Paloma Anca
“Yo no soy muy de dulce” y otras frases que me molestan.
Paloma Anca habla sobre personas que no quieren postre y terminan excavando hasta la base de galleta, parejas que han dejado de hablar en singular y regalos de cumpleaños que exigen un Bizum de 90 euros
Hay frases que, en apariencia, no tienen nada de malo. No insultan, no contienen amenazas y podrían pronunciarse delante de un niño sin perjudicar su desarrollo emocional. Pero me sacan de quicio.
Muchas se dicen durante una cena entre amigos, un lugar excelente para descubrir aspectos desconocidos de los demás. Porque está quien llega con una botella de vino y quien llega con las manos vacías. Quien ayuda a recoger y quien desaparece en cuanto ve entrar los platos en la cocina. Quien toma postre y quien dice ‘Yo no voy a tomar postre’ mirando a los demás por encima del hombro. La del postre es solo una de esas frases que no tienen nada de malo, pero que me irritan:
“Yo no soy muy de dulce”: que en mi cabeza significa: no necesito cubrir ningún vacío emocional con chocolate y mantengo una relación adulta con el azúcar. Eso sí, cuando llegue el postre, esa persona pedirá probar ‘solo una cucharadita’ y terminará excavando hasta la base de galleta.
“Muchas veces se me olvida comer”: me produce una mezcla de admiración y desconfianza. A mí se me puede olvidar devolver una llamada, comprar huevos ecológicos o felicitar a alguien que no tiene Instagram. Comer, no. ¿Cómo es posible que sean las cuatro de la tarde, lleves seis horas trabajando y ni una sola croqueta de cocido haya atravesado tu mente? No lo entiendo.
“Cómo ibas ayer”: aparece después de una noche de borrachera en la que bebiste más de la cuenta, bailaste con entusiasmo y enviaste algún mensaje que por la mañana decidiste no releer. Si lo recuerdo, ya lo sé; y si no, no vengas a estropearlo.
“No tengo tiempo para ver series”: todos disponemos de veinticuatro horas al día. Algunos las emplean en aprender idiomas, otros en preparar una maratón y otros necesitamos saber quién mató a una chica en un pueblo noruego donde nunca sale el sol. No entiendo por qué una de estas actividades es mejor que la otra.
“A mí me gusta madrugar”: lo suele decir alguien que se levanta a las seis el domingo porque ‘el cuerpo se lo pide’. Los domingos a mí el cuerpo me pide que no lo moleste. Si alguna vez me levanto a las seis será porque tengo que coger un vuelo (barato) o porque el edificio está ardiendo. Y dependiendo del precio del vuelo y de la intensidad del fuego, me lo pensaría.
“Ya aparecerá alguien”: se le dice a una mujer soltera que puede que no esté buscando a nadie. O puede que acabe de dejarlo con alguien y todavía celebra poder dormir sin un jabalí roncando al lado en diagonal. O a lo mejor quiere enamorarse mañana mismo. En cualquier caso, no necesita que la tranquilicen como si estuviera esperando un trasplante.
“Nosotros no somos mucho de salir”: en el extremo opuesto están las parejas que han dejado de utilizar la primera persona del singular. ‘Nosotros no trasnochamos’. ‘Nosotros cenamos pronto’. O la bomba: ‘Estamos embarazados’. ¿En qué momento dos adultos firman la fusión y pasan a compartir gustos, horarios y aparato reproductor?
“¿Quieres participar en el regalo de X?” Sí, claro. Qué ilusión.
—Perfecto. Hazme un Bizum de 90 euros.
En ese momento descubres que no estabas participando en un detalle, sino en el aspirador sin cable Dyson V11 Advanced. Tú conoces a la homenajeada del gimnasio y una vez te dejó una goma del pelo, pero ahora ya estás dentro.
Reconozco que yo he utilizado varias de estas frases. Y tú también. La clave está en no convertir nuestras costumbres en certificados de superioridad. Y si no eres muy de dulce, en demostrarlo cuando llegue mi tiramisú.