Paloma Anca
Cosas que puedes perder en una mudanza
Paloma Anca reflexiona sobre un momento que todos hemos vivido (o viviremos): una mudanza
Yo pensaba que una mudanza consistía en meter cosas en cajas, trasladarlas y volver a colocarlas. Qué ingenuidad la mía.
Mudarse es una experiencia muy bonita cuando te la cuentan. Pero después, la haces tú y entiendes que la mudanza es un proceso de pérdida. Un proceso en el que Houdini se cuela en tu casa y hace su magia. Tú no le has invitado, pero se ve que él tiene llaves.
La cosa empieza suave. Un día no encuentras los auriculares y piensas ‘Ya aparecerán’. Puedes vivir sin ellos. Pero después tampoco aparecen las tijeras de la cocina. Y no puedes esperar a que aparezcan porque tienes que abrir cajas. Las necesitas ya. Así que decides utilizar las uñas y en consecuencia, te cargas tu recién estrenada manicura. Y te acuerdas del mago Houdini y de toda su familia.
Pero ojo, porque el asunto siempre se pone más interesante. Desaparece tu ejemplar de La Odisea. Ese que nunca leíste ni pensabas hacerlo, pero que le daba un aire intelectual a la librería. Desaparece el jersey que no te gustaba nada de tu marido ¿Tu marido también ha desaparecido? ¿Habrá ido a por tabaco?
Desaparece el cargador del cepillo eléctrico. Solo el cargador. El mando del garaje. La cinta métrica. Los antihistamínicos, y estamos en primavera. Tu bolígrafo preferido, que escribe mejor que todos los bolígrafos del mundo. Houdini, tenemos que hablar.
Y mientras intentas localizar al mago, te das cuenta de que en las mudanzas hay dos tipos de personas:
Los que primero tiran y luego se mudan.
Y los que primero se mudan y luego tiran ya verán.
Los primeros son prácticos. Ágiles. Funcionales. Gente capaz de desprenderse de los apuntes de la carrera sin pestañear. Los segundos somos más de “esto me puede hacer falta algún día”. Empaquetamos hasta la caja de Alfanova de 1996. Sin arcilla. Con el torno roto. Pero nunca se sabe cuándo vas a necesitar fabricar un cenicero artesanal para el salón nuevo.
También están los que etiquetan cada caja con precisión quirúrgica: “Vajilla FRÁGIL”, “Bufandas Invierno”, ”Novela Negra”. O los que escribimos “Varios” en diecisiete cajas. Después son las 22:48 de un martes, necesitas el cargador del móvil y descubres que lo más frágil de la casa no era la vajilla. Era tu paciencia.
Llegado este punto, notas que también empiezan a desaparecer cosas abstractas, como las ganas de vivir. Que las pierdes al tercer día o así, cuando te agachas a abrir una caja y tienes que levantarte a cámara lenta, sujetándote los lumbares.
La noción del tiempo también se esfuma. Siempre piensas que en un fin de semana estará todo hecho. Un mes después, abres un armario y descubres que sigue allí una caja de ‘Varios’, observándote como si ya formase parte de la familia.
La dignidad tarda en desaparecer entre 5 y 7 días. Dependiendo de la batería que le quede al cepillo de dientes eléctrico.
Y nunca estará claro de quién es la culpa. Puede ser tuya. De tu marido (si sigue localizable). De los de la mudanza. O puede ser de Houdini, que probablemente esté dentro de un armario, sentado sobre una caja en la que pone ‘Varios’, escuchando un podcast con sus auriculares nuevos.