El rey Felipe VI, junto a Letizia Ortiz y el rey Mohamed VI.

El rey Felipe VI, junto a Letizia Ortiz y el rey Mohamed VI. EFE EFE

Tribunas

Ceuta: de esos polvos, estos lodos y chantajes

España es hoy incapaz de defender su soberanía de una manera efectiva.

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El viaje a ninguna parte de la legislatura toca a su fin, pero posiblemente lo hará de forma estruendosa y cruel.

España se quema literalmente cada verano, pero esta no es la única dinámica cíclica que afecta a nuestro país. Otra, aún más cruda, tiene que ver con la llegada masiva de decenas de miles de inmigrantes irregulares a Ceuta y Melilla, cada vez que la satrapía marroquí lo decide y propicia.

Durante demasiado tiempo, la única política migratoria aplicada en España ha sido la de la demagogia y la retórica hueca.

Por supuesto que no podemos obviar el drama humanitario de los que sufren la acción inescrupulosa de las mafias y la vulneración sistemática de los derechos fundamentales de sus víctimas.

Pero quedarnos ahí, simular que se trata de una crisis migratoria más, como pretenden algunos, constituye un autoengaño destructivo.

Mal haríamos en seguir ignorando una realidad insoslayable: la debilidad secular de un Estado nación, el nuestro, repleto de complejos, con una política nacional disolvente y una política internacional tan débil como errática. Incapaz de defender su soberanía de una manera efectiva, como estaría dispuesto a hacer cualquiera de los países de nuestro entorno, esos que constantemente se invocan como ejemplo en tantas cosas y que, sin embargo, no parecen serlo en esta materia.

Mohamed VI y su hijo Moulay Hassan.

Mohamed VI y su hijo Moulay Hassan. Foto de archivo

No descubrimos el Mediterráneo. Es el abc de cualquier unidad política: población, territorio y fronteras.

Podríamos volver a explicar algunas obviedades repetidas hasta la saciedad. Todas las fronteras son arbitrarias, resultado de las más diversas peripecias históricas, guerras, anexiones, matrimonios y mucha sangre. Nadie elige la ventura o desventura de caer al lado bueno o malo de la frontera. Hay diferencias lacerantes e injusticias dramáticas. La tiranía del origen en su versión más cruda.

De ahí que algunos nos empecinemos en mandar al guano a los que, con falacias de todo tipo, se dedican a fantasear con levantar una nueva, con sus implicaciones segregacionistas, en naciones democráticas (donde no cabe "votarlas", sino que votemos todos los ciudadanos en pie de igualdad).

Estas nociones básicas sobre soberanía nacional y democracia no pueden servir de coartada para el confuso pensamiento mágico de los adolescentes políticos que creen posible, por arte de birlibirloque, integrar a millones de inmigrantes irregulares en dos ciudades españolas completamente asediadas, mientras que la Unión Europea da repetidas muestras de ser incapaz, también aquí, de gestionar una política común y coordinada.

¿Qué decir de la quimérica pretensión de construir un espacio de ciudadanía supranacional funcional, no un mercado fiscalmente apetecible para los movimientos de capitales, mercancías y mano de obra barata?

Diga lo que diga un gobierno español incapaz de gobernar, nos encontramos ante un verdadero problema de seguridad y de soberanía nacional amenazada.

Digan los que digan los testaferros de la satrapía marroquí en España, un gobierno decente colocaría, como prioridad en su agenda, la necesidad de enfrentar el chantaje y la servidumbre española respecto a su vecino y a sus aliados, patrocinadores del permanente chantaje.

Nada especialmente nuevo, si somos honestos. Lo explicaba Otero Novas, ministro de los gobiernos de la UCD, en sus memorias: las presiones y chantajes de Estados Unidos a España para que entrara en la OTAN, con la amenaza de patrocinar el separatismo radical en Canarias, a través del grupo armado MPAIAC de Antonio Cubillo.

Aunque España terminó sometiéndose a las presiones sufridas y entró en la Alianza Atlántica, se excluyó de su esfera de protección a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, tan españolas como cualquier otro rincón de la geografía nacional.

El resultado es un absurdo conceptual de primer orden. España pertenece a dos clubes políticos, uno político y socioeconómico (la UE) y otro militar (la OTAN), pero ninguno defiende activamente la frontera sur de la Unión Europea ni, por supuesto, la soberanía nacional española.

