Mónica García y Pedro Sánchez.

Mónica García y Pedro Sánchez. Imagen de archivo

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Reformar la sanidad española es una tarea urgente

En España disponemos de profesionales extraordinarios, de hospitales y de organizaciones sanitarias que demuestran su excelencia cada día. Ha llegado el momento de reformar la sanidad española.

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La sanidad española atraviesa el momento más crítico y decisivo de su historia.

No hablo de una crisis condicionada por las reclamaciones profesionales que ocurrieron en los años noventa, la que se produjo por los reajustes económicos de la década de 2010, o ni siquiera por la pandemia que llevó al sistema sanitario al colapso total de manera puntual.

La sanidad española padece una disfunción que impide que, por mucho dinero o recursos que se inviertan, mejoren sus resultados o sus datos de actividad.

Esto es un hecho fácilmente comprobable. En la última década se ha incrementado el gasto sanitario público un 80%, se han contratado unos 45.000 profesionales de la medicina y la enfermería, y el número de intervenciones quirúrgicas o ingresos hospitalarios que se hacen hoy son los mismos que hace diez años.

Mientras, la lista de espera quirúrgica se ha multiplicado por dos y la de consultas y pruebas diagnósticas por tres.

Como se dice coloquialmente, el motor se ha "gripado".

El Ministerio de Sanidad.

El Ministerio de Sanidad. Jesús Hellín Europa Press

El sistema sanitario simplemente ha dejado de funcionar. Pero no porque haya perdido los principios y valores que lo hicieron posible, sino porque los desafíos a los que se enfrenta son radicalmente distintos a los de hace cuarenta años y no está preparado para afrontarlos.

Durante décadas, nuestro Sistema Nacional de Salud ha sido uno de los pilares fundamentales de nuestro Estado del bienestar. La joya de la corona. Un sistema sanitario universal, accesible y con profesionales altamente cualificados que ha contribuido de forma decisiva a mejorar la salud y la calidad de vida de los ciudadanos.

Sin embargo, el éxito del pasado no garantiza el del futuro.

Hoy nos encontramos ante una realidad que exige reformas profundas. No reformas ideológicas ni coyunturales, sino reformas estructurales capaces de adaptar el sistema a los cambios demográficos, tecnológicos, sociales y económicos que ya están transformando nuestra sociedad.

La primera evidencia es el envejecimiento de la población.

España es uno de los países más longevos del mundo y seguirá siéndolo durante las próximas décadas. Este éxito colectivo tiene consecuencias inevitables sobre la demanda asistencial. Cada vez habrá más personas mayores, más enfermedades crónicas, más dependencia y una mayor necesidad de coordinación entre los servicios sanitarios y sociales, que deberían tender a confluir totalmente desde el punto de vista de la dependencia administrativa, valorando con realismo a qué prestaciones y servicios se puede dar cobertura o no, en función de las necesidades de los pacientes.

A ello se suma la creciente dificultad para disponer de los profesionales necesarios. La escasez de médicos y enfermeras en determinadas especialidades y territorios, los problemas de relevo generacional y la desmotivación que expresan muchos de ellos constituyen uno de los mayores riesgos para la sostenibilidad futura del sistema.

Y esto requiere un planteamiento mucho más radical y profundo que el que está sacudiendo desde hace meses nuestro sistema sanitario por la modificación del Estatuto Marco.

Al mismo tiempo, todo esto coincide con una innovación que avanza a una velocidad sin precedentes. Se espera que en los próximos diez años la innovación avance lo que proporcionalmente lo ha hecho en los últimos cien, y el gran reto es si seremos capaces de implementarla en nuestro sistema sanitario.

En mi opinión, si no hacemos los cambios necesarios, la respuesta es "no podremos". Y eso conllevará el empobrecimiento de las prestaciones y servicios del sistema sanitario público.

La inteligencia artificial, la medicina personalizada, las terapias avanzadas y la innovación tecnológica y farmacéutica ofrecerán oportunidades extraordinarias para mejorar los resultados en salud. Pero también plantearán importantes retos de financiación, evaluación y organización que el sistema sanitario público, como una entidad única y más allá de cuestiones territoriales, deberá afrontar de manera conjunta para preservar la equidad.

La pregunta, por tanto, no es si debemos cambiar. La verdadera pregunta es: ¿cuándo lo vamos a hacer?

