Los cines no están muriendo. Los están dejando morir. Y eso es todavía peor.

El cierre de los cines del Espacio Coruña no es una anécdota ni una casualidad. Es la consecuencia lógica de años de inmovilismo, de una industria que decidió no pensar mientras todo a su alrededor cambiaba.

No va de malas películas. Ese es el argumento del vago. El cine sigue existiendo. Lo que se ha derrumbado es la forma de ofrecerlo. Durante demasiado tiempo, los grandes complejos confundieron experiencia con acumulación: más salas, más pases, más carteles luminosos. El cine convertido en trámite. Llegar, pagar, sentarse, mirar una pantalla y salir sin que nada importe demasiado.

Mientras tanto, el público cambió. Cambió su relación con el tiempo, con el ocio, con la cultura. Y los cines grandes permanecieron idénticos: mismas butacas, mismos pasillos impersonales, mismos precios inflados, ninguna idea nueva. Como si la gente estuviera obligada a volver por pura costumbre.

No se reconstruyeron.
No crearon.
No ofrecieron nada distinto.

El cine podía haber vuelto a ser un acto y no un simple pase. Cada proyección podía haberse acompañado de contexto, de presentaciones breves, de coloquios posteriores. Bastaban unos minutos para convertir una sesión en algo más que consumo rápido.

Podía haberse programado con criterio y no solo con cartelera. Menos estrenos en cadena y más ciclos con discurso. Una sola sala bastaba para generar identidad, para crear un público fiel, para darle sentido a la programación.

Podían haber entendido que no todo necesita 300 butacas. Salas más pequeñas, vivas, cercanas, pensadas para reunirse, para hablar, para quedarse después de la película. El cine como espacio social real y no como hangar cultural.

Podían haber dejado de expulsar al espectador con precios que castigan. Tarifas flexibles, abonos temáticos, entradas pensadas para quien quiere volver. No se puede pedir fidelidad mientras se trata al público como un cajero automático.

El cine podía haberse mezclado con otras disciplinas. Música en directo, literatura, teatro leído, podcasts grabados en sala. El cine no necesitaba encerrarse en sí mismo, necesitaba contaminarse.

Podían haberse abierto a la ciudad en lugar de esconderse en centros comerciales sin identidad. Colaborar con asociaciones, barrios, universidades, festivales. Ser parte del tejido cultural y no un local de paso entre tiendas.

Podían haber apostado por lo local: cortos, documentales, creadores cercanos. No da beneficios inmediatos, pero crea pertenencia. Y la pertenencia llena salas.

Podían haber usado la tecnología para sumar: accesibilidad real, experiencias paralelas, contenidos exclusivos. La tecnología nunca fue el enemigo. Lo fue la falta de ideas.

Nada de esto era imposible.
Nada de esto era caro.
Nada de esto era nuevo.

Lo único que hacía falta era voluntad de cambiar el modelo.

Los cines no cerraron porque el público les diera la espalda. Cerraron porque dejaron de mirarlo hace años. Y ahora, cuando bajan la persiana, ya es tarde para fingir sorpresa.

Esto no es el final del cine.
Es solo el principio del derrumbe de quienes decidieron no evolucionar.