Son 500 metros de cruel desesperación, revisados palmo a palmo por amigos, familiares y cuerpos policiales. 500 metros en Magaluf (Mallorca) que esconden un misterio inquietante: el paradero de Malén Zoé, la niña de 15 años que desapareció hace casi 1.500 días sin dejar rastro. Iba con su monopatín verde, una camisa de cuadros y una chaqueta vaquera. Venía del colegio y era la hora de comer. Lo que ocurrió con ella nadie parece saberlo. Desde entonces, su nombre se traduce en la zozobra de una historia inacabada, la de una niña a la que se le hundió el suelo bajo los pies para no volver jamás al mundo terrenal.

“No sabemos nada y ya no sabemos qué pensar”, solloza una amiga de la adolescente desaparecida en conversación con EL ESPAÑOL. Su voz es angustia: “Hemos oído de todo”. Porque en la mesa de investigación de la Guardia Civil ha llegado a pesar tanto la desaparición voluntaria como la forzosa. Se han rastreado fincas con todos los medios posibles, se han investigado a las amistades de Malén Zoé y a su familia, rota entre las acusaciones y las desavenencias. Todas las hipótesis se han derrumbado, sin quedar ninguna en pie. Sólo la certeza de que la niña ausente tendría hoy 19 años.

La de Malén Zoé Ortiz es una historia con tantas aristas que el relato que más se sostiene es el cronológico. Así, nos ubicamos en el punto de partida: las 15.00 horas del 2 de diciembre de 2013. La adolescente tiene 15 años y una vida llena de obstáculos. Sus padres, argentinos, están separados y la relación entre ellos es tormentosa. Malén es la mayor de los hijos de la pareja; Bruno tiene tres años menos que ella.

Las notas de la chiquilla no son buenas. El año anterior arrastró siete asignaturas, aunque logró superarlas con el refuerzo de profesores particulares. Hay quienes dicen que sus compañías en el IES de Santa Ponça, donde estudia, no son buenas. En cualquier caso, lleva unos meses con una relativa estabilidad emocional; la que le aporta Dani, su novio de 17 años, con quien se entiende a la perfección.

De pelo castaño ondulado y ojos almendrados, la muchacha está orgullosa –como afirma en sus redes sociales- de haber perdido hasta 15 kilos en los últimos tiempos.

Malén Zoé camina con su patinete verde bajo el brazo. El autobús escolar la ha dejado en la parada de Los Piratas, en Magaluf, y emprende el camino hasta la casa de su padre, Alejandro, ubicada en Cala Viñas. Al llegar a la puerta, cae en la cuenta de que ese día no se ha llevado las llaves al instituto. Antes que quedarse en la calle, opta por avisar a su novio, Dani, que la invita a comer a su casa junto a su familia. El móvil de Malén marca las 15.25.

Malén iba con esta ropa y este patinete en el momento de su desaparición.

Malén iba con esta ropa y este patinete en el momento de su desaparición.

La joven llama a su padre para explicarle que comerá con su novio, pero no logra contactar con él. En su lugar, habla con la secretaria de éste -Alejandro Ortiz tiene varias empresas de agua en Mallorca- y le comunica sus planes: “Me he dejado las llaves en casa. Voy a comer con Dani”.

La casa del chico está a unos cuatro kilómetros de distancia, en Son Ferrer. Malén emprende el camino… pero nunca llega a destino. La voz de la amiga de la joven se altera al llegar hasta este punto del relato:

-¡Desapareció! ¡Y nadie sabe dónde!

Esta amiga se mantiene en el anonimato: “No me fío de todas las personas implicadas en esta historia”.

Recorrido que debía seguir Malén entre la casa de su padre, en Cala Viñas, y la de su novio, en Son Ferrer.

Recorrido que debía seguir Malén entre la casa de su padre, en Cala Viñas, y la de su novio, en Son Ferrer.

Un vacío de 500 metros

En realidad, lo último que se sabe con certeza de Malén Zoé son las imágenes grabadas por la cámara de seguridad de una gasolinera próxima a la casa de su padre. Hasta ahí, nada sospechoso: esa era la ruta que la muchacha debía tomar rumbo al lugar de residencia de su novio.

Pero nada más. Los agentes se han encontrado una y otra vez con que el suelo se desplomaba bajo sus pies en este punto. Tras revisar todas las cámaras de seguridad de la zona, sospechan que Malén no pudo llegar más allá de 500 metros de la gasolinera.

Sea como fuere, nunca llegó a casa de su novio. Alejandro, padre de Malén, denunció la desaparición ese mismo día: “La norma principal es que al caer la noche mis dos hijos tienen que estar en casa. Sin excusas”, declararía en una entrevista en Última Hora.

Alejandro Ortiz, junto a sus hijos Malén y Bruno.

Alejandro Ortiz, junto a sus hijos Malén y Bruno.

“Enseguida se armó una buena para buscar a Malén”, detalla la amiga de la muchacha a EL ESPAÑOL. Esa frase resume un dispositivo compuesto por agentes de la Guardia Civil, Policía Nacional, Bomberos y Protección Civil; perros, helicópteros y todos los medios al alcance para peinar cada metro, cada palmo. Según fuentes próximas al caso, se trató del mayor despliegue policial en Mallorca en décadas.

