Florentino Pérez. Reuters
El gran pecado del Real Madrid de Florentino es no haber cedido al pasteleo
El éxito del Real Madrid resulta profundamente anómalo en España, y por eso genera tanta admiración global como odio doméstico.
Suelo repetir a mis amigos peñistas que el mérito de los logros, históricos y recientes, del Real Madrid se multiplica cuando uno recuerda que se trata, al fin y al cabo, de una institución española.
La frase, deliberadamente provocadora, suele causar extrañeza e irritación en mis sufridos contertulios.
Lo afirmo porque, en España, todo lo que aspira a la excelencia sostenida termina inevitablemente lastrado por el peso asfixiante de la envidia, la politización, la mediocridad ambiental y la hostilidad institucional.
El éxito genera sospecha, resentimiento y, tarde o temprano, voluntad de captura y neutralización.
Alcanzar una posición de liderazgo mundial con sede en España constituye una empresa titánica. Sabemos que no nos faltan talentos individuales: véanse, sin salirse del marco del deporte, los extraordinarios casos de dos madridistas culturales como Rafael Nadal y Carlos Alcaraz. Tampoco ellos se libran de las críticas. El ecosistema cultural y político opera siempre como mecanismo de castigo.
España vigila desde la sospecha y la hostilidad, crecientes cuanto mayor sea el éxito obtenido.
Conociendo el percal, el Real Madrid resulta profundamente anómalo, y por eso también suscita tanta admiración global como odio doméstico.
Valverde y Tchouaméni, durante un partido del Real Madrid. REUTERS
El Madrid es, nada más y nada menos, que el club deportivo más laureado de la historia. Es una de las pocas instituciones españolas con capacidad real para competir globalmente sin depender psicológica, económica o culturalmente del Estado.
Eso lo convierte, inevitablemente, en oscuro objeto de deseo.
La caótica comparecencia pública de Florentino Pérez del pasado martes, matizada en las formas en su entrevista con Josep Pedrerol, sólo puede entenderse desde una lógica de asedio institucional.
Formalmente, la rueda de prensa del presidente madridista fue un despropósito comunicativo. Repetitiva, deslavazada, improvisada y con una puesta en escena con ecos de aquellos grandes caudillos carpetovetónicos del fútbol español.
Fue, en fin, una continuación de aquella surrealista idea de presentar la Superliga en El Chiringuito.
Sin embargo, se equivocan quienes ven únicamente decadencia o pérdida de control en el revival noventero de Florentino. Vivimos tiempos en los que, desde la Casa Blanca hasta los grandes medios globales, prevalecen los mensajes duros, emocionales, directos y de trazo grueso, dirigidos antes al hígado que al cerebro.
Pese a sus recientes errores de gestión deportiva y a la erosión natural de los regímenes que se perpetúan en el poder, Florentino demostró, tanto ayer como hoy, que conserva intacto su instinto de supervivencia. Con sus históricas comparecencias de esta semana logró que se dejara de hablar de las muchas y justificadas frustraciones de los madridistas en estos dos años de barbecho.
No seré yo quien afee a Florentino su tono desatado, tampoco su delicioso recital de comentarios cuñados: fueron una rara muestra de vulnerabilidad por parte de alguien que durante décadas había hecho virtud del silencio, la formalidad y la institucionalidad. Su ya icónico "que hable esta niña, joder, que vosotros sois muy feos" mientras su jefe de prensa intentaba en vano cerrar el acto, fue la ruptura definitiva del misterio florentiniano.
El presidente compareció porque sabe que existe una voluntad de emasculación orgánica de la entidad. Sus referencias al diario ABC, al Grupo Vocento y a determinados periodistas eran más bien balas perdidas que apuntaban en realidad a esos otros grupos de "niños" que querrían hacerse con el club para "robárselo a los socios".
Cuando lean estas líneas ya sabrán ustedes quiénes son, quién les cobija y de qué les hablo.
Florentino Pérez. Europa Press
Como vengo defendiendo en mis columnas, España atraviesa un proceso de depredación institucional. El gobierno de Pedro Sánchez ha demostrado una voracidad colonizadora que ha fagocitado ya organismos como el CIS, RTVE, la Fiscalía, el Tribunal Constitucional, el INE o la AIReF.
Sánchez no destruye las instituciones, sino que las vacía e instrumentaliza desde dentro, sustituyendo autonomía por obediencia.
El Real Madrid es la marca española más valiosa del planeta, y representa algo extremadamente incómodo para el actual ecosistema político español: una estructura global, poderosísima, que conserva un gran margen de soberanía.
El club lleva años librando una guerra a muerte contra el establishment futbolístico español, construido en torno a la Liga, la Federación, el Comité Técnico de Árbitros y las televisiones.
Detrás de todo ello late el temor político a que el Real Madrid logre que UEFA y FIFA hagan justicia con el Caso Negreira.
Como es bien sabido, el fútbol español lleva años conviviendo con una situación insostenible: los pagos millonarios del FC Barcelona al vicepresidente del órgano encargado de evaluar, ascender y descender árbitros. El escándalo amenaza al equipo del régimen, més que un club, que es una de las piedras angulares del entramado que sostiene nuestra España asimétrica, en la que las normas rigen según el territorio.
En su entrevista con Pedrerol, Florentino animó al Barcelona a que le demande. Sabe que es de primero de Derecho el no denunciar a quien te acusa de algo que es verdad.
Buena parte del poder español preferiría un Real Madrid más dócil, más integrado en el consenso del puente aéreo, menos dispuesto a erosionar internacionalmente el prestigio de estructuras sistémicas como el Barça.
El gran pecado del Real Madrid contemporáneo es precisamente su resistencia, si bien discontinua, a aceptar los pasteleos con un marco político-cultural abiertamente hostil a sus intereses.
Nada de esto es nuevo. Más allá de leyendas negras, el propio Santiago Bernabéu construyó el Real Madrid moderno contra el país que le rodeaba.
Florentino Pérez, con muchas más luces que las inevitables sombras de toda empresa humana, ha prolongado y aumentado esa hermosa anomalía histórica convirtiendo al club en una potencia económica, urbanística, mediática, deportiva y simbólica de dimensión global.
Hoy le pasan por ello onerosas facturas. El Real Madrid despierta obsesiones enfermizas y hostilidades transversales, y la batalla en torno a su futuro importa más de lo que parece. Está en juego su modelo societario, pero lo más importante es decidir si el Real Madrid seguirá siendo esa magnífica anomalía soberana o terminará fundido en gris, neutralizado y lobotomizado en el paisaje clientelar español.
En la España contemporánea, toda institución autónoma termina enfrentándose tarde o temprano a la misma disyuntiva: diluirse en la mediocridad o convertirse en objetivo de caza mayor.