El Español
Actualidad
|
Galicia

José Manuel, padre de un pasajero del Alvia: "Vi la luz al comprobar que mi hijo estaba vivo"

Su hijo, Iago Sánchez, viajaba en el vagón 5 del tren, el contiguo al 6, uno de los más afectados. Consiguió salir del amasijo de hierros por su propio pie y tras casi cuatro meses de rehabilitación pudo retomar su vida, que se centra ahora en Londres, donde trabaja como visual manager para Inditex
Jose Manuel en A Coruña.
Quincemil
Jose Manuel en A Coruña.

El 24 de julio de 2013 la vida se paró en las vías del tren para los 224 pasajeros que viajaban en el Alvia Madrid-Ferrol y sus familias, concretamente en la curva A Grandeira de Angrois, a tan solo a tres kilómetros de Santiago de Compostela y a unas horas de que Galicia comenzase los festejos de su día grande. Hubo quienes nunca pudieron llegar a esas celebraciones (en el siniestro perdieron la vida 80 personas) y familiares que nunca volvieron a ver a los seres queridos que esperaban en el andén. Pero dentro de la desgracia que supone una de las mayores tragedias ferroviarias de Galicia, hay quienes corrieron mejor suerte y que a día de hoy han recuperado las riendas de sus vidas.

Este es el caso de José Manuel Sánchez, un funcionario de justicia jubilado recientemente y padre de dos hijos, que cuenta a Quincemil su historia la misma semana que comienza en la Ciudad de la Cultura el macrojuicio por esta causa, cuyas sesiones se extenderán inicialmente hasta junio de 2023. Su hijo mayor, Iago Sánchez, era uno de los pasajeros del vagón 5, justo el contiguo al 6, uno de los más afectados tras el descarrilamiento e impacto mortal. Nueve años después, puede presumir de haber estado recorriendo durante el mes de septiembre la campiña inglesa junto a su hijo, que tenía 24 años cuando sufrió el accidente y que ahora, con 33, se gana la vida como visual manager de Inditex en una tienda de Zara en Chelsea (Inglaterra).

"Hemos vuelto a la completa normalidad", celebra Sánchez, algo que aquel fatídico día veía demasiado lejos. Sobre el 24 de julio de 2013, rememora que empezó como un día normal, con la ilusión de ir a recoger a su hijo a la estación de Betanzos por la noche porque regresaba de Segovia, donde estaba realizando unas prácticas en la Concejalía de Cultura, a pasar unos días con su familia y celebrar su santo, precisamente el Día de Galicia, 25 de julio. El joven subió al tren en la estación de Segovia junto a otro joven unos años mayor, al que desconocía pero que tras el accidente se enteró de que no había corrido su misma suerte e integraba la lista de fallecidos.

"Lo que es el destino, mi hijo se iba a venir el día siguiente a Galicia, por su santo y aprovechando el puente. No solía coger ese tren, fue una coincidencia", explica. Todo empezó a torcerse cuando poco antes de las 22:00 horas de la noche de aquel día, cuando empezó a escuchar por las calles de Betanzos rumores de un accidente de tren, algo que se hizo una realidad cuando llegó a la estación. Allí, el responsable de la cantina que le conoce de toda la vida porque su padre, a la vez abuelo de Iago, fue ferroviario, le preguntó a qué iba y cuando él le dijo que esperaba a su hijo que venía desde Segovia en el Alvia, no quiso detallarle nada pero comentó a la familia lo del accidente.

"Cuando escuché que el accidente había sido cerca de Santiago me despreocupé pensando que no era el tren en el que venía mi hijo, porque porque antiguamente los trenes que venían de Madrid a Ferrol pasaban por Monforte y no por ahí", comenta, mientras recuerda que en cuanto se dio cuenta de lo que pasaba se puso muy nervioso y sólo se centró en que "tenía que conseguir llegar a Santiago". Una vez en el coche pidió a su mujer que apagase la radio para no aumentar su nerviosismo, mientras ella llamaba insistentemente a su hijo, cuyo teléfono daba señal de "apagado o fuera de cobertura" pero al que nunca contestó nadie. "No sé ni como llegué, iba muy lento por la autopista y cuando fui capaz de conducir hasta el puente donde se veía el accidente, fue una imagen tan dantesca que me vine abajo totalmente", reconoce el progenitor.

"Ambulancias, policía, gente...paré en el arcén de la autopista y la imagen era brutal, no puede uno ni describirla", afirma. Una vez su mujer, su hijo menor y él presenciaron el desastre, permanecieron un rato allí porque le temblaban las piernas: "nos echamos las manos a la cabeza y nos pusimos muy nerviosos", dice. Sobre el trayecto a Angrois, a la curva donde tuvo lugar el accidente, rememora que fue complicado llegar al cordón policial porque había una gran caravana de coches. Una vez allí, pidió a los agentes que le dejasen pasar porque su hijo viajaba en el tren, algo que le impidieron, y le derivaron, como a otras tantas familias al CHUS.

