Pedro Sánchez a su llegada a la Ejecutiva del PSOE este lunes en Ferraz.

Pedro Sánchez a su llegada a la Ejecutiva del PSOE este lunes en Ferraz. PSOE

Tribunas

La fe del carbonero de Sánchez ha llevado al PSOE a la sinrazón

Sánchez se ha abrazado al progresismo como una doctrina providencialista y teológica. Y cuanto más acorralado se ve, más se cierra en banda en una fe ciega que, al no permitir herejías, ha desterrado cualquier componente crítico y racional.

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Se han cumplido ocho años de la moción de censura que dio a Pedro Sánchez, el 1 de junio de 2018, el acceso al Gobierno de España.

En estos años, el lema que sin duda más han repetido sus miembros (y también sus voceros mediáticos), como justificación de su acción ejecutiva, ha sido el de "Gobierno progresista".

Toda medida, aún en circunstancias excepcionales (la pandemia, el volcán de La Palma, la dana, etcétera), ha sido defendida invariablemente desde el parapeto y la excusa del "Gobierno de progreso".

Tras aquella primera repetición electoral, producida por el rechazo de Sánchez (que aparecía envuelto en la bandera de España) a pactar con el Unidas Podemos de Pablo Iglesias, hasta el efectivo pacto de Gobierno con la formación morada en enero de 2020 que colocaba a Iglesias de vicepresidente, Sánchez no ha dado un paso sin apelar a la coartada del progresismo para justificar sus acciones.

Sobre todo aquellas acciones, como era el caso del pacto con Podemos, que dejaban fuera de juego lo prometido el día anterior.

En apenas veinticuatro horas, Sánchez daba un volantazo, renunciando a los propios postulados con los que él mismo se había comprometido, y se abrazaba a Iglesias, sustituyendo la bandera española por la del progresismo.

Pedro Sánchez, durante un mitin celebrado en Valencia en la campaña electoral de las últimas Elecciones Generales. EP

Pedro Sánchez, durante un mitin celebrado en Valencia en la campaña electoral de las últimas Elecciones Generales. EP

Como resultado de las siguientes elecciones, en julio de 2023, ganadas en votos y escaños por el PP, Sánchez estuvo obligado por la aritmética parlamentaria a contar con el apoyo de las facciones de la sedición separatista si quería conservar el Gobierno

A estas facciones, protagonistas del golpe del 1 de octubre de 2017, Sánchez les prometió el oro y el moro de la amnistía. Entonces, el progresismo se convirtió en una verdadera trinchera ideológica de la que Sánchez ni puede ni quiere salir.

Durante estos ocho años, el discurso progubernamental se hizo cada vez más esquemático, maniqueo, dicotómico e infantil.

La propaganda se volcó en asustar permanentemente al electorado con el anuncio del regreso del Coco facha, echando el cerrojazo en torno a todos los tópicos guerracivilistas.

Y así el mantra del "Gobierno progresista" se transformó en una letanía, que el fiel repite hasta la saciedad.

Esta letanía sirve de búnker propagandístico en el que atrincherarse ante cualquier dificultad. Vale tanto para arreglar un roto económico o social (IPC elevado, dificultad de acceso a la vivienda) como para un descosido judicial (escándalos de corrupción que afectan al círculo familiar y de confianza del presidente).

Tras el estallido de la guerra entre EEUU e Irán, Sánchez quiso presentarse ante el mundo, en esta línea, como un bastión progresista ante un entorno de pleamar conservadora. O, más bien, "ultra".

El Gobierno de Sánchez, así se autopercibe, no habría hecho nada más que "avanzar" en la "conquista de derechos", con el imperativo histórico, casi providencial, de continuar haciéndolo. De seguir caminando hacia una suerte de punto omega de plenitud de derechos en el "futuro" (la parusía progresista), en donde todo privilegio es abolido y toda cadena de sujeción al "pasado" es rota.

"El PSOE ha transformado el foro de discusión política, en un campo de batalla maniqueo, casi teológico, entre las fuerzas del progreso y las de la reacción"

Las grandes conspiraciones, que a su vez han creado las grandes desigualdades sociales con sus víctimas y victimarios (machismo, clasismo, racismo, imperialismo, belicismo, xenofobia, islamofobia, catalanofobia, lgtbfobia), son rémoras.

Son tentaciones permanentes defendidas por la "reacción" (esto es, el "fascismo", representado en España indisimuladamente por Vox y por el Partido Popular), que obstaculizan o pretenden frenar los avances dirigidos por las fuerzas del progreso, con el PSOE a la cabeza.

