro de puertas para dentro. Eso sí, en los últimos tiempos también fue considerado un preso modelo. 

El autor confesó de Laura Luelmo fue condenado a algo más de 22 años de cárcel por dos delitos. El primero, asesinar a una anciana de 80 años. A ella, le robó y  apuñaló antes de matarla. Se quedó con vida y denunció. Él pasó por diligencias policiales y, posteriormente, fue puesto en libertad. Entonces, acudió a casa de la señora y le quitó la vida. Ingresó en prisión. La segunda pena se le impuso por intentar violar a una joven cuando gozaba de un permiso (una de las muchas veces que reincidió). En total, pasó 17 años entre rejas. Salió hace dos meses. 

Sus días como recluso los pasó entre los centros penitenciarios de Cádiz y de Huelva. En su primera ‘casa’ carcelaria protagonizó un incidente que estuvo a punto de acabar en tragedia. Bernardo pidió un permiso especial para acudir al entierro de su madre. Desde prisión, valoraron la posibilidad de dárselo, pero después decidieron no hacerlo porque había riesgo de fuga. 

Entonces, en el modulo seis del Puerto III había dos funcionarios para 140 reclusos. El clima no era el propicio. Y a Bernardo no le sentó bien que no pudiese salir. La noticia no se la dio un psicólogo, sino un funcionario al que le cogió la matrícula. Tanto es así que el autor confeso de la muerte de Laura Luelmo empezó a autolesionarse dándose cabezazos en las paredes y amenazó con ahorcarse en el gimnasio, donde todos los vieran. 

Después, en el patio, rompió una escoba con la que enfiló hacia el funcionario que le había dado la noticia. Lo hizo con intención de clavársela, pero este pudo huir. Le dio una patada en el pecho y la desequilibró. Los funcionarios que estaban por allí lo inmovilizaron y calmaron la situación. Por suerte, el operario, en este caso, salió sin lesiones. 

El incidente no tuvo consecuencias penales. Le abrieron expediente disciplinario a Bernardo. Como máximo, en estos casos, a un recluso le pueden caer 14 días de aislamiento. Ahí termina todo. Ese es su hito dentro en un centro penitenciario donde no dio muchos problemas más cuando vio que su condena estaba a punto de capitular. De hecho, trabajó como soldador dentro de la cárcel. Después, durante sus últimos cuatro meses, fue trasladado a Huelva antes de salir de prisión. 

Bernardo Montoya, detenido por el crimen de Laura Luelmo.

Hace dos meses, salió de prisión. Y reincidió, como otras muchas veces en las que robó o intentó otro tipo de fechorías. Se instaló en el número 14 de la calle Córdoba en El Campillo (Huelva), en la casa de su familia. Desde allí, vigiló a Laura Luelmo y planeó cómo ‘atacarla’. Lo hizo el miércoles 12 de diciembre. Cuando ella salió a correr, él la habría seguido hasta el pantano de Campofrío, donde el móvil de ella perdió la señal del GPS. Ese mismo día empezaron las labores de búsqueda. Ella seguía viva, como posteriormente reveló la autopsia. Sin embargo, no la encontraron hasta principios de esta semana. 

Lo que también reveló la autopsia es que ella falleció dos o tres días después de desaparecer y que fue agredida sexualmente. Durante el tiempo que permaneció viva, pudo estar en casa de Bernardo. Allí, la Guardia Civil encontró rastros de sangre de la víctima. La manta con la que la metió en el coche, la encontró a pocos kilómetros donde posteriormente fue encontrada Laura. Sus llaves, su cartera y su móvil, los hallaron cerca del cementerio. 

Ahora, volverá a la cárcel. Se desconoce cuántos años pasará entre rejas. Lo cierto es que, tras confesar el crimen, pasará entre cuatro paredes parte del resto de su vida. Quizás, incluso, entera –si es condenado a prisión permanente revisable–. Eso es lo que queda por dilucidar cuando la investigación sigue su curso. Su ficha carcelaria está ahí para ilustrar el principio de la pesadilla.