Me atrevo a pronosticar que, al final, no quedará más remedio que afrontar el reto. Y ese final llegará en el momento en que el deterioro del servicio del sistema sanitario público quite más votos que la pérdida que implique hacer esas reformas.

La cuestión es si esperamos a que llegue ese momento o si será demasiado tarde para todo.

Una vez asumido que la necesidad de reforma ya no admite discusión, lo que sí requiere debate es la manera de abordarla.

Con demasiada frecuencia, la conversación sanitaria se ha desplazado hacia posiciones de confrontación. Se discute sobre quién presta los servicios en lugar de centrarse en los resultados obtenidos. Se analizan las estructuras en lugar de los pacientes. Se defienden posiciones preconcebidas antes de evaluar la evidencia disponible.

Y, sin embargo, los grandes avances nunca han surgido del pensamiento único. Las transformaciones más importantes siempre han sido consecuencia de reunir perspectivas diferentes alrededor de objetivos compartidos.

También, de tener el coraje suficiente para cuestionar inercias que quizá fueron útiles en el pasado, pero que hoy pueden estar limitando nuestra capacidad de respuesta.

De hecho, la mayoría de países de nuestro entorno ya están inmersos en ese proceso de reforma. La buena noticia es que España dispone de todos los elementos necesarios para afrontar esta transformación con éxito.

"Necesitamos generar las condiciones para que el talento pueda desplegarse plenamente, y eso exige liderazgo político"

Disponemos de profesionales extraordinarios. Disponemos de gestores con experiencia. Disponemos de hospitales, centros de salud y organizaciones sanitarias que demuestran cada día niveles de excelencia comparables a los mejores del mundo.

Disponemos, en definitiva, del talento necesario para construir la sanidad de las próximas décadas.

Lo que necesitamos es generar las condiciones para que ese talento pueda desplegarse plenamente. Y eso exige liderazgo político.

Las reformas sanitarias relevantes rara vez producen resultados dentro de un único ciclo electoral. Sus beneficios suelen percibirse a medio y largo plazo, mientras que los costes políticos pueden aparecer de forma inmediata.

Precisamente por eso resulta imprescindible que los responsables públicos sean capaces de elevar la mirada más allá de la próxima cita electoral y lleguen a un consenso: vamos a dejar que profesionales cualificados con diferentes visiones se pongan de acuerdo para reformar el sistema que es la base del Estado del bienestar de todos.

Y seguro que lo harán.

No se trata de que todos piensen igual. Se trata de compartir un diagnóstico básico sobre los problemas y una voluntad común para resolverlos. Porque hay cuestiones que trascienden cualquier diferencia ideológica, como:

1. La necesidad de reducir listas de espera.

2. La mejora de la atención a la cronicidad o la integración sociosanitaria.

3. La evaluación rigurosa de las tecnologías y tratamientos para incorporar la innovación y para dejar de hacer aquello que no aporte valor.

4. La mejora de la gestión de los recursos humanos.

5. La medición de resultados en salud.

6. La sostenibilidad financiera del sistema.

La ministra de Sanidad, Mónica García.

La ministra de Sanidad, Mónica García. Europa Press

Todos ellos son objetivos que difícilmente generan rechazo en una sociedad que valora la sanidad como uno de sus principales activos colectivos.

Y aquí aparece una tercera razón para actuar: la reforma no sólo es necesaria y posible. También es una obligación.

Es una obligación con los profesionales que sostienen diariamente el sistema.

Es una obligación con los pacientes que esperan respuestas más rápidas y mejores resultados.

Es una obligación con las futuras generaciones que tendrán que financiar y utilizar este sistema sanitario.

Y es una obligación porque la sociedad española lo demanda.

Existe un amplio consenso ciudadano en torno a una idea muy sencilla: la salud es uno de los bienes más valiosos que poseemos y preservar un sistema sanitario de calidad es una prioridad colectiva. Precisamente por eso no podemos conformarnos con administrar los problemas.

Debemos aspirar a resolverlos.

Y todavía estamos a tiempo de reaccionar. A tiempo de acometer las reformas necesarias. Porque los desafíos son reales. Porque la urgencia existe.

Pero también porque contamos con el conocimiento, el talento y los valores necesarios para afrontarlos.

Ha llegado el momento de empezar el cambio.

*** Juan Abarca Cidón es presidente de HM Hospitales.