Los principales aliados del "mundo libre", en caso de dudas, echan un cable al matón dictatorial o miran hacia otro lado.

Ocurre con Francia, cuya política respecto a la monarquía alauí siempre ha sido la de defender las veleidades imperialistas o hacer la vista gorda frente a sus excesos, otorgándole patente de corso para llevarlos a cabo impunemente.

Qué decir de Estados Unidos e Israel, sospechosos habituales del amparo geopolítico a los chantajes marroquíes sobre España.

Mientras decenas de miles de personas entraban en Ceuta, en un nuevo órdago de Mohamed VI, la Administración estadounidense felicitaba oficialmente al monarca por sus veintisiete años en el trono destacando "la amistad más longeva de la historia estadounidense".

De forma prácticamente simultánea, Donald Trump alardeaba de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, esa salvaje vulneración de todas y cada una de las resoluciones de Naciones Unidas y del derecho internacional, ensayada en 2020, y rueda de molino mayúscula con la que España, de la mano de un gobierno supuestamente progresista, terminó comulgando (cambiando una posición histórica de forma sustantiva y formalmente impresentable, sin debate parlamentario ni, por tanto, posibilidad de contradicción ni fiscalización democráticas).

Por su parte, Díaz-Balart, mano derecha de Marco Rubio, declaraba hace días que "Ceuta y Melilla no están en España, sino en Marruecos, y ese tipo de cosas se establecen, se negocian y se discuten entre aliados y amigos". Hay amenazas más sutiles.

No están entre ellas las declaraciones de Danny Danon, embajador de Israel en Naciones Unidas, que ha llegado a afirmar que "Ceuta y Melilla son enclaves coloniales de España en África". Los más descarnados intereses, siempre por delante de cualquier principio, hipócritamente invocado a la manera guadianesca: ahora sí, ahora no.

Los juegos de ilusionismo de Sánchez no funcionan cuando enfrente hay un sistema corrupto, sin escrúpulos, como el de la monarquía alauí, capaz de jugar con miles de vidas humanas y utilizarlas como instrumentos de presión contra España cada vez que alguno de sus erráticos movimientos de fichas le incomoda.

Marruecos quiere a España como se ha acostumbrado a tenerla: dócil y sometida. Así fue como España traicionó al Sáhara Occidental, avalando la posición de Marruecos. En palabras de Araceli Mangas, cuando José Manuel Albares confirma "que España reconoce la soberanía del invasor Marruecos sobre el ocupado Sáhara Occidental, nuestro país, fundador del Derecho internacional (Escuela de Salamanca), acepta un mundo sin reglas. Como Trump y los gobiernos autocráticos".

Del mismo modo, el gobierno español intenta ahora reconducirlo todo a una crisis migratoria en la que las mafias ponen en peligro miles de vidas humanas (una realidad incompleta) cuando se es incapaz de señalar a la mafia del Estado marroquí que utiliza esas vidas humanas como carne de cañón cuando quiere lanzar advertencias a España o desplegar sus querencias imperiales.

Marruecos no acepta siquiera mínimos titubeos, como la visita realizada por Pedro Sánchez a Argelia, por alta que sea la necesidad gasística de un país incapaz de afrontar tampoco su necesidad de soberanía energética. En juego están sus intereses geoeconómicos: como recuerda el periodista Borja Bauzá, "el reino alauí está desarrollando sus propios proyectos al respecto (los líderes de África Occidental acaban de dar luz verde a un gaseoducto que irá desde Nigeria hasta Europa) y la competencia no es bienvenida".

Mientras todo esto ocurre, la hemiplejía moral y el campismo analítico hacen el resto. Los "hunos" señalan a las políticas migratorias erráticas, la debilidad del gobierno de España y las vergüenzas de Sánchez. Los "hotros" apuntan al drama humanitario y las vidas humanas segadas, la hipocresía de la geopolítica imperial que prescribe para nosotros sometimiento periférico, la aceptación servil del chantaje permanente de Marruecos y su carácter de socio preferente de Estados Unidos e Israel.

Ambos tienen buena parte de razón, pero su miopía y sectarismo habituales les impiden contar el cuadro completo y ponerse manos a la obra para defender los intereses de España y de los españoles.

*** Guillermo del Valle es abogado y director de El Jacobino.