Esta amiga se trastabilla al hablar, agobiada por los recuerdos:

-¿Nadie vio nada, no hubo testigos?

-Ninguno… Bueno, muchos al principio. Alguien dijo que la había visto con otro chico en un mercadillo de Navidad, pero al final nada. También dijeron que se le había visto en Son Banya.

Son Banya: poblado gitano por antonomasia cerca de Palma de Mallorca, uno de los más pobres y en los que la droga causaba estragos. En aquellos años, no era especialmente recomendable caminar por sus calles.

Redada efectuada por la Policía en Son Banya en 2012.

Redada efectuada por la Policía en Son Banya en 2012. EFE

Desesperado por la falta de noticias, Alejandro Ortiz siguió esta pista. Se adentró en Son Banya y llegó a hacer buenas migas con el Ico, una de las grandes figuras del poblado e hijo de la Paca, matriarca del lugar. El Ico, consternado por el dolor de Alejandro –“Yo también soy padre de varios niños”-, ofreció una recompensa de 3.500 euros a quien aportase una pista fiable sobre el paradero de Malén.

Estalla la situación familiar

Hasta la familia con los cimientos más sólidos sufriría una sacudida difícil de soportar si uno de sus miembros desapareciese sin más, de la noche a la mañana. Los investigadores rastrearon hasta la saciedad esos 500 metros, las charcas de los campos de golf cercanos, una finca próxima semiabandonada –tomando declaración a varios okupas e indigentes que la frecuentaban-, las costas que estaban más cerca... Nada, todos los resultados fueron frustrantes.

La falta de noticias fue un torpedo a la línea de flotación de la familia Ortiz Rodríguez. La relación entre los padres, Alejandro y Natalia, era prácticamente inexistente. Los dos hijos –según el relato del padre- abandonaron la casa de Natalia hacía dos años y desde entonces vivían en la de Alejandro.

“La vida de Malén era dura”, afirma su amiga sin dudar. La convivencia, según detalla, estallaba con excesiva facilidad. En cierta ocasión, asegura, Malén llegó a escribir una nota de suicidio, aunque nunca consumó su plan. Había sufrido profundos cambios de peso y se refugiaba en la música y las artes.

La vida de Malén Ortiz había pasado por varios exabruptos.

La vida de Malén Ortiz había pasado por varios exabruptos.

En cierta ocasión, la muchacha respondió a una pregunta que un usuario le lanzó a través de las redes sociales:

-¿Alguna vez tus padres te han dado una paliza frente a tus amigos o familiares?

-No. Mi padre siempre espera a que estemos solos.

Una bomba para los investigadores, que se lanzaron a investigar la historia familiar de Malén. Era julio de 2014 (se habían cumplido ocho meses de la desaparición) cuando agentes de la Guardia Civil detuvieron a Alejandro por un presunto delito de malos tratos sobre la mujer con la que mantenía una relación. El juez lo dejó en libertad y le impuso una orden de alejamiento.

EL ESPAÑOL ha tratado de contactar con Alejandro sin obtener respuesta. El padre y la madre de Malén se han lanzado el uno al otro duras acusaciones a través de los medios de comunicación.

Todos estos detalles eran significativos en una investigación atascada. Si el entorno de Malén apenas se sostenía, no se podía descartar la desaparición voluntaria.

Pero pasaban las semanas, los meses, y esa hipótesis, sin llegar a descartarla, fue perdiendo fuerza. Es harto complicado que una chica de 15 años se marchase sin dejar rastro, sin que los más avezados agentes del Instituto Armado (con el apoyo permanente de unidades especializadas de Madrid) encontrasen una pista significativa.

Tras estudiar obsesivamente los últimos pasos de Malén no hay más que incertidumbre. No existen mensajes de despedida o movimientos que hiciesen sospechar de su marcha. El vacío.

“Nunca perderemos la esperanza”

Daniel, el novio de Malén –su casa también fue registrada, sin resultado-, declaró en una entrevista en El Mundo: “Quizá la pista más crucial la tenemos delante de nuestras narices, sólo falta verla”.

Hoy, la amiga de la joven es más pesimista al hablar con EL ESPAÑOL:

-No se descarta ninguna hipótesis. ¿Sigue pensando que es posible encontrarla con vida?

-Después de tanto… nos hemos hecho a la idea de lo peor. No saber qué le pudo pasar nos mata. No creo que se fuera sin más, sin decirnos nada a nadie. Y nos habría dicho algo después de ver que lo estamos pasando tan mal. No, no se fue así. Sólo queremos saber qué fue lo que le pasó.

Las investigaciones siguen abiertas. Aún no se descarta ninguna hipótesis, pero la impresión es que un gran muro bloquea cualquier pesquisa.

Pese a todo, familiares y amigos de Malén se reunieron el pasado 28 de octubre en Santa Ponça, en Mallorca, para recordar a la muchacha, que ese día debía cumplir 19 años. En su memoria se liberaron 19 mariposas.

Raquel, la madre de la desaparecida, tras casi 1.500 días sintiendo su ausencia, le dirigió un mensaje, convencida de que de algún modo u otro lo escuchará: “Tenemos necesidad de verte y nunca perderemos la esperanza de tenerte, Malén”.

Malén Zoe Ortiz.

Malén Zoe Ortiz.