En Galicia no creemos demasiado en el destino, pero sí en algo mucho más fiable: que siempre hay un amigo dispuesto a arruinarte una ronda jugando a los chinos. Un sistema milenario de toma de decisiones que funciona con monedas, sospechas y esa maravillosa capacidad humana de hablar con seguridad incluso cuando uno no sabe ni sumar sin usar los dedos del pie.

El juego es de una simpleza insultante: cada participante esconde monedas en el puño y empieza el desfile de numeritos intentando adivinar cuántas hay en total. Sin repetir cifras, que aquí el plagio está mal visto… salvo cuando alguien copia la excusa de “yo pensé que habías dicho otro número”.

Después llega el momento glorioso de abrir las manos. Ese instante en el que el silencio pesa más que una factura de la luz y alguien descubre que acaba de convertirse en patrocinador oficial de la siguiente ronda. Porque en los chinos no se gana. En los chinos solo se pierde más despacio.

Lo verdaderamente fascinante es el estudio psicológico que ofrece el juego. Está el estadístico de barra, que calcula probabilidades con la misma precisión con la que luego pide fiado. Está el optimista patológico, que dice cifras imposibles confiando en la providencia, en la Virgen del Carmen y en que los demás estén peor que él, que suele ser una estrategia sólida hasta que deja de serlo, normalmente cuando toca pagar.

Y luego está el tramposo moral, que no hace trampas, pero mira el puño ajeno con una intensidad que haría llorar a un polígrafo. Ese perfil que asegura no recordar cuántas monedas metió, pero sí recuerda quién le debe una caña desde 2003.

Los chinos son el único juego donde la amistad se mide en carcajadas mientras alguien calcula mentalmente si le queda saldo para el taxi. Es tradición gallega pura: desconfiar del azar, del prójimo y de uno mismo, todo al mismo tiempo.

En una sociedad llena de apps que prometen controlarlo todo, los chinos sobreviven porque recuerdan una verdad incómoda: la vida consiste básicamente en adivinar números sin tener ni idea… y pagar las consecuencias con dignidad rural.

Porque al final siempre ocurre lo mismo. Todos hablan con una seguridad insultante, nadie sabe lo que hay dentro de los puños… y el más listo de la mesa termina invitando.