Los sacerdotes presentes en la celebración de la misa del Corpus Christi, oficiada por el papa León XIV el pasado 7 de junio en la Plaza de Cibeles de Madrid.

Los sacerdotes presentes en la celebración de la misa del Corpus Christi, oficiada por el papa León XIV el pasado 7 de junio en la Plaza de Cibeles de Madrid. EFE

Tribunas

En la visita del Papa no todo fue tan ideal como se dice

Al llegar al acceso a la misa de Cibeles, tras sortear multitudes y desviar en varias ocasiones mi rumbo por orden de la autoridad, me vi atrapado en una ratonera inmóvil, y pronto la picaresca hizo su agosto a través de curiosos personajes.

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Se habla estos días del buen comportamiento de los fieles en la misa de León XIV en la Plaza de Cibeles de Madrid.

Sin perjuicio de la brillante jornada, debo señalar que no todo fue precisamente tan pacífico como se cuenta, al menos en la calle Prim.

Esta calle era el punto de acceso previsto para gran parte de los sectores "W", entre otros el "W12", área de privilegio reservada al personal de las empresas patrocinadoras, que han sido muchas y generosas.

Los "tiques" de apoyo no eran precisamente baratos, y algún meritado consejero tiene ganadas indulgencias plenarias para una larga temporada.

Al llegar a la calle, tras sortear multitudes y desviar en varias ocasiones mi rumbo "lógico" por orden de la autoridad, me vi atrapado en una ratonera.

Una muchedumbre compacta permanecía ya inmóvil y pronto la picaresca hizo su agosto a través de curiosos personajes.

Antes de vivir escenas de esperpento, andaba yo a la búsqueda de mis suegros, bendecidos también por las cómodas localidades del sector W12.

El papa León XIV oficiando junto a los concelebrantes la misa del Corpus Christi, el pasado 7 de junio en la Plaza de Cibeles de Madrid.

El papa León XIV oficiando junto a los concelebrantes la misa del Corpus Christi, el pasado 7 de junio en la Plaza de Cibeles de Madrid. EFE/Javier Lizón

El avance era imposible y a la altura del Cuartel General ya barrunté volver sobre mis pasos y emprender el regreso a casa para contemplar los actos en cómoda visión desde el sofá, atento a León XIV y a su homilía. Mensaje esperado de este nuevo Papa agustino que tiene la sencillez por blasón y la pluma por espada.

En ese preciso instante, dos chicas con pinta de pertenecer a los nuevos "carismas" desplegaron un caminar tipo serpiente, eficaz, prodigioso, sin rozar ni molestar a nadie. Me pegué a su rebufo y avancé doscientos metros en un santiamén.

Al finalizar ese impulso divisé a los lejos a mi suegro, que ya se encontraba por entonces en estado de notoria ansiedad, cuestionando la religión colectiva y por extensión la emotiva.

"El Papa debe quedarse Roma, con su Guardia Suiza y rodeado de estatuas y frescos y no aquí en este frenesí asambleario", dijo al encontrarnos.

En ese momento, a nuestra diestra, un sacerdote pidió paso, que le fue negado con severas imprecaciones por todos los fieles de su alrededor, a pesar del alzacuellos.

Se anunció éste como "concelebrante" de última hora y que tenía mucha prisa. Y ahí es cuando cundió la sospecha. Nadie dio crédito a su estratagema y ahí quedó, bien lejos de la barrera de acceso.

Más tarde, pasados unos minutos, un nuevo "concelebrante" (en esta ocasión con más vigor) suplicaba espacio dando codazos. Era un cura de aspecto postconciliar, revolucionario diría, ataviado con una simple camiseta y que distaba de aparentar siquiera diácono.

A sus espaldas portaba una abultada mochila que sospeché cargada de cálices producto de cierta sisa al alba. En su afán por superar a todos los inmovilizados, arreó un severo golpe con la mochila a mi suegra, que trastabilló de bruces sobre la multitud.

"Una señora afirmó que estaba allí 'para abrir un camino' y después, "inmolarse" cediendo el paso a los demás. Algunos incautos la creyeron, y corrió hacia su silla sin mirar atrás"

Se oyeron palabras gruesas y a punto estuve de alcanzar con un mandoble al sujeto, que de nuevo fue detenido por las masas en su intento de superarnos. El W12 se convirtió en sueño quimérico y poco a poco interpretamos que no cruzaríamos el umbral de acceso.

La tensión iba en aumento y corrió el rumor de que todo ese confortable espacio estaba ya ocupado por pícaros avispados que habían blandido "QR" falsos, que eran precisamente los nuestros.

Aquello era como el rumor de la quinta columna. Se escuchaban lamentos, se cuestionaba al listillo, se reprochaba a padres insensatos con bebés, y se desataba la ira por la audacia de algunos en superar al prójimo. Momento estelar fue el que siguió a la cancelación definitiva del acceso para varias secciones "W".

Por orden expresa de la autoridad, toda una nutrida legión desesperada tuvo de repente que emprender la marcha contraria y abandonar la calle. Y como siempre pasa en estos casos, un autoproclamado líder asumió el mando de la expedición.

"Seguidme", decía como Moisés, y la emprendió con violencia para despejar el camino, como cuando el becerro de oro.

El riesgo de aplastamiento era evidente y todos seguíamos atónitos las tretas de más concelebrantes. Hasta que una señora de filiación católica, apostólica y romana afirmó que "ella estaba allí para abrir un camino" (el camino del Señor, se entiende) para después, dijo, "inmolarse" cediendo el paso a los demás.

Algunos incautos dieron crédito a sus palabras y efectivamente, pasados unos minutos, fue la primera en cruzar las barreras, para salir después corriendo hacia su silla sin mirar hacia atrás.

Tras estos sucesos, cierta feligresa se aproximó a las fuerzas del orden, inquirió explicaciones sobre el bloqueo y en sutil conversación con una señora, que claramente pertenecía a la Curia, logró abrir el paso sin mediar óbolo.

Mi suegro y yo, llenos de júbilo, cruzamos por fin las barreras y entonamos juntos en algazara, como perdido el juicio, el famoso estribillo: "No podemos caminar con hambre bajo el sol, danos siempre el mismo pan, tu cuerpo y sangre Señor…".

Todo sea por acompañar al papa León.

*** Francisco Cancio es escritor y ensayista.