Paloma Anca
He estado un mes sin beber alcohol y esto es lo que me ha pasado
¿Poderes mentales? ¿Piel más luminosa? ¿Sueño profundo? Paloma Anca nos cuenta la letra pequeña de la cerveza sin alcohol
He estado todo septiembre sin beber alcohol. A estas alturas, según los carruseles gurús de Instagram, debería dormir ocho horas, pensar con la claridad de un ajedrecista y tener una piel capaz de iluminar el pasillo. Ya os adelanto que sigo sin recordar para qué he entrado en la cocina. Además, he puesto a prueba mi paciencia cada vez que he pedido una cerveza sin alcohol.
Aclaro que normalmente bebo poco: algunas cervezas el fin de semana, un Margarita de vez en cuando, copas en ocasiones muy especiales. Y entre semana, prácticamente nada. Pero durante las vacaciones, los fines de semana son eternos y para distinguir un martes de un sábado hay que mirar el calendario. Así fue como surgió la idea, quería hacer un ‘detox’ después de un agosto difuso.
Así que empecé el mes pidiendo cerveza sin alcohol en un cumpleaños y no me disgustó. Me acostumbré rápido al sabor. Me costó más acostumbrarme a dar explicaciones. Porque una cerveza normal no despierta ninguna curiosidad, pero de una 0,0 surgen más preguntas que en un interrogatorio entre un agente de la DEA y un miembro del cártel de Medellín.
En cuanto al deporte: ¡He vuelto a batir mi mejor marca personal en una carrera! Me gustaría atribuirle el mérito a mi vida mes sin alcohol, pero también batí marca en una carrera en abril, y en esa época me tomaba cervezas como si fuese Kate Moss en un festival.
Duermo igual de bien que antes. Y cuando hay luna llena, igual de mal. Pienso a mi velocidad habitual, que además como soy rubia cambia bastante según la hora. Los mosquitos siguen enamorados de mí. Y mi piel está luminosa, sí, como ya lo estaba antes gracias a una rutina de cuidado que cuesta más que un Margarita en el aeropuerto.
No he tenido resaca. Sería preocupante haberla tenido. Tampoco he publicado ningún storie del que arrepentirme a la mañana siguiente. He disfrutado de los domingos recordando perfectamente la noche anterior, aunque tampoco había demasiado que reconstruir, no nos vamos a engañar.
También he adelgazado. Pero esto no ocurrió hasta mediados de septiembre, cuando cerré el pico empecé a cenar platos tan alegres como un lunes de enero: pavo, queso fresco, yogur, manzana, ya sabéis.
Este mes he estado muy tranquila, pero no sabría decir si más feliz. Cuando quedaba con gente normal que sí bebía, al principio seguía la conversación sin problemas. Pero van llegando más rondas, el tono de voz sube y cada cual empieza una historia antes de que el otro haya terminado la suya. Todos parecen entenderse menos yo, que con mi cerveza 0,0 buscaba la frase que me había perdido. No eran experiencias profundas, pero he echado de menos entender el chiste.
Al final se acabó septiembre y sigo siendo la misma, aunque he aprendido que no beber no me hace más feliz, pero me ha quedado claro que puedo cumplir lo que me propongo. No sé si eso me convierte en una versión superior de mí misma, pero algún mérito tendrá. Y ya os adelanto que este fin de semana me pediré una cerveza, o un Margarita. O los dos. Y después de treinta días dando explicaciones por no beber, no descarto tener que convocar una rueda de prensa la semana que viene para explicar qué hacía yo en ese storie que subí a las tres de la mañana.