José Piñeiro y Sandra Martínez, en su granja en Narahío, en San Sadurniño.
Nosa Granxiña, premio a los valores de Galicia: "El rural es duro, pero da mucha satisfacción"
El programa Xuventude Crea distingue el proyecto de un matrimonio ferrolano que difunde a través de Instagram su adaptación al campo, adonde se mudó en 2020. Sandra Martínez, abogada, se dedica ahora al rural "al 100%" y destaca la "sensación de comunidad" de su entorno
Más sobre el programa: Más de 600 personas solicitaron participar en el 'Xuventude Crea' de la Xunta de Galicia
La historia de Nosa Granxiña nace con la pandemia del Covid, aunque quizá se venía fraguando desde antes: con el amor "de siempre" por el campo. Hoy alcanza un episodio de éxito, manifestado a través de uno de los premios Xuventude Crea de la Xunta de Galicia, que tiene que ver con la divulgación de los "valores" rurales, de los conocimientos tradicionales.
Sandra Martínez y José Piñeiro, dos ferrolanos nacidos en 1995, son los responsables de Nosa Granxiña (@nosagranxa), un proyecto divulgativo en Instagram que es también una forma de vida. En 2020 este matrimonio pasó el confinamiento en una vieja casa en Narahío, en el municipio de San Sadurniño (A Coruña), y de ahí no se han movido. "Vinimos con un sofá y cuatro gallinas que compramos". Martínez se dedica "100%" a su nueva vida en el campo, que comparte en la red social para defender "los valores del rural".
El programa Xuventude Crea da visibilidad a la innovación y a la creatividad de la gente joven de Galicia en trece disciplinas diferentes. Nosa Granxiña ganó el premio en la categoría de Creación de Contenido, siempre poniendo en valor la comunidad, con la propuesta O e-rural galego.
Este premio reconoce el esfuerzo por unir tradición e innovación, conjugar la actividad manual con la comunicación tecnológica. ¿Era esa la intención de O e-rural galego?
Exactamente. Creo que también la manera de divulgar la cultura popular y los conocimientos que nos transmiten los vecinos. Son cosas que no se ven o no se difunden y que a la gente le gusta ver y saber, por lo menos a mí.
Sandra Martínez en un tractor.
Toda esa sabiduría popular, ¿cómo la han canalizado a través de una herramienta tecnológica? Es como modernizar lo rural, ¿no?
Por desgracia, hoy hay poco contacto con el rural. La gente vive más en las ciudades, y nosotros, como amantes acérrimos del rural y de los conocimientos que se están perdiendo, quisimos que de alguna forma no se perdiesen. Gracias a las redes sociales puedes llegar adonde quieras y hacer accesible lo que muestras a todo el mundo.
Queremos que lo que hacemos llegue a la gente y que incluso pueda ser algo que uno pueda aplicar en su día a día aunque no viva en el campo. Internet permite que el conocimiento no se pierda y nosotros con nuestro proyecto le estamos dando valor.
¿Los vecinos les llaman "instagramers del rural" o "influencers del campo"?
Somos ochos vecinos y hay gente mayor. Nos dicen: levades todo o día falando co teléfono, estados tolos? Yo les explico que hago vídeos contando cómo se trabaja en el campo o mostrando sus fincas y sus animales. Gracias a Instagram somos una comunidad pequeña que se va haciendo más grande.
¿Ustedes qué sabían del campo cuando lo cambiaron por la ciudad?
Nada. Ni cómo nace un pimiento. Teníamos una laguna muy grande de conocimiento, del que estábamos desvinculados.
"En el campo se encuentra una sensación de comunidad que no hay en otros lugares donde hemos vivido. Se crea una familia muy bonita"
¿Y fue fácil engancharse a ese entorno ajeno?
Siempre nos encantó. Nos conocimos en el instituto y vivimos en Ferrol, Narón y Salamanca, donde estudié Derecho, pero nos unió el amor por el campo: decíamos que algún día nos gustaría marcharnos allí. No fue difícil entrar en el rural, pero sí chocante porque nos mudamos a una casa vieja y a las dos semanas cerraron todo por la pandemia, así que si no nos convencía el campo no podíamos volver a la ciudad.
Gracias a Josefa, mi vecina, empezamos a ver el campo de otra manera, a pesar de lo duro que es y del trabajo que da. Pero da también mucha satisfacción y se aprenden un montón de cosas.
Y no se han marchado de ahí.
Solo nos mudamos a otra casa a 500 metros. Y tenemos ocho ovejas y cuatro cabritos.
Sandra Martínez alimenta a sus animales.
¿Han dejado atrás, entonces, la vida que tenían antes?
Mi marido es marino y sigue viajando cuando embarca. Yo soy abogada y ahora hago otra vida. Vimos que lo que hacíamos, transmitir en la cuenta de Instagram nuestra nueva vida y los nuevos conocimientos, era importante, así que nos lanzamos. Y ahora soy yo la que me dedico al 100 por ciento a la granxiña. Fue un paso complicado porque hoy no es fácil emprender, y menos en el rural, pero tuvimos mucho apoyo de la familia. Estamos encantados.
¿Qué han hecho en la finca y qué han contado a través de la tecnología?
Nada más llegar empezamos a reconvertir la finca en bosque autóctono. Es una plantación de eucaliptos, cortamos la primera hectárea y plantaremos pradera para que luego los animales abonen de forma natural. Es algo lento pero hecho de forma natural, sin productos químicos. También hemos creado una zona de frutales con árboles autóctonos, un prado de flores para polinizadores y queremos arreglar el ecosistema con intervención más animal que humana, con las cabras desbrozando... ellas hacen el trabajo gordo.
Se ha referido a los valores de lo rural. ¿Cuáles son y qué satisfacciones les dan?
Es una suerte contar con la gente del campo alrededor. Aquí se crea una sensación de comunidad que no se encuentra en ciudades donde hemos vivido. Cada uno tiene su casa pero siempre está disponible para ayudar al vecino. Se crea una familia muy bonita. Hay un señor de 92 años que nos dice que vuelve a sentirse útil porque tiene a alguien a quien enseñar. Eso llena de satisfacción, y también lo compartimos en el canal de Instagram.