La ciudad no es una terraza
Una foto, un turista y María Pita
Jesús Suárez narra una escena con un turista en A Coruña que terminó dejando una de las fotografías más surrealistas de su vida
Hay una cosa maravillosa de los turistas: sobreviven demasiado tiempo.
Porque cualquier persona con un mínimo instinto de conservación habría visto venir el desastre.
Yo bajaba por la Ciudad Vieja hacia María Pita después de ver a mi padre en el Hospital Militar. Ya estaba perdiendo vista a una velocidad bastante poco recomendable para alguien que todavía fingía hacer vida normal. La luz me reventaba los ojos. Pero claro, uno con treinta y pocos años todavía mantiene esa dignidad absurda del ser humano que se está hundiendo y sigue diciendo “no, no, yo controlo”.
La típica mentira que precede a las catástrofes.
Aquella tarde Galicia estaba haciendo lo suyo: nubes, claros, humedad y depresión ornamental. Y justo cuando entro en María Pita, aparece él.
El turista.
Rubio. Feliz. Descansado.
Probablemente alemán. Porque para acercarte tan tranquilo a un desconocido y entregarle una cámara de fotos tienes que venir de un país donde todavía creen en las instituciones y en la bondad humana.
Y me dice:
—¿Me podrías sacar una foto con el Ayuntamiento detrás?
Claro que sí.
Y si quieres luego te piloto un helicóptero con los pies.
Pero yo aún veía algo. Poco. Lo justo para seguir haciendo el ridículo con confianza. Así que cojo la cámara intentando parecer una persona funcional y en ese mismo instante… sale el sol.
Pantalla blanca.
Nada.
Cero.
Aquello no era una cámara digital. Era el puto portal de Narnia iluminado con focos de estadio.
Yo miraba la pantalla y no distinguía absolutamente nada. Pero nada. Ni al turista. Ni el Ayuntamiento. Ni mis ganas de vivir.
Entonces le pregunto:
—Pero… ¿está encendida?
Y él, sonriendo todavía, como quien aún no sabe que está a segundos de vivir una experiencia paranormal:
—Sí, sí, solo enfócame y dispara.
“Solo”.
Esa palabra que siempre utiliza alguien que no tiene que hacerlo él.
Solo enfoca.
Solo conduce.
Solo firma aquí.
Solo es una operación sencilla a corazón abierto.
Empiezo a mover la cámara de un lado para otro intentando encontrarlo. Parecía un francotirador con resaca buscando cobertura.
Horizontal.
Vertical.
Diagonal.
Aquello ya no era sacar una foto. Era rastrear fauna salvaje.
El turista seguía posando. Yo creo que al principio incluso sonreía. Luego debió empezar a sospechar que había cometido un error estratégico importante.
Cinco minutos allí.
Cinco.
Aquello ya tenía más tensión que una negociación de rehenes.
Entonces recurro al visor óptico.
Error.
Porque intentar enfocar por un agujerito cuando te estás quedando ciego es como intentar ver una película a través del culo de una botella.
Nada.
No encontraba al turista.
Hubo un momento en que ya no sabía si estaba apuntando al Ayuntamiento o a Lugo.
Pero claro, uno tiene orgullo. Ese orgullo miserable del que aún no acepta que la realidad acaba de darle una patada en la boca.
Así que pensé:
“Malo será.”
La frase oficial de todas las tragedias gallegas.
Y disparé.
—Ya está.
Lo dije con una seguridad espectacular. Como un cirujano después de amputar la pierna equivocada.
Entonces una nube tapa el sol.
María Pita entra en penumbra.
Y veo la pantalla perfectamente.
Nos acercamos los dos.
Él mira la foto.
Yo miro la foto.
Silencio.
Un silencio precioso.
Porque allí estaba la obra maestra.
El zoom estaba completamente al máximo.
La foto era un codo.
Solo un codo.
Un codo gigantesco ocupando toda la pantalla como si fuese el cartel promocional de una película independiente sueca sobre la ansiedad.
Y en mitad del codo… una ventanita diminuta del Ayuntamiento.
Aquello no era una fotografía turística.
Era arte contemporáneo financiado con drogas públicas.
El turista me miraba intentando procesar aquello.
Yo le devolvía la mirada con la serenidad de un hombre que ya ha aceptado que su carrera en la fotografía ha durado exactamente siete minutos.
Y lo mejor de todo es que no dijo nada.
Nada.
Ni una queja.
Porque hay momentos en los que el cerebro humano entiende que hablar no arregla absolutamente nada.
Cogió la cámara y se fue.
Sin despedirse.
Sin mirar atrás.
Como un veterano de guerra abandonando el frente.
Yo llegué junto a mis amigos en La Barrera y me preguntaron:
—¿Pero qué coño te pasó?
Y les dije:
—Creo que acabo de destruir el turismo internacional en A Coruña. Ese hombre vuelve a su país pensando que aquí las fotos las hacemos por partes.
Y probablemente todavía conserve aquella imagen.
El famoso codo de María Pita.
La única fotografía turística de la historia donde el monumento principal era una articulación humana.