El papa León XIV en la catedral de Bamenda, en Camerún. Reuters
El Nuevo Mundo digital obliga a repensar las reglas, y el Papa se ha puesto a ello
León XIV nos interpela sobre una pregunta esencial: ¿seguiremos siendo dueños de nuestro destino, o delegaremos nuestra humanidad en sistemas cuya lógica responde únicamente a la eficiencia, el beneficio o el poder?
La publicación de la primera encíclica de Su Santidad el papa León XIV, Magnifica Humanitas, dedicada al impacto de la inteligencia artificial sobre el futuro de la humanidad, constituye mucho más que una reflexión moral sobre una tecnología emergente.
Es, en realidad, una llamada de época. Un recordatorio de que las grandes transformaciones de la civilización exigen principios sólidos, límites éticos y una profunda conciencia sobre aquello que nunca debe estar en venta: la dignidad humana.
En un tiempo de aceleración tecnológica, donde los algoritmos empiezan a mediar decisiones políticas, económicas, culturales e incluso personales, el Santo Padre nos interpela sobre una pregunta esencial: ¿seguiremos siendo dueños de nuestro destino, o delegaremos nuestra humanidad en sistemas cuya lógica responde únicamente a la eficiencia, el beneficio o el poder?
No es casual que esta reflexión llegue precisamente ahora.
Estamos entrando en un auténtico "Nuevo Mundo" digital. Un espacio sin fronteras claras, donde las soberanías tradicionales se ven desafiadas.
Donde los derechos fundamentales necesitan nuevas garantías.
Y donde los centros de poder ya no son únicamente los Estados, sino también gigantes tecnológicos capaces de modelar comportamientos, opiniones e identidades.
El eurodiputado Antonio López-Istúriz saluda al papa León XIV durante la recepción del grupo del Partido Popular Europeo en el Vaticano.
Europa ha vivido antes momentos semejantes.
En los siglos XV y XVI, el descubrimiento del Nuevo Mundo obligó a replantear los fundamentos jurídicos, morales y políticos de la convivencia humana.
¿Qué derechos tenían los pueblos recién descubiertos?
¿Qué límites existían al poder?
¿Podía la fuerza justificar la dominación?
Frente a esas preguntas, surgió una de las aportaciones intelectuales más importantes de nuestra civilización: la Escuela de Salamanca.
Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Francisco Suárez comprendieron algo extraordinariamente moderno: cuando cambia el mundo, las reglas deben repensarse sin renunciar jamás a la dignidad de la persona.
Aquellos pensadores españoles, profundamente cristianos y radicalmente humanistas, sentaron las bases del derecho internacional, de la limitación del poder y de la universalidad de los derechos humanos.
Hoy, quinientos años después, Europa enfrenta un desafío comparable. El "Nuevo Mundo" ya no es geográfico: es digital.
Y, precisamente por ello, la encíclica de León XIV adquiere una relevancia histórica. Porque nos invita a hacer lo que hicieron los salmantinos: mirar una revolución sin miedo, pero también sin ingenuidad.
"Si no somos nosotros quienes escribimos las reglas del Nuevo Mundo digital, otros lo harán. Y cuando las normas se escriben sin humanismo y sin conciencia moral, se debilita la libertad"
La inteligencia artificial ofrece oportunidades extraordinarias.
Puede mejorar diagnósticos médicos, acelerar descubrimientos científicos, optimizar administraciones públicas, democratizar el acceso al conocimiento o impulsar la competitividad económica. Sería un error histórico abrazar el pesimismo tecnológico o renunciar al progreso.
Pero sería igualmente irresponsable aceptar una revolución tecnológica sin reglas, sin principios y sin límites.
La pregunta no es si debemos desarrollar inteligencia artificial. La pregunta es bajo qué civilización moral queremos hacerlo.
Europa no puede competir con China imitando un modelo de vigilancia estatal masiva, ni con ciertas dinámicas estadounidenses basadas en una concentración extrema de poder tecnológico sin suficiente rendición de cuentas.
Europa debe ofrecer algo diferente: una innovación profundamente arraigada en el humanismo.
Y ese humanismo tiene raíces. Y no debemos tener miedo a decirlo: las raíces cristianas de Occidente han sido fundamentales en la construcción de la idea misma de persona, de libertad y de dignidad inviolable.
Cuando el papa León XIV insiste en que ninguna tecnología puede sustituir la conciencia moral ni reducir al ser humano a un dato procesable, está recordando un principio esencial de nuestra tradición europea: el hombre no es un instrumento, sino un fin en sí mismo.
Hace apenas unas semanas, tuve el honor de participar en Roma en un momento profundamente simbólico: la recepción del Grupo del Partido Popular Europeo por parte del Santo Padre con motivo del 50 aniversario de nuestra familia política.
Aquella audiencia no fue sólo un gesto institucional. Fue también un recordatorio de una responsabilidad histórica. La responsabilidad de quienes creemos en una Europa fuerte, abierta y moderna, pero también fiel a los principios que la hicieron posible. Una Europa que no renuncie a liderar la revolución tecnológica, pero que tampoco abdique de su alma.
La Escuela de Salamanca nos enseñó que las transformaciones profundas exigen valentía intelectual y claridad moral. Frente a la expansión del mundo conocido, aquellos pensadores no respondieron con repliegue ni con fanatismo, sino con pensamiento político, con derecho y con ética.
"La primera encíclica de León XIV nos recuerda algo decisivo: el progreso sólo merece ese nombre cuando está al servicio del hombre"
Eso es precisamente lo que necesitamos hoy.
Necesitamos una "Salamanca digital". Un gran esfuerzo europeo para repensar las reglas del nuevo espacio tecnológico: la soberanía de los datos, la protección de los menores, la transparencia algorítmica, los derechos laborales ante la automatización, la defensa de la verdad frente a la manipulación informativa y la preservación de la libertad individual.
Porque, si no somos nosotros quienes escribimos las reglas del Nuevo Mundo digital, otros lo harán por nosotros. Y cuando las normas se escriben sin humanismo, sin democracia y sin conciencia moral, siempre terminan debilitando la libertad.
La primera encíclica de León XIV nos recuerda algo decisivo: el progreso sólo merece ese nombre cuando está al servicio del hombre.
Europa tiene ante sí una oportunidad histórica. Puede resignarse a ser espectadora de la revolución tecnológica o puede liderarla desde sus valores.
Desde su tradición humanista.
Desde la herencia intelectual de Salamanca.
Desde la convicción cristiana de que toda innovación debe estar subordinada al bien común.
En el siglo XVI, la Escuela de Salamanca ayudó a pensar el orden moral del Nuevo Mundo. En el siglo XXI, quizá nos corresponda a nosotros hacer lo mismo para el mundo digital.
*** Antonio López-Istúriz es eurodiputado y secretario-tesorero del think tank Wilfred Martens Centre for European Studies.