Antes del PSOE, España era un solar "sin derechos", al parecer. Tras la buena nueva socialista, ya todo es posible, con un Gobierno cuya misión protectora es la exorcización de todos esos males, casi endémicos, procedentes de un pasado gris, en "blanco y negro".

Un Gobierno progresista siempre alerta, eso sí, vigilante, despierto ("woke").

Porque bien sea desde el exterior (el trumpismo, el sionismo), o desde el interior (el criptofranquismo), todos esos derechos conquistados (seguridad social, sociedad de bienestar, igualdad de géneros, matrimonio gay, pensiones, incluso las vacaciones pagadas), se pueden echar a perder si las "fuerzas de progreso" (PSOE y aliados parlamentarios) no estuvieran custodiándolos día a día.

Es más, todas esas conquistas, de décadas, se pueden arrojar por la borda en una mala tarde de domingo electoral, y devolver a España a las épocas "más oscuras" de su historia.

El riesgo de un apocalipsis zombi, del regreso de los "caminantes blancos", siempre está ahí, en cuanto el progresismo baje la guardia.

Y es que, por su parte, las fuerzas de la reacción se muestran acechantes, siempre conspirando, desde medios de comunicación ("pseudomedios", "máquina del fango"); desde la judicatura ("lawfare"); desde la Guardia Civil (UDEF); desde asociaciones "ultras" (HazteOír); desde determinado sector de la Iglesia (Conferencia Episcopal).

Y, por supuesto, desde los partidos políticos de derechas, que buscan boicotear ese camino de salvación progresista, poniendo trabas al Gobierno con la pretensión última, de naturaleza golpista, de acabar con él.

El PSOE ha transformado así la plaza pública, el ágora, el foro de discusión política, en un campo de batalla maniqueo, casi teológico.

Un campo de batalla en el que las fuerzas del Bien (progresistas) se enfrentan al Mal (fascistas), siempre con el "no pasarán" en mente, y con un 1936 eterno (esto es, precisamente, lo que buscan las leyes de "memoria histórica", lastrar al rival político con la carga del régimen anterior: el "francomodín").

"Evacuado todo componente crítico y racional, el PSOE vive de una dogmática redentorista y salvífica, arrogándose la capacidad de elegir quién es digno de entrar en el reino de los cielos del progresismo"

El debate queda completamente desvirtuado, corrompido ideológicamente, al no reconocer interlocutor válido en las fuerzas de la oposición (PP y Vox), interponiendo entre ellos un abismo de naturaleza moral (de "superioridad moral") que busca partir en dos a la sociedad española.

O conmigo, y en favor del progreso, o contra mí, en favor de la reacción. Tercero excluido.

Y así, cuanto más asediado o acorralado se vea el Gobierno (y lo está tras la imputación de ese "faro moral" de la izquierda, que es en lo que han convertido a Zapatero), más se cierra en banda en el búnker ideológico progresista.

Un búnker que, como verdadera fe, es decir, una fe ciega o de carbonero, impide cualquier tipo de margen de maniobra para la discusión. O, siquiera, la argumentación racional.

El PSOE, en esta su exasperación sanchista, exige adhesión. Exige una fe inquebrantable, sin disidencias ni herejías de ningún tipo, como la de Emiliano García-Page, única voz discordante con suficiente volumen al que, de momento, salvan las dinámicas propias y locales de su poder autonómico.

Sánchez ha convertido el progresismo en una doctrina providencialista, viéndose a sí mismo como un líder providencial. Con todo lo que ello tiene de mesiánico, emisario de la paz entre los pueblos, artífice de "escudos sociales", en favor de los más vulnerables y protector, en general, de los débiles.

Evacuado todo componente crítico y racional, el PSOE vive propagandísticamente de una axiomática redentorista, salvífica (porque no es necesaria la religión para adoptar tales esquemas sotereológicos). Vive arrogándose la capacidad de elegir quién es digno de entrar en el "reino de los cielos" del progresismo, y a quién hay que "cancelar" por cómplice de la "reacción".

Allá por los años veinte del siglo XX, el historiador John Bury publicaba un importante libro, La idea del Progreso, en el que sostenía, con sólidos argumentos y gran erudición, que la idea de Progreso era la heredera secular, contemporánea, de la idea teológica de Providencia.

Pues estas son, en efecto, las coordenadas dogmáticas, de corte más teologal que filosófico, en las que se mueve el progresismo socialista.

*** Pedro Insua es filósofo y autor del libro 'Salamanca, capital del conocimiento: El faro de las ideas del Imperio español (1492-1550)'.