"Siempre pensé que mi hijo tenía que estar bien, nunca se me pasó por la cabeza que se hubiera ido"

A su llegada al hospital compostelano, tanto José Manuel como su familia llegaron desorientados, sin saber si su hijo y hermano "estaba allí, en otro sitio o no estaba". Sánchez cuenta que les dirigieron a una sala enorme y les ofrecieron agua y comida y les informaron de que les avisarían a medida que llegase información de los pasajeros. Sobre las 01:15 horas de la madrugada recuerda como si fuera ayer que pronunciaron el nombre de su hijo como persona herida. "Cuando lo escuché reviví un poco, no sabíamos cómo estaba pero que vivo sí al menos", detalla. Posteriormente les derivaron a otra sala, donde un médico habló con ellos y les dejó verle en el box de Urgencias.

"Ni lo conocíamos porque el pobre estaba bastante desfigurado, el rostro hinchado con cortes, la nariz rota...a mi mujer le dio una bajada de tensión y se desplomó de la emoción", expone Sánchez, que añade que el chico "estaba sedado porque tenía mucho dolor". A causa del accidente, Iago se rompió también la tibia, peroné y tobillo de la misma pierna y su espalda estaba completamente quemada debido a la abrasión que le produjo arrastrarse entre los amasijos del tren, en el que quedó atrapado por una pierna. "Nunca perdió el conocimiento, consiguió salir por su propio pie del tren como pudo", dice emocionado. "Vi la luz cuando comprobé que mi hijo estaba vivo, sabía que era Iago pero estaba tan irreconocible que lógicamente te impacta, pero es una sensación indescriptible. No puedes abrazarlo por las circunstancias y el dolor, nos decía mamá y papá pero débilmente por la sedación", detalla.

A pesar de todo, José Manuel nunca quiso ponerse en lo peor: "Siempre pensé que mi hijo tenía que estar bien, nunca se me pasó por la cabeza que se hubiera ido", asegura. Tras ver a Iago, José Manuel se encontró con un compañero de trabajo que estaba en su misma situación, al que le habían dado información sobre su hija pequeña, una menor herida, pero en aquel momento no sabía nada de su mujer. Días después se enteró de que la pareja de su compañero era una de las víctimas del Alvia. "Me contó que cuando habló con su hija la niña preguntaba por su mamá y por desgracia su mamá murió", lamenta.

Esa noche fue una de las más largas para esta familia, que tras unas llamadas y gracias a que su mujer trabaja en el Materno Infantil de A Coruña, consiguieron que el 25 de julio muy temprano su hijo fuese trasladado en una ambulancia medicalizada al CHUAC, donde permaneció 15 días y fue sometido a varias intervenciones. José Manuel pasó allí varias noches con su hijo, con sufrimiento por su estado, y tras el alta le esperaron tres meses y medio de larga rehabilitación, sobre todo por el estado de su pierna. En esas semanas estuvo de baja y yendo diariamente de Betanzos al hospital coruñés de Oza. "Para nosotros por muchas cicatrices que tuviera nos daba igual en ese momento, lo que importaba es que estaba vivo", celebra.

"Cuando reinició las prácticas cogió el mismo Alvia, se nos heló la sangre"

Sobre las secuelas psicológicas del accidente, José Manuel cuenta que a su hijo "en ningún momento le trataron en ese sentido" y asegura que "desde el minuto uno nunca quiso hablar de lo que pasó". "Iago siempre fue amante de viajar en tren por su abuelo, le gusta este transporte y viaja en muchos otros", comenta. En este sentido, José Manuel asegura que llevaron peor la situación su mujer y él, sobre todo cuando en enero de 2014 su hijo ya estaba recuperado y decidió coger el mismo Alvia pero desde A Coruña para ir hasta Segovia. "Estábamos tiesos cuando le vimos en el andén para subir al tren, pero él se fue tranquilamente. Quiso pasar página del accidente y volver a su vida y parece que lo ha conseguido, al tren no le tiene miedo", afirma.

Sobre los recuerdos de su hijo del accidente, argumenta que él le contó que iba en su asiento trabajando con su portátil y su móvil, y que no se dio cuenta de que pasaba nada grave hasta que sucedió el brutal impacto "y todo dio vueltas". "Después del golpe no sabía dónde estaba, las luces del tren se apagaron y fue un caos total de gente chillando, otra a la que le pasaban por encima...Él lo que quería era salir de allí, por eso se arrastró para que le viesen y le rescatasen", dice con alivio y alabando la fortaleza mental de su hijo frente a lo que ha vivido.

Su hijo ha decidido vivir ajeno a lo que se vio obligado a experimentar y no ha querido leer noticias ni acudir al juicio que comienza hoy en Santiago, pero en el primer aniversario del siniestro la familia acudió a la misa celebrada en la catedral compostelana y dejaron flores en Angrois en recuerdo de aquellos que dejaron su vida en las vías. "Todos los años me acuerdo de lo que sucedió cuando llega la fecha porque es imborrable. Este año cuando llegó el 24 de julio me dije: "Iago ya tiene nueve años"", exclama orgulloso este padre al que la vida le ha regalado un tiempo con su hijo que estuvo en riesgo de perder por una fatídica casualidad.

Actualidad