Paloma Anca

Paloma Anca DD. El Español

Opinión

El hombre que me hizo esperar demasiado

Paloma Anca nos habla sobre un hombre que llegó una hora tarde, mensajes que nunca llegan y horas perdidas que nadie te devuelve”

Publicada

Hace unos días quedé con un hombre en mi casa. El hombre llegó una hora tarde. Durante esa hora me indigné, pataleé y estoy segura de que al hombre le pitaron los oídos. Pero en algún momento entre mirar el reloj, asomarme a la ventana y desearle el mal alguna pequeña incomodidad (como una rinitis crónica, no más), empecé a escribir este artículo. ¿Por qué hay gente que no le da valor al tiempo de los demás?

Quedas con alguien a las nueve y aparece a las diez. Te citan a una hora y cuando llevas cuarenta minutos esperando, empiezas a dudar de ti misma: “¿habré mirado mal el calendario?”. Miras el calendario. No, era hoy. Te dicen que te entregarán un paquete por la mañana y terminas organizando tu día en base a una furgoneta que parece estar haciendo el Camino de Santiago.

Y no hablo de retrasarse diez minutos. Ni siquiera hablo de llegar una hora tarde. Porque los imprevistos existen. Atascos, reuniones que se alargan, entregas anteriores que se complican, niños que se manchan y hay que cambiarlos, un chaparrón que te pilla sin paraguas, no encontrar las llaves que tienes en la mano, que el ascensor se pare en todos los pisos… En fin, días que se tuercen.

Pero mi indignación aparece cuando no avisan. Porque una cosa es llamar o mandar un mensaje y decir: “estoy en un atasco, me retraso una hora”. Y otra muy distinta es hacer un apagón informativo y aparecer sesenta minutos después. Como si entre las nueve y las diez, yo no tuviese nada mejor que hacer que mirar por la ventana intentando identificar tu vehículo. Porque eran las nueve y media y seguíamos sin señales del hombre con el que había quedado en mi casa.

Avisar no hará que llegues antes, pero permite que la otra persona decida qué hacer con ese tiempo. Trabajar. Salir a hacer un recado. Ducharse. Tomarse un café con una amiga. Ordenar el cajón de los tuppers. Buscar pisos de dos millones de euros en Idealista. Perder una hora mirando Instagram y terminar apuntándose a un rally por el desierto. Lo que le apetezca, que para eso la hora es suya.

Y con los servicios de mensajería ya es el colmo: “Pasaremos entre las 9 y las 13”. Perfecto. Cuatro horas de mi vida reservadas para la posible aparición de un aparador de madera de mango. Después, dan las 13:15 y nadie ha venido. Ni llamado. Ni escrito. Y el hueco para el aparador, triste vacío.

Creo que se ha normalizado demasiado eso de disponer del tiempo ajeno. Y yo no pido precisión ferroviaria española suiza. Pero pido que si vas a hacerme perder el tiempo, al menos avísame para que pueda perderlo como yo quiera.

A las diez sonó por fin el telefonillo. Para entonces ya había escrito la mitad de este artículo y se me había pasado parte del enfado. Hay gente hombres que te hacen perder el tiempo y hombres que te proporcionan material para una columna. Suelen ser los mismos.

Abrí la puerta, pero no le sonreí. Tampoco le avisé del pequeño escalón que hay al entrar. Una cosa es que se me hubiese pasado el enfado y otra, fomentar esas conductas. Me limité a dejarle pasar y señalarle el hueco donde tenía que colocar mi nuevo aparador de madera de mango.